TRISTE QUE Sartre y Camus rompieran su amistad por divergencias en sus opiniones políticas. Que Cabrera Infante, preguntado por la obra de Saramago, contestara que no había leído ni una línea porque el portugués era “castrista”. Que el propio Saramago, preguntado a su vez por la obra de Octavio Paz, respondiera que no la conocía porque discrepaba con las actitudes políticas del mexicano. Se supone que es precisamente entre los escritores donde debería brillar el valor de la tolerancia, pero la realidad demuestra lo contrario. Quizá el problema sea que la tolerancia, como el unicornio, es una fábula de imposible cumplimiento, pero es casi gracioso si no fuera además deplorable que sean los escritores los que más la prediquen y los que menos sean capaces de cumplirla. Sucede entonces que Borges, que está empezando a elogiar a Cortázar, de pronto se detiene y dice muy firme:
—Pero nunca podré ser su amigo porque Cortázar es comunista.