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YA EN su lecho de muerte, fueron a preguntarle a Thoreau si estaba en paz con Dios:

—No sabía que hubiéramos discutido —respondió.


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IDEA ASOMBROSA en Thoreau: “Desde que comenzó el mundo, solo han muerto media docena de personas o pocos más”. Los más de 90.000 millones, que según los cálculos, han fallecido desde que el primer homo sapiens pisó la tierra, no se pueden considerar muertes reales según el autor de Walden, porque “no había suficiente vida en ellos”.


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THOREAU VIVIÓ durante 732 días en Walden, en una minúscula cabaña donde solo tenía una cama, un escritorio y tres sillas. ¿Y para qué quería tres sillas, si vivía solo? Porque recibía visitas, naturalmente, ya que vivía cerca de Concord. Así explicó el misterio de las tres sillas:

—Una es para la soledad, otra para la amistad y otra para la sociedad.

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EL TRUCO que utilizo para sentirme joven es convencerme de que voy a ser un moralista francés. Con 50 años ya soy viejo para poeta, pero soy joven para moralista francés. Este tipo de escritor nace donde le da la gana: Canetti, Diógenes, Teofrasto, Plutarco, Ligne, Cioran, Nietzsche, Gracián, Drukpa Kunley, Feynman, Jesús, Emerson, Gibrán, Galeano, Pessoa, Papini, Machado, Confucio, Ortega, Unamuno, Lichtenberg, Buda, Gómez Dávila, Taleb, Einstein o Thoreau son moralistas franceses sin haber nacido en Francia. Para este tipo de lechuza hay que tener buena pluma y sentido del humor, ser más agudo que inteligente y más concreto que abstracto. El moralista francés hace poesía, pero en prosa; política, pero de autor; filosofía, pero de tierra; religión, pero herejía. Somos el escritor anfibio, fauna y flora en la misma pluma: somos el tigre libresco saliendo del interior de un tulipán.


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AHORA ENTIENDO la minuciosidad de naturalista que muestra Jünger en sus diarios de senectud, solo comparable a la de Thoreau. Resulta que este alemán estudió entomología y llegó a reunir una colección con más de 40.000 insectos. Así se pudo permitir esta declaración célebre: “Me merecen más amor los escarabajos que las personas”.

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Dice Thoreau en sus diarios:
A fuerza de beber té y café me he convertido en una persona ordinaria y vulgar. Mis días se han convertido en mediodías, sin la bendita presencia de mañanas y noches.
Yo también creo que el café descuaderna los ritmos circadianos, pero trabajo de noche y necesito tomar un poco cada tres o cuatro horas, no para permanecer despierta, que me es bastante fácil, sino lo bastante despierta como para leer o escribir, que es arenal distinto.

Esta bebida tiene una gran historia de amor con los escritores: Voltaire, el récordman, lo tomaba entre 50 y 72 veces al día; Balzac murió a los 51 tacos a causa de las 50 tazas diarias que necesitaba para escribir La Comedia Humana; y Proust solo tomaba café con leche y croissants para escribir En busca del tiempo perdido. Otros cafeinómanos célebres: Swift, T.S. Eliot, Goethe, Capote, Cioran...



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Escribe Thoreau en La esclavitud en Massachusetts:
Cada vez estoy más convencido de que, en lo que respecta a cualquier asunto público, es más importante saber lo que piensa el campo que lo que piensa la ciudad. La ciudad no piensa mucho. Preferiría saber la opinión de Boxboro sobre cualquier asunto moral que la de Boston y Nueva York juntas.
Cómo patina Thoreau, esto es romanticismo de primero de preescolar, aunque creo que adivino su idea y existe algo de verdad en ella. Es cierto que la gente de ciudad lee más prensa y parece que está más informada, pero en realidad no es así, porque la prensa/propaganda es lo contrario de la literatura: no abre la mente sino que la cierra. En el campo, en cambio, se consume menos prensa y los campesinos siguen pensando por su propia cuenta, lejos de lo que les piense The New York Times o la BBC.

Hasta aquí parecería que Thoreau llevara la razón, pero solo una razón aparente, porque los campesinos, ¿acaso no son influidos por nada? Claro que lo son: son influidos por lo que les dijeron sus padres, sus abuelos y sus sacerdotes, por lo que en todo asunto público se ponen de parte de la costumbre y la tradición, esto es, de la derecha. Si fuera por la opinión del campo, muy pero que muy crudo lo iban a tener siempre el laicismo, el universalismo, el feminismo o el LGTBI.

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LO MENTIROSOS que son los poetas. No te puedes fiar ni de aquellos por los que a priori pondrías la mano en el fuego: ¡Whitman escribía reseñas positivas de su propio libro Hojas de Hierba y las publicaba de forma anónima en los diarios! Escribe Eduardo Moga sobre el bardo estadounidense:
Vale la pena subrayar también que Whitman, acaso para contrarrestar las críticas desfavorables, que él ya preveía furibundas, y, en cualquier caso, como muestra de su permanente convicción —en la que fue pionero— de que había que trabajar sin pausa por elaborar una imagen que contribuyera a su popularidad y su fama, como ha subrayado David Haven Blake en Walt Whitman and the Culture of American Celebrity («Walt Whitman y la cultura de la celebridad americana»), escribió tres críticas de la primera edición de su propio libro, que se publicaron anónimamente en sendos medios literarios: la primera, muy extensa, titulada «Walt Whitman y sus poemas», apareció en el número 5 de United States Review, en septiembre de 1855; la segunda, mucho más breve, «Un chico de Brooklyn», vio la luz en el Brooklyn Daily Times el 29 de septiembre de 1855; y la tercera, «Un poeta inglés y uno americano», en la que comparaba su poemario con Maud y otros poemas, de Alfred Tennyson, se publicó en el número 22.4 del American Phrenological Journal, correspondiente a octubre de 1855. Es innecesario decir que todas las referencias a Hojas de hierba en estas críticas son muy elogiosas. Quizá por eso sus contemporáneos sospecharon desde el principio, y confirmaron muy pronto con regocijo, que su autor era el mismo que el de los poemas.
Se entiende un poco mejor, después de conocer esto, la opinión que nos trasladó Thoreau sobre su compañero de letras: «Whitman no solo estaba ansioso por hablar sobre sí mismo, sino que también era reacio a que la conversación se apartase de ese tema durante demasiado rato».

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DICE THOREAU en El paraíso (que merece ser) recobrado que las hienas han sido calumniadas por el hombre, que es un animal más feroz y cruel que ellas. Al punto me he acordado de Schopenhauer, ese amante infinito de los perros (“Si no hubiera perros, no me gustaría vivir”, llegó a decir) que, sin embargo, cuando alguno de ellos le hacía alguna trastada, le insultaba así: “¡Humano!”.