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NO OS penséis que los periodistas solo maltratan a los poetas pelagatos; hasta Elizabeth Bishop sufrió en sus carnes su habitual proceder analfabeto. Responde así en su entrevista a The Paris Review:
Siempre me he considerado muy feminista. Hace poco me entrevistó una periodista de The Chicago Tribune y después de hablar unos minutos con ella me di cuenta de que quería presentarme como “mujer a la antigua usanza”, por oposición a Erica Jong y Adrienne Rich, que me caen bien, y otras autoras radicalmente feministas. Al final le pregunté si había leído algunos de mis poemas y, al parecer, había leído uno. No entendí cómo podía entrevistarme si no sabía nada de mí, así que se lo dije.
El género de la entrevista literaria, salvando excepciones, consiste en que un tipo que no tiene tiempo ni ganas de leer tu obra se hace con las entrevistas anteriores que has concedido y te vuelve a hacer las mismas preguntas, con ligeras variantes, con lo que cada entrevista que concedes es un poco más de spam que arrojas a la red.

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ESTA TROYA de Erica Jong sobre Toni Morrison que he publicado en el blog CHIMAMANDA quizá necesite un poco de contexto:
Desearía que Toni Morrison, una escritora deslumbrante y un gran ser humano, hubiera ganado el premio Nobel solo por su excelencia a la hora de poner una palabra detrás de otra. Estoy encantada con su elección, pero sospecho que su premio no fue motivado únicamente por consideraciones artísticas. ¿Por qué el arte en sí mismo no puede ser suficiente? ¿Debemos usar también al artista como muestra de progresismo?
De lo que se queja Jong es de lobby afroamericano, al que habría sucumbido el Nobel con el fin de poder decir "la primera afroamericana premiada" (ya se lo habían dado a Derek Walcott, pero Walcott era hombre y se sentía sobre todo afroantillano o afrocaribeño). El "lobby" surgió en enero de 1988, cuando 48 intelectuales afroamericanos, algunos de la nombradía de Maya Angelou, Amiri Baraka, Angela Davis o Alice Walker, publicaron una carta conjunta en The New York Times denunciando el ninguneo que a su juicio estaba sufriendo la obra de Morrison, ausente de los premios nacionales más importantes. Señalaban también el racismo y sexismo subyacentes en esta falta de premiación. A partir de ahí, fuera por casualidad o porque la presión había hecho efecto, Morrison recibió el Pulitzer ese mismo año, por Beloved, y el Premio Nobel en 1993.

Ello no quiere decir, estimo, que Erica Jong sea enemiga de los lobbies (ella es una de las sustentadoras más rabiosas del lobby feminista), sino que no le gustan tanto los que no son el suyo. De hecho, en el año en que Morrison ganó el Nobel, Jong lo había pedido para Doris Lessing, que no lo recibió hasta 2007.

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EL PRINCIPAL escollo que afronta el egoautor, me refiero al egoautor con una vida social siquiera un milímetro más populosa que la mía, es que escribimos con toda libertad de la gente con la que hacemos nuestras vidas y luego esa gente no se siente reflejada y a menudo se enoja con nosotros. El problema aumenta cuando el egoautor no solo no trata de reflejar a sus semejantes, sino que trata de vengarse de ellos: en este caso la literatura confesional entra de lleno dentro de los delitos penales. Esa es la razón, por ejemplo, de que aún no se puedan publicar al completo los diarios de Anaïs Nin, porque en ellos habla mal de mucha gente que aún vive y podría denunciar, o de que Elias Canetti, para protegerse, dejara escrito que los suyos no podían publicarse hasta treinta años después de su muerte.

Los que no denuncian a veces deciden coger la pluma y dar su versión. Esto es lo que hizo Julia Urquidi, ex mujer de Vargas Llosa, que contraatacó con “Lo que Varguitas no dijo” cuando el peruano publicó “La tía Julia y el escribidor”. O lo que hizo Sofia Tolstaia, mujer de Tolstói, que escribió “¿De quién es la culpa?” para contestar a la “Sonata a Kreutzer” de su marido, si bien Tolstaia no era ninguna aficionada y ya escribía antes de casarse con él. Peor fue lo que le pasó a Frank McCourt, que pintó tan negativamente su infancia en la irlandesa ciudad de Limerick en Las cenizas de Ángela, que recibió amenazas de algunos de sus habitantes para que no regresara nunca por allí.

En otros casos las dos partes acaban entendiéndose. Es lo que ha sucedido con otra famosa autora confesional, Erica Jong, que hizo a su hija Molly parte de su obra. Su hija no siempre estaba contenta de aparecer en los libros de una madre tan famosa “porque todos mis cercanos aprendieron a valorarme no por lo que soy, sino por lo que dice mi madre que soy”. Ahora Molly ha sacado el libro “How to Lose Your Mother: A Daughter´s Memoir”, donde muchas veces pone a parir a su madre, pero Erica Jong se lo ha tomado con muy buen humor:

—Tiene derecho a hablar mal de mí todo lo que quiera, la voy a querer de todas formas.

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Dice Erica Jong:
Las más grandes feministas también han sido las más grandes amantes. No solo pienso en Mary Wollstonecraft y su hija Mary Shelley, sino también en Anaïs Nin, Edna St. Vincent Millay y, por supuesto, Safo. No es posible separar los fluidos creativos de los fluidos humanos. Y mientras las mujeres con fluidos sean equiparadas con mujeres malas, pecaremos del lado de las malas.
Muy de acuerdo con esto, las feministas que yo he conocido, lejos del tópico de “malfolladas” o de que se hicieron feministas porque no follaban, son justo lo contrario: mujeres desprejuiciadas que tienen ideas más abiertas en todo, también en el sexo. Hasta estoy por decir que muchas mujeres se hicieron feministas porque necesitaban más sexo del que les quería conceder la sociedad.