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ESCRIBE LA Bruyère:
Muy lejos de asustarnos, o incluso de atemorizarnos porque nos llamen filósofos, no hay nadie en el mundo que no debiera tener una fuerte dosis de filosofía; es conveniente para todo el mundo, su práctica resulta útil a cualquier edad, para cualquier sexo y para cualquier condición. Nos consuela de la felicidad ajena, de las preferencias indignas, de los malos éxitos, del declive de nuestras fuerzas o de nuestra belleza; nos arma contra la pobreza, la vejez, la enfermedad y la muerte, contra los necios y los patosos; nos permite vivir sin una mujer, o nos hace soportar aquella con la que vivimos.
Que la filosofía pueda ser un lenitivo, sí: ir más allá me parece exagerar. Lo que le reprocho de siempre a la filosofía es esto: si muchas veces me doy cuenta de la razón de mi sufrir ¿por qué el darme cuenta no reduce mi sufrimiento? Entiendo que la filosofía no puede ser una vacuna completa porque estamos demasiado animalizados, incluso en edades maduras, y porque el estadio donde nos jugamos la vida es un estadio foráneo donde el público nos silba y nos insulta y hasta nos tira objetos: nadie que sea intenso y sepa que va a morir, con la devastadora angustia que eso genera, puede ser curado del todo por el pensamiento.

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ESCRIBE CHAMFORT:
Los magistrados encargados de velar por el orden público, tales como el subprefecto de lo criminal, el subprefecto de lo civil, el de la policía, y tantos otros, acaban casi siempre por tener una opinión horrible de la sociedad. Creen conocer a los hombres y solo conocen su desecho. No se juzga una ciudad por sus cloacas ni una casa por sus letrinas.
Este mismo defecto se podría aplicar al propio Chamfort como pensador, también a La Bruyére y mucho más a La Rochefoucauld, que sin duda es el campeón: los tres hacen un retrato del ser humano a partir de un espacio y tiempo singulares, el del cortesano de la corte francesa de los siglos XVII y XVIII, que por fuerza debía ser una persona intrigante, ambiciosa, bien entrenada en hipocresías, vanidades y envidias, de modo que arrojan una visión pésima de lo que es el ser humano. Si los moralistas franceses hubieran examinado las zonas rurales o los barrios bajos de las ciudades, o incluso los monasterios o las gentes de mar, habrían extraído defectos muy distintos. Si al ser humano le pones en la carrera ultracompetitiva de la corte de Versalles, es fácil que se vuelva malo; si en cambio lo sitúas en un lugar menos agresivo y a una velocidad más baja, allí donde sea sencillo ser bueno, también lo puede ser con facilidad.

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ESCRIBE CIORAN en sus cuadernos:
Hay que atenerse a un solo idioma y ahondar en su conocimiento de la mañana a la noche. Para un escritor francés, una conversación en su lengua con una portera es más provechosa que una plática con un gran sabio en una lengua extranjera.
Este es el tipo de opiniones que me hacen dudar de que Cioran sea un heredero digno de los aforistas-moralistas franceses, porque este franco-rumano, como su maestro Nietzsche, sufre de tremendismo, es un pensador que no sabe moverse salvo en el terreno de la sobre-verdad o la hipérbole gratuita. Lees a Montaigne, La Rochefoucauld, Pascal, La Bruyère, Chamfort, Joubert o Vauvenargues y es cierto que son agudos, sí, a veces arriesgados, pero son contenidos: los siete mantienen un respeto muy grande por el acto del pensar y no les importa coincidir con el sentido común o las ideas de la época cuando es preciso. Con Cioran podría estar de acuerdo, sobre el fragmento que he elegido, en que el idioma es fundamental para un escritor y aún más para un poeta, pero la comparación portera vs gran sabio se le va de las manos: si realmente es un “gran sabio” el que te habla, pocas conversaciones pueden existir más provechosas, sean en el idioma que sean, porque dominar una lengua es solo una de las tareas del escritor, insuficiente si no viene acompañada de otras, por ejemplo tener algo que decir. Cuando releo a mis 47 años a Cioran o Nietzsche, por decir dos autores con los que mantengo relaciones tóxicas, no hago más que avergonzarme, pues compruebo que me he pasado la vida leyendo a dos prevaricadores del pensamiento, dos energúmenos que se mueven casi siempre al filo de la boutade o incurriendo en ella, y descubro con tristeza de dónde proceden la mayor parte de mis defectos (y encima sin la genialidad de ellos). Tal ha sido mi mayor tragedia como lector: dediqué los años esenciales, aquellos que más te marcan, a leer a todos los escritores histéricos... y no descubrí a Plutarco y Montaigne hasta los 37 años, Chamfort y Canetti hasta los 40, La Bruyère hasta los 43...

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DIFERENCIO ENTRE aforistas y fragmentistas: el aforista escribe un solo pensamiento-relámpago de cinco líneas como mucho, mientras que el fragmentista no dispara sino que desarrolla ideas que superan muchas veces las diez líneas y pueden sobrepasar el folio. La división es un poco arbitraria pero a mí me sirve porque existen aforistas tenidos por tales, como Nietzsche, Confucio, Leopardi, Adorno, Schopenhauer, La Bruyére o Marco Aurelio, que no me parecen muy buenos aforistas y en cambio son grandes fragmentistas, igual que existen otros que son grandes aforistas y fragmentistas a la vez, como Cioran, Canetti, Gracián, Séneca, Chamfort o Valéry, y en cambio otros que son especialistas en el aforismo entendido tal como yo lo entiendo, como una detonación que no se prolonga, como Publilio Siro, La Rochefoucauld, Porchia, Lec o Gómez Dávila.

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¿ACASO QUIERO ser un moralista francés? Lo digo mientras leo el Amabile del Príncipe de Ligne y noto que despierta y se afila mi mente, lo mismo que me sucedió la primera vez que leí a La Rochefoucauld, La Bruyère, Pascal, Vauvenargues, Chamfort o Joubert. También Nietzsche y Cioran pertenecen a ese grupo, porque el moralismo francés no es una categoría geográfica (Ligne es belga) sino un género literario-filosófico caracterizado por la agudeza y la brevedad, un género aparentemente frívolo para tratar los temas más variados, a los que hay que acercarse de forma oblicua y con buena pluma. Es el moralista francés un microscopio y un telescopio: de la mirada atenta de los casos más particulares, del examen y crítica de lo más cercano, lanza frases universales o más lejos, siempre con un pie en el pensamiento y otro en la literatura. Leyendo a Ligne he pensado que yo mismo he hecho mucho moralismo francés en los últimos cuatro años, si bien de tercera regional, pero siempre con la esperanza de jugar un día en los grandes estadios.