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EN SUS diarios, Kerouac va anotando el número de palabras que escribe cada día, costumbre que he visto en otros escritores, sobre todo anglosajones, y se muestra abatido cada vez que se queda en 1000 o 1500 y exultante cuando llega a 3000 o 4000. Teniendo en cuenta que un folio contiene unas 500 palabras, me resulta difícil de asumir que Kerouac considerara malo el día en que solo había escrito tres folios. ¿Cómo le podían parecer pocos? Y el suyo no es un caso aislado ni de los más graves: también Mircea Eliade se lamentaba en sus diarios de la lentitud de su ritmo de escritura, ¡que era de entre ocho y diez páginas al día!; y esta noche, leyendo la semblanza que Paul Johnson le dedica a Sartre, descubro que el filósofo existencialista escribía 10.000 palabras al día (¡20 folios!) y no por ello prescindía de mantener varias amantes, beber a espuertas, participar en todas las polémicas de la Francia de la época y leer como mínimo doscientos libros al año. Es increíble. Leer este tipo de datos me desespera. Está claro que la figura del escritor declina, al menos eso es lo que pienso cada vez que me miro al espejo.