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UNA DE las razones de que Herodoto, Plutarco y Suetonio sean tan maravillosos es que no solo escriben la versión seria de la historia, sino que también incluyen las versiones más débiles, basadas en rumores, leyendas o intervenciones divinas. Uno está leyendo un libro de historia con todo el rigor y pesadez de los libros de historia, pero a la vez parece que está leyendo a Bocaccio, Chaucer o Las mil y una noches: son manuales/antimanuales cuya mezcla asombrosa sobrepasa lo histórico y se adentra en lo literario-artístico, donde pueden competir con los mejores escritores del mundo. El único problema de leer a estos tres autores grecolatinos es que generan tal vicio en el lector que dificultan la lectura posterior de historiadores modernos. Pasar después de ellos a Hobsbawm, Elliott o Álvarez Junco es muy duro, porque uno nota que se desciende, que la prosa es más plana, que la asepsia se impone y, sobre todo, que falta algo: ¿por qué en estos libros de historia modernos no hay chocolate?