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STEPHEN VIZINCZEY plagiándome con cincuenta años de antelación en su artículo Por qué la literatura inglesa no basta
• • • La enseñanza de literatura inglesa en vez de literatura es a mi juicio la más nociva de todas las perversamente equivocadas prácticas docentes, porque roba a nuestra vida intelectual y artística una gran cantidad de sabiduría e inspiración. Es como si tuviéramos un sistema de educación musical que no enseñara música, sino sólo música inglesa, y no hubiera apenas en Inglaterra músicos o amantes de la música que hubiesen oído alguna vez una sola pieza de Mozart.

• • • La mayoría de los educadores no ha llegado todavía a comprender algo tan elemental como la universalidad de la gran literatura, o mejor dicho, no parecen conscientes de lo escasa que es. La preocupación exclusiva por los autores nativos se deriva, al menos en parte, de la creencia de que hay multitudes de escritores importantes en todos los rincones del mundo… un error debido a la incapacidad para distinguir entre los hábiles y los incomparablemente profundos.

• • • Existe, por supuesto, el argumento de que las virtudes de un escritor son inseparables de su lenguaje, lo cual suele ser efectivamente cierto en la poesía. Sin embargo, no es cierto para la prosa, ni siquiera para el drama escrito en verso. Para empezar, la parte más emocionante y más esclarecedora de cualquier novela es la historia; el escritor no describe cómo encajan las cosas en el mundo a través de las palabras, sino a través de la estructura, y los personajes no revelan su identidad más íntima a través de sus discursos, sino a través de sus actos.

• • • En cuanto al lenguaje en sí, yo diría que la literatura no trata del lenguaje, sino de la vida; no trata de los sonidos de las palabras, sino de su significado, y los escritores más importantes para todas las naciones son aquellos que representan a la humanidad del modo más significativo…, y por esto el mayor dramaturgo francés es Shakespeare en francés.

• • • Todo esto es un modo de sugerir que los más grandes novelistas ingleses y americanos del siglo XIX son Pushkin, Gógol, Dostoyevski, Tolstoi, Stendhal y Balzac en inglés.

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ASÍ COMO llevamos siglos preguntando cómo Shakespeare sabía tanto sin haber disfrutado de una gran educación, Stefan Zweig también se asombra del conocimiento ignorante de Balzac:
Centrémonos en Balzac. ¿Cómo llega uno a acumular tanto conocimiento sobre los hombres y sobre la vida? La biografía del autor no ayuda a esclarecer este enigma, al contrario. Apenas tuvo trato con el mundo, su contacto con la sociedad se reduce a dos o tres años. Las obras maestras de su juventud las escribe en una modesta buhardilla. Apenas disfrutó de la vida. Incluso sus aventuras amorosas fueron más ficción que realidad. De hecho, son fundamentalmente relaciones epistolares. Balzac, el mago de la ilusión, podía fantasear con una mujer igual que se proyectaba en los héroes de sus libros, en lucha contra el destino, tratando de conquistar París una y otra vez.
¿Y si algunos escritores, como tantos sostienen, están ya construidos en la tripa de su madre? No quiero decir que todos los escritores nazcan, sino solo algunos de ellos. Los demás deben coger el pico y la pala y, si se esfuerzan el doble o el triple día tras día, a veces llegan a recuperar la ventaja que les sacan los innatos.

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EN Leyendo y escribiendo, Julien Gracq propone esto con lo que estoy tan de acuerdo: enseñar obras literarias, no autores:
El autor es valorado por el común denominador de todos sus libros, y a esta presión de una idea preconcebida cedemos sin siquiera darnos cuenta. Si se me pregunta, responderé sin siquiera reflexionar "me gusta Balzac". Si me pregunto más estrictamente acerca de mi verdadera inclinación, constato que vuelvo a coger y releo sin cansarme Béatrix y Los chuanes, a veces El lirio o Séraphita. Los otros libros de Balzac, en caso de volver a abrirlos, solo dan lugar muy a menudo a una ratificación en el afecto algo imprecisa: el placer, ampliamente ordenado por una exaltación universal, que ellos procuran, es el que podía procurarme en realidad otros quince o veinte novelistas. [...] En casi todos los escritores, ser "amados" significa en realidad que, de su sustancia, que desearon tan indivisible como incorruptible, el lector más fanático -traicionándolos profundamente- tira tanto, o más, de lo que conserva. ¿Y si los manuales de literatura que se enseñan en los liceos estuvieran basados en adelante en los libros y las obras y no en los autores? Una historia de la literatura, contrariamente a la historia a secas, no debería incluir más que nombres de victorias, puesto que las derrotas no son una victoria para nadie.


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DICE SABATO hablando de Sainte-Beuve que el crítico también necesita ser creador:
Feo, desafortunado con las mujeres, traidor a sus mejores amigos, desprovisto de talento creativo, Sainte-Beuve creyó que su destino estaba en la crítica. Pero también allí se necesita capacidad creadora, genial intuición. Resultado: desconoció a tres de los más grandes escritores de todos los tiempos: Balzac, Stendhal y Baudelaire.


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Dice Thoreau en sus diarios:
A fuerza de beber té y café me he convertido en una persona ordinaria y vulgar. Mis días se han convertido en mediodías, sin la bendita presencia de mañanas y noches.
Yo también creo que el café descuaderna los ritmos circadianos, pero trabajo de noche y necesito tomar un poco cada tres o cuatro horas, no para permanecer despierta, que me es bastante fácil, sino lo bastante despierta como para leer o escribir, que es arenal distinto.

Esta bebida tiene una gran historia de amor con los escritores: Voltaire, el récordman, lo tomaba entre 50 y 72 veces al día; Balzac murió a los 51 tacos a causa de las 50 tazas diarias que necesitaba para escribir La Comedia Humana; y Proust solo tomaba café con leche y croissants para escribir En busca del tiempo perdido. Otros cafeinómanos célebres: Swift, T.S. Eliot, Goethe, Capote, Cioran...



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SOBRE LOS escritores y la masturbación. Grandes masturbadores fueron Diógenes, Balzac (aunque este se paraba antes de correrse), Maupassant, Gide, Mishima, Sartre, Capote o... James Joyce, que, importunado en un café de Zurich por un desconocido que le preguntó: "¿Puedo besar la mano que escribió Ulises?", le respondió: "No, también ha hecho muchas otras cosas".


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FRANZ KAFKA: "En el bastón de Balzac se lee esta inscripción: Rompo todos los obstáculos. En el mío: Todos los obstáculos  me rompen".


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LO GASTADOR que soy. Como suelo llegar a fin de mes con muy pocos euros, me está dando por hacer lo mismo que cuenta Zweig que hacía Balzac, que le daba a cada franco siete veces la vuelta entre sus dedos antes de gastarlo.


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VICTOR HUGO nació para mí. No para la literatura, no para Francia, la historia está muy mal contada. Recuerdo que era el año 95 o 96 y estaba en la Plaza Nueva de Bilbao. Allí, casi haciendo esquina, vendía libros un tipo llamado Alberto, al que las semanas anteriores le había comprado títulos de Balzac y Stendhal. Aquel domingo tenía muchos libros, pero sobre todo tres. Ellos. Los tres volúmenes verdes en tapa dura de la Editorial Augusta, con un título en el lomo, Los miserables, en letras de oro sobre fondo rojo. Pagué 300 pesetas por ellos, cien por cada uno, y llegué a casa casi arrepentido de haberlos comprado, porque ¡a ver quién se leía ahora las 1300 páginas de este mamotreto!

Pero no. Nada más abrir las primeras páginas empecé a sentir los golpes: los golpes que me produce el lirismo, porque siento el lirismo de los grandes genios como una agresión física, hasta me muevo durante la lectura de las sacudidas que siento. Victor Hugo era un boxeador formidable, el que mayor paliza me ha dado, un tipo con toda la variedad de golpes, siempre in crescendo, que iba atizándome ahora un golpe y ahora otro. Hasta que de pronto escribe:
De un estornudo del sol nace el colibrí
Recuerdo esa frase como el cenit del libro. ¿De un estornudo del sol nace el colibrí? ¿De verdad, Victor Hugo, has escrito ESO? ¡No puede ser que hayas escrito ESO!

Ya estaba, en ese momento supe qué cosa era la literatura, ya no tenía que moverme de allí.


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Que Galdós fuera un garbancero, como dice Valle-Inclán, o Dostoyevski un chapuzas, como le acusa Nabokov, o que a Cervantes le fallara el estilo, como señala Lugones, o que Balzac no supiera escribir, como aseguró Flaubert, son el tipo de críticas que siempre lanzan los estilistas, que parecen olvidar que la novela tiene unas exigencias distintas a la poesía y que el empeño de fabricar un Garcilaso en prosa suele producir frankensteins. La poesía se escribe con palabras y la novela a través de ellas; en la poesía cada fonema o sílaba tienen importancia y en cambio la novela se construye con ladrillos más grandes: acusar a un novelista por los garbanzos de la prosodia o la sintaxis de sus oraciones es no entender en absoluto los retos del género. Cada frase, en la novela, es un mero átomo que está supeditado al párrafo, que a su vez está supeditado al capítulo, que a su vez está supeditado al libro: el ritmo novelístico es un ritmo del largo plazo. Es un ritmo también de la estructura: la eufonía de los grandes novelistas se basa en la peripecia narrativa, en la cadencia que marcan los actos de los personajes a lo largo de las páginas. No niego que se pueda ser un gran prosista siguiendo criterios cercanos a la poesía (pienso ahora en Gómez de la Serna, en Gabriel Miró, en Aldecoa o en Umbral), pero difícilmente se podrá ser un gran novelista, y en cambio todo gran novelista es a la vez un buen prosista en el sentido de que practica la prosa de la eficacia. Por eso los novelistas acusados arriba, todos extraordinarios, no lo fueron a pesar de sus garbanzos, sino gracias a ellos.


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TODO ESO de que García Márquez, cuando decidió matar al coronel Aureliano Buendía, sintió tanto su muerte que se acostó en la cama y estuvo llorando durante ocho horas, no hay quien se lo crea (aparte de que hay una anécdota similar de Balzac). Ocho horas yo no habré llorado ni en toda mi vida. Lo que ocurre es que GGM hacía realismo mágico también en las entrevistas.


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CADA VEZ siento más impaciencia con los autores que en sus obras admiten elementos asociados con el folclore o el etnocentrismo, sean Homero, Virgilio, Balzac, Whitman o Dostoyevski, y simpatía por autores que apenas los admiten, Catulo, Vilariño, Woolf, Kafka, Cernuda, Breton.

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HASTA QUE no leí a los moralistas franceses no me di cuenta de la influencia que causaron en algunos de mis narradores franceses favoritos, como Lamartine, Hugo, Balzac, Stendhal o Proust, que son escritores que, a medida que te cuentan algo, te hacen reflexiones generales mirando al horizonte, y de cuyas obras se puede extraer multitud de aforismos o fragmentos. Por otra parte, no sé dónde leí que en las escuelas francesas, a los párvulos, se les hace aprender de memoria muchos aforismos de La Rochefoucauld, La Bruyére, Pascal o Chamfort, con lo que la cantera aforística está asegurada desde el útero. El aforismo es una de las bases de la literatura francesa por el número y calidad de sus practicantes y porque también influye en los escritores que no lo practican,  ya que les hace pensar en unidades de gran condensación y lujosa carrocería, igual que los grandes moralistas.