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QUÉ INSULSAS las semblanzas que publicó Aleixandre en Los encuentros: parece mentira que alguien que conoció de forma tan cercana a tantos poetas célebres no sea capaz de transmitirnos más pasión, color y anécdota en torno a ellos. La calidad de la prosa es también del mismo tono mediocre, casi delictiva si la comparamos por ejemplo con los retratos de Gómez de la Serna, las semblanzas que escribió Juan Ramón Jiménez en Españoles de tres mundos o las de Francisco Umbral en Las palabras de la tribu. Parece que Aleixandre vivía en un mundo sin conflicto ni malicia al que no le encontraba nada digno que destacar. Su poesía es mejor pero adolece del mismo defecto: es perfecta y nada más.

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EN LA estupenda biografía de Valle-Inclán escrita por Gómez de la Serna, se habla de las grandes mentiras/fantasías que contaba el escritor gallego en las tertulias. Se cuenta esta, por ejemplo, por boca de Pedro de Répide:
–Una vez en tierraz de América o como zi dijéramos en Indiaz, zalí de la ciudad pazeando por el campo. Como yo me trago laz leguaz, me zorprendió la noche lejoz del poblado a la orilla de un lago, ya en territorio de zalvajez. Allí me zenté a dezcansar en un tronco verdozo, como lleno de muzgo. Pero al poco rato noté que el tronco ze movía. Otro cualquiera ze hubiera azuztado. Yo, no. Me fijé y vi que me había zentado zobre un caimán. Y como yo conozco laz coztumbrez del zaurio le puze un dedo en el ojo, que ez la manera de guiarlez, y azí montado en él me condujo hazta laz puertaz de la ciudad.
Al terminar su relación paseaba la mirada por el auditorio, que, conocedor en su mayoría de la fantasía valleinclanesca, no decía nada, antes bien se recreaba con la maravillosa bola. Mas no faltaba algún recién llegado, quien creía que le estaban tomando el pelo y se atrevía a protestar. Entonces Valle le dedicaba sus más elocuentes contumelias, empezando por decirle:
–Uztez ez un idiota. Uztez no zabe lo que ez un zaurio.


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LA OTRA división es el pegamento: hay aforistas o fragmentistas que pegan bien sus frases, que escriben hasta el más mínimo meteoro mirando a lo lejos, a la obra general, de forma que sus aforismos son muy coherentes con todo el libro, como Nietzsche, Confucio, La Rochefoucauld o Gómez Dávila. En cambio existen aforistas que lo fían todo a la brillantez del minuto, a la ocurrencia genial y matadora, pero cuyos aforismos se anulan los unos a los otros y no están al servicio de un plan general. Grandes semeocurristas me parecen Oscar Wilde, Woody Allen, Groucho Marx, Pitigrilli, Ranévskaya o Gómez de la Serna, y no me parece casual que pertenezcan al humorismo más que al pensamiento.

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MÁS SOBRE el supuesto antiespañolismo de Borges. Este genio de la literatura fue una persona muy compleja y a la vez un maestro en bufonerías. En ese vaivén humor/esquizofrenia, de pronto fingía no conocer a Antonio Machado (¿Es que Manuel tiene un hermano?), para semanas después proclamar que el sevillano era mejor que Lorca y que todo el 27. De pronto decía que Bécquer “era una débil réplica del primer Heine”, para en otra ocasión decir: “¿Es que esos majaderos de surrealistas no saben lo que es un poeta de verdad, por ejemplo Bécquer?”. De Unamuno decía a veces que era insoportable, pero a su muerte escribe un artículo donde afirma: “Ha muerto el primer escritor de nuestro idioma”. A Quevedo lo fustiga por su vegetación conceptista, pero también con él se pone sincero: “Le critico porque me gustaba demasiado. Cuando era adolescente, en la Argentina, todos queríamos ser Quevedo”. Y qué decir sobre el Quijote: es la obra, junto con la Divina Comedia de Dante, de la que más habló y que más le obsesionó en su vida. También elogió a Fray Luis de León, San Juan de la Cruz y Jorge Guillén, así como la poesía de Lope, el Romancero y la Epístola moral a Fabio de Fernández de Andrada. De Garcilaso decía: “Es mejor que Petrarca”. De Ramón Gómez de la Serna: “Con qué desprecio verá Ramón a su amigo Oliverio Girondo. En un rato él puede escribir —él ha escrito— toda la obra de Girondo”. ¡Raro antiespañolismo el de un hombre que, preguntado por dónde le habría gustado nacer si no hubiera nacido en Argentina, respondía invariablemente: “En Andalucía”!


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Que Galdós fuera un garbancero, como dice Valle-Inclán, o Dostoyevski un chapuzas, como le acusa Nabokov, o que a Cervantes le fallara el estilo, como señala Lugones, o que Balzac no supiera escribir, como aseguró Flaubert, son el tipo de críticas que siempre lanzan los estilistas, que parecen olvidar que la novela tiene unas exigencias distintas a la poesía y que el empeño de fabricar un Garcilaso en prosa suele producir frankensteins. La poesía se escribe con palabras y la novela a través de ellas; en la poesía cada fonema o sílaba tienen importancia y en cambio la novela se construye con ladrillos más grandes: acusar a un novelista por los garbanzos de la prosodia o la sintaxis de sus oraciones es no entender en absoluto los retos del género. Cada frase, en la novela, es un mero átomo que está supeditado al párrafo, que a su vez está supeditado al capítulo, que a su vez está supeditado al libro: el ritmo novelístico es un ritmo del largo plazo. Es un ritmo también de la estructura: la eufonía de los grandes novelistas se basa en la peripecia narrativa, en la cadencia que marcan los actos de los personajes a lo largo de las páginas. No niego que se pueda ser un gran prosista siguiendo criterios cercanos a la poesía (pienso ahora en Gómez de la Serna, en Gabriel Miró, en Aldecoa o en Umbral), pero difícilmente se podrá ser un gran novelista, y en cambio todo gran novelista es a la vez un buen prosista en el sentido de que practica la prosa de la eficacia. Por eso los novelistas acusados arriba, todos extraordinarios, no lo fueron a pesar de sus garbanzos, sino gracias a ellos.