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Jajaja, vaya ataque que lanza Jiménez Lozano a las pobres gallinas en Los cuadernos de letra pequeña:
Las gallinas odian a los pájaros, creo que fundamentalmente porque ellas no pueden volar, y quizás no tanto por la incapacidad física de sus alas como por su sobra de practicidad e inclinación a la comodidad y a la rutina. No sé si hay animal más lerdo que la gallina, pero, a la vez, con más sentido de la propaganda. Es suficiente comprobar el escándalo de autosatisfacción y de alabanza de su producto cuando pone un huevo, que es cosa que hacen todas las otras aves sin chistar, y con frecuencia productos más hermosos, los huevos azules sobre todo, que son mayor maravilla que una cúpula de una soberbia mezquita. Es como si las gallinas no tuvieran abuela o un medio de comunicación disponible, y se tienen que alabar ellas mismas; pero tampoco es caso de negarse a reconocer que los huevos de gallina son un excelentísimo producto.
Más pagados de sí mismos me parecen a mí los gatos, los leones, los toros y los caballos, señor Jiménez Lozano. Y el solo hecho de que nadie ponga gallinas en las banderas o en los escudos de armas habla muy bien de ellas, pues significa que nadie ha cometido una masacre llevando este animal en sus enseñas. ¿Que pone los huevos con vanidad? ¿Que es un animal cobarde? ¿Que su semivuelo es ridículo? Pues mire usted, vanidosos, cobardes, ridículos… ¡justo igual que los escritores, ya tengo una nueva patrona para nuestro gremio!

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CUENTA JIMÉNEZ Lozano que dio una charla sobre Cervantes en la universidad y una estudiante le preguntó que cómo podía ser que Cervantes hubiera sido esclavo en Argel "sin ser negro". Y que al responder que los esclavos blancos eran normales en aquella época o en otras épocas del pasado, los estudiantes le miraron "como si les hubiera descubierto un continente desconocido". Esto me ha hecho recordar una anécdota aún más grave que cuenta Neruda en Confieso que he vivido. Rodeado de escritores en una ciudad de Europa donde daba una charla, el poeta se atrevió a preguntar:

—¿Qué saben ustedes de mi país, Chile? ¿Saben en qué vehículo nos movemos, en elefante, en automóvil, en avión, en bicicleta, en camello, en trineo?

La respuesta que dio la mayoría dejó al poeta patidifuso: en elefante. Pensaban que los chilenos se desplazaban en elefante.

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DICE JIMÉNEZ Lozano en sus cuadernos que "poetas hubo que se suicidaron por lo carnívoro del mundo literario". No creo yo que sea para tanto. Que se hayan suicidado sí que me lo creo, pero la mayor parte llevarían el suicidio dentro de sí o lo cometerían por otras razones añadidas, estas sí que esenciales. El mundillo literario es un estanque de pirañas, qué duda cabe, pero la mayoría de las trifulcas literarias no llegan a graves, y no llegan hasta ahí precisamente porque a los poetas, que padecemos de complejo Brigitte Bardot (estoy pensando en mí), enseguida nos dan ataques de ego por las minucias más diminutas, lo que hace que abandonemos el barco con la mar en calma, ahí os quedáis, snif, snif, ya os enteraréis por la tele de quién soy yo, mucho antes de que sobrevenga ningún naufragio.