SIEMPRE ME ha parecido un misterio que algunos autores solo necesiten el apellido para ser nombrados (Dostoyevski, Kavafis, Chesterton) y otros en cambio se deban decir junto al nombre. Sé que con las escritoras, por motivos supongo que patriarcales, es casi imposible leer a Woolf sin Virginia, a Plath sin Sylvia o a Agustini sin Delmira; también entiendo que, si llevas un apellido muy común, se diga también tu nombre (Juan Ramón Jiménez, Blasco Ibáñez, Jorge Guillén, Tom Wolfe, Stephen King, Julien Green); o que se recurra al nombre para distinguir a escritores que son familia (los hermanos Grimm, Machado, Schlegel, Goncourt...), pero no le encuentro ninguna explicación lógica a que por ejemplo sea rarísimo leer Darío sin Rubén, Capote sin Truman o Hugo sin Victor. Albergo la sospecha, sin embargo, de que esos combos se impusieron por la continua repetición o porque encajaban muy bien desde el lado del sonido, de modo que se han vuelto costumbre de acero y ahora nadie se atreve a separarlos.
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CUENTA SALVADOR Pániker en su Diario de Otoño:
Cuixart tiene setenta y dos años y es primo hermano de Antoni Tàpies. Cuenta que el padre de Paco Umbral era un militar de alta graduación de Valladolid, que tuvo una aventura con una señora, y que como fruto nació un niño, que a ese niño lo dejaron en el umbral de la casa (o algo así), y que de ahí el seudónimo de Paco «Umbral».
Hombre, la razón de que Francisco Pérez Martínez acabara llamándose Francisco Umbral es fonética al 100%, historia del nacimiento al margen, y así tenía que ser en un autor que hizo del sonido el centro de su prosa. Este autor concedía tanta importancia al oído que, por ejemplo, para referirse a los campos de concentración nunca utilizaba Auschwitz, sino Dachau; para referirse a los primeros homínidos nunca citaba al Australopithecus, Neandertal o Cro-Magnon, sino al Hombre de Orce; para Umbral el rey de España nunca cazaba osos o ciervos, sino rebecos, y nunca navegaba en barco o en yate, sino en balandro. Solía contar que estaba leyendo "Tristana", de Galdós, y arrojó el libro al suelo cuando leyó que Tristana tenía una "boquirrita": para Umbral el mero empleo de una palabra tan fea te condenaba para siempre como escritor.
La palabra umbral, precisamente, aparte de la cantidad de sugerencias que congrega su significado, es espectacular desde el lado del sonido, porque la primera sílaba se pronuncia desde dentro y la segunda hacia fuera, haciendo un efecto de expansión muy bonito, que se escucha como umbrrralllll, casi con eco, palabra que sigue sonando poderosa después de pronunciada. Es una palabra deslUMBRALte. En lo suyo fue sin duda un superdotado y la elección del apellido es otro ejemplo de su genialidad para el lenguaje.
Yo sigo colocando a Quevedo como el principal artífice del idioma, pero el 50% del vocabulario del gran cojo no hubiera superado el muy estricto arel de sonido umbraliano, que desde ese punto de vista opera como un poeta gongorino o modernista. De hecho, aunque a Umbral se le compara continuamente con Quevedo, a quien se asemeja en ingenio, eclecticismo y hasta en el físico, opino que su léxico se asemeja más a Herrera, Góngora, Valle o Rubén Darío.
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EN LAS obras completas de Lorca se suele olvidar un texto maravilloso, el que pronunció "al alimón" con Neruda en Buenos Aires, en 1933, en homenaje a Rubén Darío. El texto apareció publicado en las memorias de Neruda y me suelo dar el placer de leerlo al menos una vez al año, preguntándome quién influyó a quién a la hora de escribirlo, pues siento que es demasiado redondo y doy por descontado que no lo improvisaron:
NERUDA: Señoras...
LORCA: ...y señores: Existe en la fiesta de los toros una suerte llamada "toreo del alimón", en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.
NERUDA: Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico, vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.
LORCA: Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.
NERUDA: Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante, nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.
LORCA: Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un gran nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían, y un golpe de mar ha de manchar los manteles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén...
NERUDA: Darío. Porque, señoras...
LORCA: y señores...
NERUDA: ¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?
LORCA: ¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?
NERUDA: Él amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?
LORCA: ¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
NERUDA: ¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío? LORCA: ¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
NERUDA: ¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén Darío?
LORCA: Rubén Darío duerme en su "Nicaragua natal" bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.
NERUDA: Un león de botica al fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.
LORCA: Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idiomas, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste de todas las épocas.
NERUDA: Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los espirales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre e imprescindible.
LORCA: Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle-Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velázquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.
NERUDA: Lo trajo a Chile, una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.
LORCA: Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de Minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibríes, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramagos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y espuelas queda en pie la fecunda sustancia de su gran poesía.
NERUDA: Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas, hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que posamos.
LORCA: Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.
NERUDA y LORCA: Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.
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HAMLET fue la única obra literaria de un autor no hispánico que me hicieron leer desde EGB a COU. Y Rubén Darío y Pablo Neruda fueron mis dos únicas lecturas en español de autores no nacidos en España: ahí se acabó en mis planes de estudio toda la representación de la literatura extranjera (total, qué importa, si los extranjeros solo suponen el 99'4% del mundo). Y conste que estudié en un tiempo donde las competencias de educación aún estaban en manos del estado central y no de las autonomías, como están ahora, lo que hace temerme lo peor. Si a mí me obligaron a leer un saco de escritores de segunda por culpa de la superstición España, ¡cuántos de tercera y hasta de cuarta no te harán leer por culpa de la superstición Euskadi o la superstición Catalunya!
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ME EMPIEZO a dar cuenta de que mi principal problema para componer canciones es que compongo en inglés, que mis tarareos por la calle tienen la sintaxis anglosajona procedente de la música que escucho, que es el 95% en inglés, por lo que luego, cuando trato de rellenar la música con letras en castellano, no-me-en-tran. Pero no me rindo: me he acordado volviendo a casa de las broncas que le echaba Unamuno a Rubén Darío por galicismo mental: "¡Usted piensa en francés! ¡Lo que usted quiere decir en su poesía no se puede decir en español!".
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DESPUÉS DE leer la Autobiografía de Rubén Darío, vuelvo a darme cuenta del absurdo completo que es el modernismo en español. Ni a la hora de contar su vida se quitó este hombre las gafas. ¿Sintió algo de verdad este poeta, le llegó siquiera el aleteo de una mariposa de forma directa?
En Rubén Darío no hay rebeldía ni conflicto. Es un escritor decorativo hasta en los poemas metafísicos del final, escritos como por un monje benedictino. La mejor orquesta y el mejor oído del idioma, sin duda, pero en manos de un poeta inocuo. Trato de no recordar que la lírica contemporánea francesa empieza con Baudelaire, Rimbaud o Lautréamont, tres poetas que escriben tremendo, mientras que la línea en español se inaugura con Darío, que solo escribe bonito.
Yo no quiero escribir bonito: quiero escribir tremendo. Que nada salga de las teclas de mi portátil que no proceda del dolor o la rabia o el afán de venganza.
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