NO ME comparéis jamás el minipoder de un cerebro en directo con el superpoder de un cerebro que tras una larga paciencia ha dado a luz en trescientas páginas, por favor: un libro bueno es un artilugio muy superior a toda la cháchara de tediosos profesionales que nos intercambiamos las personas de carne y hueso; el cerebro del homo sapiens cuenta con una batería de unas tres horas como mucho de charla comestible a partir de las cuales empiezan las reiteraciones. Hasta los amigos de Oscar Wilde estaban hartos de que aquel maestro de la conversación les repitiera una y otra vez sus doscientas ocurrencias más famosas; hasta a Borges le trataban como a un pelmazo cuando incurría por centésima ocasión en los chascarrillos que pronunciados por primera vez le habían dado fama; hasta el mismo Einstein emitía tanto spam que Niels Bohr le espetó una vez: “Albert, deja ya de decirle a Dios lo que tiene que hacer con sus dados”.
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SÉNECA SE reía de los que contaban con una biblioteca de cien libros, porque mantenía que la vida no era tan larga como para leer tantos con el rigor suficiente; y Nietzsche alertaba contra la lectura en serie de libros distintos, porque creaba eruditos y no pensadores. Flaubert escribe a Louise Colet: “Qué sabios seríamos si solo conociéramos bien cinco o seis libros”. Einstein, por su parte, aconseja bajar el ritmo de lectura a partir de los cuarenta años para que la lectura no obture la imaginación.
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