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TODAS ESTAS entradas que he escrito no querían ir contra la calidad como escritor de Nietzsche, que me parece difícilmente superable, sino contra ciertas afirmaciones suyas en favor de la filosofía fragmentaria. Cuando Nietzsche escribe, como escribió, "es mi ambición decir en diez frases lo que todos los demás no dicen un libro", te está vendiendo una moto. Kundera se la compró: yo no se la compro. Tanto el sistema como el fragmento tienen sus beneficios y perjuicios: escoger lo mejor de uno y otro sería lo ideal, como ya he probado que a veces hizo Nietzsche, pero no siempre se puede. De momento, contra la opinión de Kundera, yo sostengo que no debemos jubilar al tratado filosófico clásico y sistemático, el que se escribía morosamente en busca de conclusiones finales, con páginas y páginas dedicadas pesadísimamente al examen de los pros y los contras, sino que debemos darnos cuenta de lo bueno que habitaba en aquellos procedimientos.
Precisamente hoy vivimos en un mundo de escritura casi nietzcheana, donde tanto en los blogs, en X, en Facebook, en Instagram o en Tik-Tok escribimos en fragmentario, en frases cortas, memes, aforismos y, ¿de verdad creéis que hemos mejorado con respecto a los tochos que escribía la gente hace treinta años? Pienso que a lo sumo hemos mejorado en ingenio, pero justo en la medida que hemos perdido capacidad de reflexión y argumentación, además de respeto, porque las técnicas terroristas que he denunciado en Nietzsche son casi budistas comparadas con las que alguna gente utiliza ahora en la red. Yo misma escribo en nietzcheano (sin su genialidad), todo este blog es fragmentario, también lo era lo que hacía en las paredes, en los cubos de basura y ahora en las quoteboots, pero precisamente por eso, porque he dedicado mucho tiempo a leer a los grandes del género y yo misma lo cultivo, me he dado cuenta de los peligros que se ocultan detrás de la famosa "síntesis", y quería alertar de que no hay soluciones mágicas detrás de lo que una vez llamé "los cien metros lisos de la literatura".
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La forma de la novela no solo no es eterna, sino que está pasando. Uno se siente avergonzado de escribir no-verdades, de decir que pasó algo que no ha pasado. Si se quiere decir algo, hay que decirlo directamente.
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La mamá había tenido desde la infancia una fuerte repugnancia por todo lo corporal, no sólo por lo de los demás sino por lo suyo propio; le repugnaba tener que sentarse en el retrete (trataba siempre de que, por lo menos, nadie la viera entrar allí) y había pasado épocas en las que incluso le daba vergüenza comer delante de los demás, porque masticar y tragar le parecía asqueroso.
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A Gary Cooper, por ejemplo, se le preguntó, en el tono más deferente y amistoso posible, si había mucha propaganda comunista en los guiones que le sometían. Cooper, como hombre a quien pocas veces en su vida se le había pedido que hablara, lo pensó un buen rato y contestó que no, que no le parecía que la había, pero que tampoco podía estar muy seguro, pues acostumbraba a leer sus guiones de noche. Esta respuesta desconcertante causó risas por todo el país; la imagen de Cooper frente al público estadounidense podría verse afectada por semejante desliz.
—Allí fue donde empecé a dividir los libros en diurnos y nocturnos. De verdad que hay libros que sólo se pueden leer por la noche.
Todos manifestaban un asombro admirativo, menos el escultor que seguía apretando su dedo y tenía la cara llena de arrugas por el desagradable recuerdo. Marie-Claude se dirigió a él:
—¿Qué categoría le adjudicarías a Stendhal?
El escultor no prestaba atención y se encogió de hombros sin saber qué responder. El crítico de arte que estaba a su lado manifestó que a su juicio Stendhal era una lectura diurna. Marie-Claude hizo un gesto de negación con la cabeza y afirmó con voz sonora:
—Te equivocas. ¡No, no, no, te equivocas! ¡Stendhal es un autor nocturno!