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ESCRIBE ORTEGA y Gasset en El intelectual y el otro, artículo publicado en 1940:
De aquí la situación tragicómica del pobre Paul Valéry, último mandarín de las letras francesas, ni que decir tiene, auténtico Intelectual, pero corto de resuello, nada popular, manierista, con un exiguo caudal de cosas que decir y, como toda mente pobre, obligado para ser a retorcerse. De este hombre, que hubiera sido un excelente colaborador de una revista más o menos regional, se hizo, por fulminación, el Poeta de Francia. Y desde entonces ha tenido que vivir el egregio bonhomme galopando jadeante tras de su propia justificación.
Llamar a Valéry "mente pobre", decir que "hubiera sido un excelente colaborador de una revista regional", qué osadías. Pero disculpo en parte a Ortega porque no conoció los Cahiers de Valéry, que se publicaron de forma póstuma, y que demuestran que el poeta francés era un todólogo y filósofo de primera ("el filósofo francés más grande del siglo", llegó a decir Octavio Paz) y su mente no pobre sino una de las más ricas de la modernidad.


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DICE ORTEGA y Gasset en su artículo "Crítica bárbara" que los maoríes de Nueva Zelanda llaman al libro "almeja", porque para ellos lo característico del libro es que se abre y se cierra.


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FUE ORTEGA y Gasset el que escogió el nombre de la legendaria revista Sur. Victoria Ocampo se lo contó así a Waldo Frank en un carta publicada en el número inaugural:
Teníamos varios nombres en la cabeza, pero no lográbamos ponernos de acuerdo. Entonces llamé por teléfono a Ortega, en España. Esas gentes tienen costumbre de bautizarnos… Así, Ortega no vaciló y, entre los nombres enumerados, sintió enseguida una preferencia: SUR me gritaba desde Madrid.

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ME REGOCIJO cuando los más grandes dicen tonterías, seguramente para consolarme de mi pequeñez. Dice Nietzsche que la causa de la expansión del budismo radicó en la debilidad que provoca la dieta exclusiva de arroz en oriente; dice Ortega que la inferioridad de España ante Francia se debe a los visigodos, una raza que según él era de bajísima calidad en comparación con los francos; dice Octavio Paz también en serio que la decadencia del teatro español a partir de Calderón se debe a que “un gran teatro tiene derecho a descansar”.


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EN CARTA dirigida a Ortega, Américo Castro dudaba de que el Poema del Mío Cid lo hubieran leído más de veinte españoles.


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LAS MEMORIAS de Baroja son bochornosas. Consisten en decir que todos los demás escritores de la época eran mentirosos, él no; todos querían medrar, él no; todos eran palabreros y fachadistas, él no; todos se consideraban seres superiores, él no. Para ello recurre a los argumentos más mezquinos, lo mismo a los raciales que a los físicos que a las tercerías del "según se ve" o “me han contado por ahí”, propios de un cotilla patológico. Al único que salva, aparte de a su amigo Azorín, es a Ortega, pero pronto descubro que la razón real de que no se metiera con él fue que, por el tiempo en que Baroja escribía sus memorias, ¡Ortega aún continuaba vivo! ¿Para qué iba a meterse con el único que le podía contestar, si contaba con muertos de sobra sobre los que podía echar mierda sin posibilidad de réplica?


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PARA REFERIRSE a los tontos insignes, Unamuno usaba la expresión “el deficiente mental Nº 1”, Groussac recurría a “el imbécil de referencia” y Ortega dijo, sobre el políglota Madariaga: “Era tonto en cinco idiomas”. Tampoco Confucio los aguantaba, fueran insignes o no: "Si señalo una esquina del problema y el alumno no puede deducir las otras tres por sí mismo, ya no se lo vuelvo a repetir".