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LO MÁS curioso de los dos robustos volúmenes de entrevistas de la revista The Paris Review, publicados por Acantilado, es que ninguno de los entrevistados, en su mayoría anglosajones, salen con la murga de la humildad. Es ponerte a leer entrevistas de escritores latinoamericanos, portugueses, españoles, italianos..., procedentes de lugares católicos donde los curas han causado estragos, y sale la habitual condena contra el narcisismo, la vanidad de los escritores, el ego.

Quede claro que aquí estoy a favor de los ombliguistas y que tengo predilección por el género confesional. A mí sí me interesa que los escritores me cuenten su "vidita". Siempre he amado a los escritores ególatras como Nietzsche, Plath, Capote, Pizarnik, Umbral, Garro, Sontag, Neruda, Aragon, Houellebecq o Tsvetáyeva y, si nunca he criticado los concursos de humildad en que suelen convertirse algunos debates literarios de mi zona cultural, es porque me conozco el percal y no quiero morir a manos de la marabunta :)

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DE LO complejos y susceptibles que son los escritores qué mejor anécdota que esta. Elena Garro y Bioy Casares mantuvieron una amistad/romance durante veinte años. Elena Garro relata así cómo terminó:  
Mantuvimos una amistad que se prolongó durante 20 años, pero de repente se acabó. Fue un gran amor y creo que fui el amor de su vida. Cuando me fui de México después de 1968 tenía cuatro gatos y no los quería dejar aquí. Me vino a la mente recurrir a Bioy y entonces le mandé mis bichitos en una caja por avión a Buenos Aires, porque sabía que era muy rico y tenía casas grandes donde acogerlos. Aceptó y dijo “los recojo a todos”. Los tuvo un tiempo en su casa. Sin embargo, Pepe Blanco me escribió luego que se los había llevado a una casa de campo, a una quinta, y los había dejado ahí. Me dio coraje. Él adujo que lo había hecho para darles más libertad. Yo, en cambio, me dije: “Pobrecitos de mis gatos”. El amor que sentía por él se secó.
Aquí no le puedo dar la razón a Garro. Yo misma tengo tres gatos y no se los daría a nadie: si me echaran de mi piso, me iría con ellos a otro piso más pequeño; si me echaran a la calle, me iría con ellos a la calle. Si Garro se desprendió de ellos y los mandó a Argentina por un período tan largo, señal era de que no le eran tan imprescindibles.


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TENGO PARA mí que Miguel Hernández debía ser un hombre muy rígido, un brígido como yo digo, propio quizá de su educación tradicionalista. Relata Elena Garro en sus memorias de la Guerra Civil española que, a la vuelta del viaje del oriolano a la URSS, cuando sus amigos le asediaron a preguntas sobre la nueva potencia comunista, el poeta esquivó a todos argumentando que no era un asunto que se pudiera comentar “a la ligera”.


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DELITO DE vida, la autobiografía sui géneris de Alda Merini (sui géneris porque es una mezcla de prosa, poesía y entrevistas), es tal barbaridad que entra directa a mi top de mejores memorias de siempre:  

1. Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas
2. Ecce homo, de Friedrich Nietzsche
3. Homenaje a Cataluña, de George Orwell
4. ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, de Jeanette Winterson
5. El mundo de ayer, de Stefan Zweig
6. El juego de ojos, de Elias Canetti
7. El hombre en busca de sentido, de Viktor E. Frankl
8. Delito de vida, de Alda Merini
9. Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes
10. Un hombre acabado, de Giovanni Papini
11. Memorias de España, 1937, de Elena Garro
12. Las palabras, de Jean-Paul Sartre
13. Las confesiones, de Jean-Jacques Rousseau
14. Los cuadernos de Luis Vives, de Francisco Umbral
15. El pez en el agua, de Mario Vargas Llosa
16. Confieso que he vivido, de Pablo Neruda
17. Garganta profunda, de Linda Lovelace
18. Historia personal del boom, de José Donoso
19. Vida, de Torres Villarroel
20. Autobiografía, de Isaac Asimov