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JEAN-PAUL SARTRE no solo era bizco, sino que también sufrió de exoftalmía, lo que derivaba en sus ojos tan saltones. Dice Sarah Bakewell en En el café de los existencialistas:
Hablar con él desorientaba mucho a los que no estaban advertidos, pero si te esforzabas por centrarte en su ojo izquierdo, te encontrabas invariablemente con una inteligencia cálida: el ojo de un hombre interesado en todo lo que pudieras decirle.

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EL ENEMIGO primordial de un sectario no es el sectario del otro bando, sino el no-alineado. Sartre a Camus, después de que este dejara claro que también condenaba el régimen soviético: «Solo encuentro una solución para usted: las Islas Galápagos». Benedetti sobre Borges, en los tiempos pre-Videla y pre-Pinochet en que a Borges todavía se le consideraba un "escapista": «Mientras América Latina busca una voz propia y se desangra en luchas, nuestro escritor más internacional decide consagrar el resto de sus días a aprender el noruego antiguo».

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DICE LUIS Sepúlveda en este documental crítico, Hartos the Borges (AQUÍ), que la clave del mito borgeano es que se inventó una erudición y consiguió colárnosla a todos. Hombre, no. La erudición de Borges era de verdad y es una de las más grandes que haya reunido una sola persona.

En Borges se convocaron los más diversos ingredientes para llegar a cráneo previlegiado histórico. En primer lugar, era un superdotado de tal eslora que, por ejemplo, se puso a aprender alemán con un mero diccionario, solo para poder leer a Schopenhauer y a Kant.

En segundo lugar, manifiesta una rara predilección por el conocimiento desde muy pequeño: solo así se explica que, igual que el Sartre adolescente devoraba la enciclopedia Larousse, la lectura favorita del primer Borges fuera la Enciclopedia Británica. Esa devoción no vino en su caso acompañada por una mengua de la fantasía, que también poseyó con ingencia.

En tercer lugar, antes de cumplir cuarenta comenzó a ganarse la vida dando conferencias de literatura y escribiendo críticas, como las que hizo para Sur o para El Hogar. A la manera del proverbio chino “Si quieres saber algo, ponte a escribir un libro”, Borges se cultivó con la relectura, que es la única válida para dar conferencias y hacer críticas.

En cuarto, padece de impotencia sexual y fracasa en sus relaciones con las mujeres. Este fracaso le hace acantonarse aún más en los libros, que son su muralla contra los desencantos de la existencia.

En quinto, tuvo la suerte de nacer en la Buenos Aires de comienzos de siglo XX, que era uno de los lugares más cosmopolitas del mundo, y disfrutó de un padre con sueños universales que le empujó desde el principio contra el cáncer nacionalista. Lo asombroso de Borges no es el interés que demuestra por la literatura anglosajona, que al fin y al cabo era junto con la francesa la literatura central de su época, sino el interés que manifiesta por ejemplo por las sagas islandesas, la cultura de Japón, los cuentos del Turquestán o la literatura medieval alemana.

Nada de invento, por tanto. Borges fue un cerebro insólito, nacido en el momento adecuado, en un sitio perfecto, con los elementos exactos para convertirse en un hito de todos los lugares y todos los tiempos.

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SOBREPASMADA ESTOY desde que me he enterado de que Albert Camus mantuvo un romance con Simone de Beauvoir, del que existe una correspondencia breve pero arrebatada que no deja lugar a la duda. La hija de Camus, Catherine, sostiene que ese fue el telón de fondo de la ruptura aparentemente intelectual de Sartre y Camus en las páginas de Les Temps Modernes. Una vez más, el sexo es la piedra en la que siempre tropieza la izquierda (una misma). La izquierda que es capaz de muchos grados de desanimalización, pero que fracasa una y otra vez ante la animalización máxima del sexo.

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SARTRE SE encogía de hombros cuando le reprochaban la cantidad de fama y dinero que acumulaba “mientras Baudelaire era anónimo”, pero la crítica estaba mal hecha, porque mientras Baudelaire era anónimo, Victor Hugo resplandecía, y mientras Sartre dominaba, Cioran seguía esperando su momento. En todas las épocas existen Lopes de Vega que se ganan desde el principio el favor del público, otros que tardan un poco más, y la mayoría que no llega nunca...

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COMO HE leído mucho a favor y en contra de las posturas ideológicas de Vargas Llosa, como si las hubiera mantenido constantes durante 67 años, voy a dividir su carrera en cuatro partes y voy a dar mi opinión sobre cada una de ellas. Las fechas de cada etapa las he puesto un poco a bulto: 

PRIMERA (1959-1969): Etapa olvidable porque en ella hace seguidismo de la izquierda autoritaria. Se ha destacado poco que no rompió con la Cuba castrista por los fusilamientos en serie de opositores ni por los campos de concentración para homosexuales (UMAP), sino por un asunto corporativo menor, como la purga al poeta Heberto Padilla, al que el castrismo obliga a rectificar. La figura reverenciada por Vargas Llosa en esta época es Jean-Paul Sartre.

SEGUNDA (1970-1990): Esta es su mejor etapa como intelectual y una de las mejores de cualquier intelectual, por lo emocionante que fue que defendiera sus postulados “contra todo el mundo”. Denuncia a la iglesia, a la izquierda sartriana, al nacionalismo y al patriotismo con un aplomo asombroso: son años en que aparece en los medios como “el malo de la película”, pero él nunca abandona el humanismo y la racionalidad. Enemigo número uno de los grandes relatos como el marxista, que engendran violencia e intolerancia, en esta época todavía no se entrega al capitalismo salvaje y en muchas de sus prédicas reconocemos a un socialdemócrata. La figura reverenciada en esta época es Albert Camus.

TERCERA (1991-2011): Esta es la etapa de la primera decadencia. Caído el muro de Berlín y el bloque soviético, la intelectualidad mundial gira la cabeza sobre Vargas Llosa y empieza a reconocer que el peruano estaba en lo cierto. Pero ese cambio le sienta mal: desde que se cree ganador, comienza a radicalizar su capitalismo, abraza a Margaret Thatcher, adopta un lenguaje cada vez más intolerante y se presenta a las elecciones de Perú con un programa neoliberal. La figura tutelar de este período es Friedrich Hayek.

CUARTA (2012-2025): Decadencia horrorosa. Comienza a volverse autoritario: el día anterior al 1 de octubre de 2017, día en que Cataluña votaba un referendo no legal por la independencia, pide a las autoridades españolas que “actúen con dureza”: él es uno de los autores intelectuales de los más de mil heridos de aquel día. Se vuelve de pronto patriota, arrecia en su neoliberalismo, se obsesiona contra el feminismo, pide al indigenismo que se entregue a la cultura occidental y se vuelve hasta cómico en su conservadurismo: en “La civilización del espéctaculo” sostiene que uno de los problemas del mundo son los jóvenes que practican sexo sin amor. Al final le pudo su rechazo visceral a la izquierda: entre sus últimos actos como intelectual figuró llamar "tontos" a los colombianos por votar a Gustavo Petro en 2022 o pedir el voto para Javier Milei en 2023. La figura tutelar de este período también es Hayek pero me refiero al último Hayek, el que ya no veía tan mal a Pinochet o a las dictaduras “si aseguraban la libertad económica”.

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EL PARTIDO nosotrista Mas Madrid se ha quejado (AQUÍ) de la decisión del Ayuntamiento de Madrid de celebrar un homenaje a Mario Vargas Llosa: alega discriminación ideológica y agravio comparativo con Almudena Grandes y Marisa Paredes. Pero un momento: ¿en serio me estáis comparando los logros de las madrileñas Grandes y Paredes con los de Vargas Llosa, figura de todos los lugares y de todas las épocas, que ha sido llorado en América (AQUÍ), en Europa (AQUÍ), en Nueva York (AQUÍ), en el mundo árabe (AQUÍ), que era tan referencial que mantenía polémicas con gobiernos (AQUÍ) y (AQUÍ), que ha sido homenajeado por los presidentes de Francia y Alemania, o que fue el primer autor de habla no francesa en entrar en la Academia de Francia? 

Vargas Llosa ha sido uno de los intelectuales más importantes del mundo desde Jean-Paul Sartre, sino el mayor, además de uno de los mejores novelistas de todos los tiempos. El homenaje que le tributa Madrid es muy merecido y debe ser un punto de inflexión en favor de una ciudad cosmopolita: a partir de ahora, las autoridades deberían ir retirando los nombres de todos los escritores anacletos que decoran sus calles, famosos solo por haber nacido en unos kilómetros cuadrados y haberse destacado por escribir sobre motivos folclóricos, y sustituirlos por otros de verdad “nuestros”, que son aquellos que aplican el bisturí en los problemas de lo humano universal; autores que a menudo no solo no ensalzan a la ciudad y la nación en que nacieron sino, como Vargas Llosa, las critican y las ponen frente a sus contradicciones.

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YA QUE se ha hablado tanto en estos días sobre la conveniencia o no de leer para ser palabrista, he recopilado este pequeño anecdotario histórico que espero que os guste, y prometo escribir otro en el futuro con menos sesgo masculino, pues solo he encontrado información de “señoros”. Se considera al espiritualista indio OSHO como el mayor lector de la historia, pues se leyó 150.000 libros a un ritmo de 3.000 al año. Pierre Bayard se ha leído 10.000 libros, Stalin se leyó 20.000 y el Che Guevara 3.000, todos en su adolescencia. Sartre se leía unos 200 libros al año, que languidecen al lado de los 500 anuales que se leía Sánchez Dragó, a una velocidad de 100 páginas a la hora. Caso único es el de Menéndez Pelayo, que se leía entre tres y cuatro libros cada tarde, ¡leyendo simultáneamente la página izquierda con el ojo izquierdo y la derecha con el derecho! Esto, aunque parezca imposible físicamente, parece que sí lo pueden hacer los “savant” o personas que padecen el “síndrome del sabio”, como Kim Peek, el más famoso de todos ellos, que se leyó con el mismo sistema ocular la friolera de 12.000 libros, de los que podía recordar el 98% de su contenido. Por su parte, el multimillonario Elon Musk lee 60 libros al mes y el no menos millonario Warren Buffet, que lee ocho horas cada día, recomienda al que quiera ser como él “que no baje de las quinientas páginas cada jornada”. El problema de estas cifras fabulosas es que, en la mayoría de los casos, la única prueba que tenemos es el testimonio de quienes las consiguieron, y ya sabemos que Pinocho es el patrón de los lectores.

EN EL otro bando, tenemos a los que aconsejaron leer menos pero mejor. Flaubert dictaminó que bastaría releer continuamente los mismos cinco o seis libros especiales, obras maestras que sentimos como escritas para nosotros, con el fin de aprender el arte de escribir. Nietzsche alertaba contra la lectura que solo genera erudición; Einstein recomendaba bajar la cantidad de lectura a partir de los cuarenta años, con el fin de no apagar nuestra capacidad imaginativa, que desciende con la edad, en la misma línea que “Escrito con L”, el célebre poema de Gonzalo Rojas que comienza así: “Mucha lectura envejece la imaginación / del ojo, suelta todas las abejas pero mata el zumbido / de lo invisible”. Por su parte, Valéry se limitaba a ojear la mayoría de los libros, pues le bastaba con saber “de qué iban”; y Séneca se reía de los patricios romanos que presumían de tener bibliotecas con cientos de volúmenes, “porque es imposible leer de forma cabal más de cien libros en toda la vida”. Os dejo para terminar con la conocida humorada de Woody Allen contra la lectura demasiado presurosa: “Hice un curso de lectura rápida y fui capaz de leerme “Guerra y paz” en veinte minutos. Creo que decía algo de Rusia”.


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EN EL género en disputa, Judith Butler lleva la crítica de la crítica de la crítica hasta el fondo: según esta filósofa, no es que no exista el género, sino que tampoco existe el sexo, y hasta las propias categorías de hombre y mujer están basadas en convenciones. Lo que llamamos sexo o género es una actuación o performance, caracterizada por la estrechez y la dominación, que ha llegado a parecer natural tras siglos de repeticiones. Butler propone nuevas performaciones que amplíen sexo/género; curiosamente, reivindica a travestis mamarrachas como yo, que, al hacer actuaciones donde se nos nota que no somos mujeres ni hombres ni trans, denunciamos sin querer las actuaciones de los demás: nuestros disfraces señalan los del resto. Butler alerta además contra la lucha colectiva de cierto feminismo que, al dar por sentado que el hombre y lo masculino y lo heterosexual son categorías preexistentes, lo cual es falso (también son actuaciones), se enfrenta a ellas con sus convenciones contrarias y solo consigue reforzarlas. Llega a decir que no hay que crear nuevas categorías en el sexo o género, porque la estructura de la gramática es tóxica y con cada nuevo término establece enseguida unas relaciones de exclusión. Propone actuaciones individuales o grupales pequeñas, no masivas, y experimentar en todas las direcciones, saltándose etiquetas o categorías. Es un libro profundo y utópico que hubiera desesperado a Sartre y encantado a Camus.

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DICE NELSON Algren sobre Simone de Beauvoir, una vez que ya había roto con ella:
"Cuando llegues a París, ve a ver a Simone de Beauvoir", me insistió una vez un pseudointelectual. La gente afirmaba que era, cosa sorprendente en una buena escritora, moralista, sin sentido del humor y tiránica. Me gustó ser el único que se dio cuenta de que no era una buena escritora.
Aquí veo despecho: tiempo tuvo Algren de decir que Beauvoir era mala escritora cuando estaba enamorado de ella, en los diecisiete años que duró su relación, pero estoy seguro de que entonces no lo pensaba, porque el amor es capaz de obturar los sentidos más afinados. Una vez que llegó el desamor y sintió la urgencia de vengarse, claro que se dio cuenta de ello, porque Beauvoir tiene una nota muy alta como filósofa, activista e intelectual, y otra nota distinta y peor como escritora (como les pasa a muchos filósofos).


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EXISTEN TRES Nerudas políticos: el primero es el anarquista juvenil que escribe “Patria, palabra triste como termómetro o ascensor”; el segundo es el comunista intransigente y nacionalista; el tercero es el hombre desencantado, comunista pero con un tono más suave, después de la revelación de los crímenes de Stalin y de su ruptura con los intelectuales castristas. El peor Neruda, sin duda, es el de la segunda etapa, donde se muestra de un nacionalismo rabioso. Veamos cómo responde a Enrique Bello en una entrevista con fecha de 28 de noviembre de 1952:
Tenemos la influencia de novelistas como Faulkner, llenos de perversidad, o poetas como Eliot, falso místico reaccionario, que dispone de un cielo particular para la nobleza británica. Y no es por casualidad que estos dos escritores reciben el Premio Nobel, coronación y premio que da una sociedad agonizante a sus propios enterradores. Si lee uno las revistas de nuestra América, del Uruguay y de Panamá, se ve la preocupación cosmopolita, el deseo de no dejar número sin mencionar al ideólogo nazi Heidegger, o al destructivo Sartre. Este es el reflejo del cosmopolitismo y de la desnacionalización de los actuales dirigentes de nuestra sociedad criolla. La capa superintelectual se aleja de nuestros problemas y de la lucha del pueblo con sus episodios conmovedores y su grandeza. Vemos revistas, como “Sur” de Buenos Aires, que consagran números enteros a espías internacionales y cosmopolitas.

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SOBRE LOS escritores y la masturbación. Grandes masturbadores fueron Diógenes, Balzac (aunque este se paraba antes de correrse), Maupassant, Gide, Mishima, Sartre, Capote o... James Joyce, que, importunado en un café de Zurich por un desconocido que le preguntó: "¿Puedo besar la mano que escribió Ulises?", le respondió: "No, también ha hecho muchas otras cosas".


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DICE SARTRE en "Las palabras" que uno de sus abuelos dejó de leer cuando murió Victor Hugo. ¿Existirá un elogio más grande a un escritor?

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ENCUENTRO ESTA semejanza entre Borges y Sartre. Cuenta el francés en "Las palabras" que de niño la enciclopedia Larousse lo era todo para él, por encima de cualquier libro; igual que para Borges la Enciclopedia Británica.

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SE RÍE Gombrowicz en sus Diarios de la multiplicación de "genios" literarios que experimentó cada país desde que surgió el estado-nación. Eso también lo denunció Juan Benet: desde que el estado descubrió las ventajas uniformadoras y anestesiantes de la escuela obligatoria, lucir un buen ramillete de escritores XXL es tan importante para un país como contar con un buen ejército o una buena armada. Y si no se tienen, se inventan. A partir del siglo XIX (ya es curioso y revelador que sea rarísimo encontrar manuales de literatura nacional anteriores a ese siglo), todos los países se dieron a la tarea de encontrar escritores entre los matorrales sin guardar el mínimo sentido del ridículo. Mientras Voltaire y Rousseau fueron perseguidos durante el siglo XVIII, dos siglos después el general De Gaulle se negaba a encarcelar a Sartre, que se había ofrecido voluntario a llevar maletas de armas a los insurgentes argelinos, "porque Sartre es La France". Convertida la literatura en la puta de las naciones, los escritores imprescindibles se multiplican por diez en la edad moderna: ¡cada nación de repente tiene cincuenta, cien genios de las letras por siglo, qué maravilla! Pero a la hora de disimular la trampa, algunos países tienen más dificultades que otros: es el caso de España. Sucede que el castellano disfrutó en su siglo de oro de una de las mejores literaturas del mundo, para algunos la mejor de todas, pero entre los siglos XIX y XX (AQUÍ), en cambio...

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RESCATA SAVATER en su Diccionario filosófico este fragmento póstumo de Nietzsche, donde el autor alemán canta la palinodia sobre sus libros pasados:
Recientemente, cuando intenté reconocer escritos míos antiguos que había olvidado, me espantó una característica común a todos: hablaban el lenguaje del fanatismo. Casi en todas partes donde se habla de quienes piensan de otro modo, qué manera más sanguinaria de injuriar y qué entusiasmo por la malignidad, signos característicos del fanatismo; signos odiosos, a causa de los cuales no hubiera soportado leer estos escritos si su autor me hubiera sido menos familiar. El fanatismo corrompe el carácter, el gusto y no en último lugar la salud; quien quiera restablecer las tres cosas debe resignarse a un largo período de curación…
No creo yo que el problema de Nietzsche fuera el fanatismo, sino lo que realmente dice en sus escritos. Igual fanatismo hay en Pablo de Tarso contra el hedonismo, en el Manifiesto comunista contra el capitalismo, en Sartre contra los escritores no engagées, en Valerie Solanas contra el machismo, y no pasa nada: entre las distintas formas de escritura que puede elegir un escritor, aceptamos que se utilice el libelo e incluso algunos como yo lo deseamos, porque es un género que simplifica para morder, que radicaliza la subjetividad para golpear más fuerte y llegar más adentro. Nietzsche utiliza la forma del libelo en sus últimos libros pero, repito, el problema no es la forma ni el tono ni la intensidad, que son maravillosos, sino el fondo: el helenista alemán dice en esos libros que los débiles deben ser aniquilados; que canallas del tamaño de Alejandro Magno, Julio César, César Borgia, Federico el Grande o Napoleón Bonaparte son los verdaderos benefactores de la humanidad, los que elevan la energía de los pueblos y “garantizan el futuro”; que la sociedad de castas de la India, donde la casta más baja, los chandalas, tenía prohibido beber más agua que la de los charcos, era el verdadero ejemplo de una sociedad sana y aristocrática; que la función de las mujeres debe ser la de servir de reposo para los guerreros; que las escritoras son un engendro andrógino producto de alteraciones hormonales; que no se debe dar educación ni derechos a los obreros, porque su destino es el de ser esclavos. Nietzsche dice, por último, que la mentira es lícita si eleva el ideal de vida, por lo que ya he dado el retrato perfecto de lo que fue este ¿filósofo?: un sofista, un machista, un belicista, un engendro, un auténtico hijodeputa. Que exista toda una tradición de izquierdas que haya tratado de recuperar a este miserable para el humanismo, algunos de cuyos últimos representantes son Fernando Savater (me refiero sobre todo al primer Savater) o Michel Onfray, es algo que no me explico, salvo que se hayan dejado fascinar por la inteligencia y el envoltorio nietzscheano, que reconozco que son de primer rango. ¿Nietzsche de izquierdas? Sí, y yo luchador de sumo.


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DICE SONTAG que no es tan grave que un poeta se quede ciego, porque el poeta trabaja sobre todo con el oído y es capaz de retener un poema entero en su cabeza (ella pone el ejemplo de Milton; yo pienso en Borges, que escribió mayor cantidad de poemas cuando se quedó ciego), pero que la ceguera es definitiva para un ensayista o novelista, que necesita recordar las docenas o cientos de páginas anteriores de la obra que está escribiendo: aquí pone como ejemplo a Sartre que, cuando se quedó ciego, anunció que sus días como escritor se habían terminado.


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TRISTE QUE Sartre y Camus rompieran su amistad por divergencias en sus opiniones políticas. Que Cabrera Infante, preguntado por la obra de Saramago, contestara que no había leído ni una línea porque el portugués era “castrista”. Que el propio Saramago, preguntado a su vez por la obra de Octavio Paz, respondiera que no la conocía porque discrepaba con las actitudes políticas del mexicano. Se supone que es precisamente entre los escritores donde debería brillar el valor de la tolerancia, pero la realidad demuestra lo contrario. Quizá el problema sea que la tolerancia, como el unicornio, es una fábula de imposible cumplimiento, pero es casi gracioso si no fuera además deplorable que sean los escritores los que más la prediquen y los que menos sean capaces de cumplirla. Sucede entonces que Borges, que está empezando a elogiar a Cortázar, de pronto se detiene y dice muy firme:

—Pero nunca podré ser su amigo porque Cortázar es comunista.


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EN SUS diarios, Kerouac va anotando el número de palabras que escribe cada día, costumbre que he visto en otros escritores, sobre todo anglosajones, y se muestra abatido cada vez que se queda en 1000 o 1500 y exultante cuando llega a 3000 o 4000. Teniendo en cuenta que un folio contiene unas 500 palabras, me resulta difícil de asumir que Kerouac considerara malo el día en que solo había escrito tres folios. ¿Cómo le podían parecer pocos? Y el suyo no es un caso aislado ni de los más graves: también Mircea Eliade se lamentaba en sus diarios de la lentitud de su ritmo de escritura, ¡que era de entre ocho y diez páginas al día!; y esta noche, leyendo la semblanza que Paul Johnson le dedica a Sartre, descubro que el filósofo existencialista escribía 10.000 palabras al día (¡20 folios!) y no por ello prescindía de mantener varias amantes, beber a espuertas, participar en todas las polémicas de la Francia de la época y leer como mínimo doscientos libros al año. Es increíble. Leer este tipo de datos me desespera. Está claro que la figura del escritor declina, al menos eso es lo que pienso cada vez que me miro al espejo.