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EL ENEMIGO primordial de un sectario no es el sectario del otro bando, sino el no-alineado. Sartre a Camus, después de que este dejara claro que también condenaba el régimen soviético: «Solo encuentro una solución para usted: las Islas Galápagos». Benedetti sobre Borges, en los tiempos pre-Videla y pre-Pinochet en que a Borges todavía se le consideraba un "escapista": «Mientras América Latina busca una voz propia y se desangra en luchas, nuestro escritor más internacional decide consagrar el resto de sus días a aprender el noruego antiguo».

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LA VEJEZ mala es la que te empuja a ver de forma trágica todos los acontecimientos sociales, que se te presentan ahora como una rueda inevitable de ricos y opresores machacando a pobres y oprimidos. No luches ni te rebeles, te dice esta voz cansada, porque de cualquier forma todo va a seguir más o menos igual. Llegados a este punto son de mucha ayuda los testimonios literario/filosóficos que dejaron Albert Camus y Emil Cioran, que coinciden en muchos aspectos.

Tanto Camus como Cioran consideran que la existencia es absurda y que el ser humano vive en la esquizofrenia de tratar de encontrarle un sentido a una vida que carece de él. Para los dos el suicidio es el principal problema filosófico. La diferencia entre Camus y Cioran viene en la respuesta: mientras Cioran se abandona al nihilismo, el cinismo y la contemplación artística, sobre todo la música, Camus nos ofrece una salida en las rebeliones pequeñas (Camus no creía en las grandes revoluciones porque consideraba con razón que acababan siempre con un fortalecimiento del poder del estado) y en la consideración sagrada de la dignidad de cada persona (humanismo). El mundo tiene mucho de trágico y siempre habrá poderosos y débiles, pero Camus nos invita a trabajar los márgenes para que los poderosos sean cada vez menos poderosos y menos débiles los débiles.

La postura de Cioran es de soltarse de la vida y la de Camus de abrazarse a ella y participar en sus debates y conflictos. Yo cada vez tengo más momentos Cioran y menos momentos Camus, porque me cuesta creerme cualquier grupo que no tienda a rebaño y cada vez valoro más las bondades de la pasividad, pero sigo pensando que la única manera limpia de participar es la que proponía este escritor franco-argelino.

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SOBREPASMADA ESTOY desde que me he enterado de que Albert Camus mantuvo un romance con Simone de Beauvoir, del que existe una correspondencia breve pero arrebatada que no deja lugar a la duda. La hija de Camus, Catherine, sostiene que ese fue el telón de fondo de la ruptura aparentemente intelectual de Sartre y Camus en las páginas de Les Temps Modernes. Una vez más, el sexo es la piedra en la que siempre tropieza la izquierda (una misma). La izquierda que es capaz de muchos grados de desanimalización, pero que fracasa una y otra vez ante la animalización máxima del sexo.

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COMO HE leído mucho a favor y en contra de las posturas ideológicas de Vargas Llosa, como si las hubiera mantenido constantes durante 67 años, voy a dividir su carrera en cuatro partes y voy a dar mi opinión sobre cada una de ellas. Las fechas de cada etapa las he puesto un poco a bulto: 

PRIMERA (1959-1969): Etapa olvidable porque en ella hace seguidismo de la izquierda autoritaria. Se ha destacado poco que no rompió con la Cuba castrista por los fusilamientos en serie de opositores ni por los campos de concentración para homosexuales (UMAP), sino por un asunto corporativo menor, como la purga al poeta Heberto Padilla, al que el castrismo obliga a rectificar. La figura reverenciada por Vargas Llosa en esta época es Jean-Paul Sartre.

SEGUNDA (1970-1990): Esta es su mejor etapa como intelectual y una de las mejores de cualquier intelectual, por lo emocionante que fue que defendiera sus postulados “contra todo el mundo”. Denuncia a la iglesia, a la izquierda sartriana, al nacionalismo y al patriotismo con un aplomo asombroso: son años en que aparece en los medios como “el malo de la película”, pero él nunca abandona el humanismo y la racionalidad. Enemigo número uno de los grandes relatos como el marxista, que engendran violencia e intolerancia, en esta época todavía no se entrega al capitalismo salvaje y en muchas de sus prédicas reconocemos a un socialdemócrata. La figura reverenciada en esta época es Albert Camus.

TERCERA (1991-2011): Esta es la etapa de la primera decadencia. Caído el muro de Berlín y el bloque soviético, la intelectualidad mundial gira la cabeza sobre Vargas Llosa y empieza a reconocer que el peruano estaba en lo cierto. Pero ese cambio le sienta mal: desde que se cree ganador, comienza a radicalizar su capitalismo, abraza a Margaret Thatcher, adopta un lenguaje cada vez más intolerante y se presenta a las elecciones de Perú con un programa neoliberal. La figura tutelar de este período es Friedrich Hayek.

CUARTA (2012-2025): Decadencia horrorosa. Comienza a volverse autoritario: el día anterior al 1 de octubre de 2017, día en que Cataluña votaba un referendo no legal por la independencia, pide a las autoridades españolas que “actúen con dureza”: él es uno de los autores intelectuales de los más de mil heridos de aquel día. Se vuelve de pronto patriota, arrecia en su neoliberalismo, se obsesiona contra el feminismo, pide al indigenismo que se entregue a la cultura occidental y se vuelve hasta cómico en su conservadurismo: en “La civilización del espéctaculo” sostiene que uno de los problemas del mundo son los jóvenes que practican sexo sin amor. Al final le pudo su rechazo visceral a la izquierda: entre sus últimos actos como intelectual figuró llamar "tontos" a los colombianos por votar a Gustavo Petro en 2022 o pedir el voto para Javier Milei en 2023. La figura tutelar de este período también es Hayek pero me refiero al último Hayek, el que ya no veía tan mal a Pinochet o a las dictaduras “si aseguraban la libertad económica”.

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QUE SEA tan anti de Nietzsche y que a la vez no pueda dejar de hablar de él... Creo que con este autor me sucede lo mismo que le sucedía a él con Sócrates y Platón, con los que mantenía una repulsión admirativa (ver su correspondencia), por decirlo en oxímoron. Nietzsche es tan seminal en mi experiencia como lectora que creo que le debo una de mis tres inteligencias:

La primera inteligencia es la que vino conmigo de fábrica, en el hospital de Cruces en Baracaldo.

La segunda es la que me nació de escuchar a los nacionalistas vascos decir su verdad sobre España y a los nacionalistas españoles decir su verdad sobre Euskadi.

La tercera es la que me ha nacido contra Nietzsche, pues no me he encontrado otro que sea capaz de tanta variedad de temas, tantos esguinces en las ideas, tanta expresividad en el lenguaje, tanta intensidad... puestas al servicio de lo contrario de lo que yo pienso y defiendo y amo.

La mayor parte de la inteligencia nace en-contra-de. A Montaigne o Bertrand Russell o Albert Camus los adoro, pero no hacen crecer mi inteligencia porque les doy la razón en casi todo. En cambio con Nietzsche...


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ALBERT CAMUS había nacido en Argelia y simpatizaba con la causa anticolonial, pero empezó a guardar silencio cuando el FLN decidió poner bombas indiscriminadas en lugares públicos de Argel. Fueron a preguntarle por qué había dejado de tomar partido: 

—Cualquiera de esas bombas podría matar a mi madre.


NOTA A POSTERIORI: En realidad Camus nunca estuvo a favor de una independencia total de Argelia con respecto a Francia, sino que abogaba por mantener algún tipo de lazo.

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EN EL género en disputa, Judith Butler lleva la crítica de la crítica de la crítica hasta el fondo: según esta filósofa, no es que no exista el género, sino que tampoco existe el sexo, y hasta las propias categorías de hombre y mujer están basadas en convenciones. Lo que llamamos sexo o género es una actuación o performance, caracterizada por la estrechez y la dominación, que ha llegado a parecer natural tras siglos de repeticiones. Butler propone nuevas performaciones que amplíen sexo/género; curiosamente, reivindica a travestis mamarrachas como yo, que, al hacer actuaciones donde se nos nota que no somos mujeres ni hombres ni trans, denunciamos sin querer las actuaciones de los demás: nuestros disfraces señalan los del resto. Butler alerta además contra la lucha colectiva de cierto feminismo que, al dar por sentado que el hombre y lo masculino y lo heterosexual son categorías preexistentes, lo cual es falso (también son actuaciones), se enfrenta a ellas con sus convenciones contrarias y solo consigue reforzarlas. Llega a decir que no hay que crear nuevas categorías en el sexo o género, porque la estructura de la gramática es tóxica y con cada nuevo término establece enseguida unas relaciones de exclusión. Propone actuaciones individuales o grupales pequeñas, no masivas, y experimentar en todas las direcciones, saltándose etiquetas o categorías. Es un libro profundo y utópico que hubiera desesperado a Sartre y encantado a Camus.

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¿Y POR qué nunca coloqué a Hermann Hesse en mi santoral de escritores cívicos al lado de Camus y Orwell, al menos hasta hace poco tiempo? Por motivos biográficos, supongo: cuando empecé a estudiar en la Universidad de Leioa, allá por el año 1992, triunfaba la moda Hermann Hesse mientras yo vivía en la pasión Bertolt Brecht. Con todo, accedí a leerme Demian, Siddhartha y El lobo estepario, pero los encontré demasiado individualistas e irracionales para mi gusto: entonces yo era más comunitario y racional de lo que soy ahora.

Sin embargo, con el paso de los años me he ido haciendo ultraindividualista y he conectado con Hesse, que además en la lucha contra el patriotismo va mucho más lejos que Camus y Orwell, que eran antinacionalistas pero patriotas éticos (pensaban que ese combo era posible, los pobres). Por otra parte, en Hesse existe otro elemento que me entusiasma, y es que no es monista, no ve el universo como una mera agrupación de átomos, sino que siente que en la existencia hay algo más, pero eso no le hace despeñarse en el irracionalismo a todo trance sino que también es un ilustrado.

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ESTA ANÉCDOTA literaria es de las mejores que he leído nunca. La cuenta Emmanuel Roblès en Camus, hermano de sol. Para mí ilustra la diferencia entre una rebeldía alegre y creativa, pero a veces pura fachada, la representada por André Breton, y una rebeldía honda, ilustrada, humanista, con hueso, la representada por Albert Camus, que a mi parecer es una de las personas más completas que ha pisado este planeta:

Una mañana Camus me llama por teléfono

 —Te vas a reír. Ven antes de las doce, si estás libre en mi despacho. Después iremos a comer juntos.

Acudo a la cita. Y poco después de reunirme con Camus, la encargada de recepción anuncia al abogado Fulano de Tal. Yo asisto por tanto a la entrevista. Se trata del abogado defensor de André Breton.

Camus, con ironía, pregunta:

—¿Es él quien le envía?
—Él mismo.
—¿Y qué quiere de mí?

El abogado replica sin apuro:

—El señor André Breton, en el transcurso de una visita a una gruta en algún lugar de Auvergne, protestó ante el vigilante afirmando que todas las pinturas prehistóricas que se ofrecían a los curiosos no eran más que reproducciones fraudulentas, y para demostrarlo, con un gesto rápido, borró con los dedos la cola de un mamut. Furioso, el vigilante le dio una palmada en el brazo y lo denunció. ¡Los expertos han confirmado la autenticidad de esta figura! Así que, señor Camus, el señor Breton puede ser condenado por un tribunal correccional. Y vengo por tanto a solicitar su firma para una petición de clemencia al tribunal, petición que ya ha sido firmada por otros escritores.

Esta vez, Camus se muestra francamente divertido:

—¿Clemencia, señor abogado?
—¡Para el señor André Breton la condena supondría la pérdida de sus derechos civiles!
—¿Qué significa eso?
—Por ejemplo: perder el derecho al voto y también a la concesión de un pasaporte.
—¡Ah, señor abogado, efectivamente es muy grave! Firmaré con mucho gusto.

El abogado se retira, satisfecho.

—Ves cómo son —me dice Camus—. Quieren pasar por contestatarios y se comportan como cualquier pequeño burgués.

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DICE HENRY Miller en Hablan los escritores:
A pesar de que era un tipo estupendo a su manera, creo que en el fondo, Orwell era estúpido. Como tantos otros ingleses, era idealista y, en mi opinión, un idealista imbécil. Un hombre de principios, como se dice. La gente de principios me aburre.
Cosas parecidas he leído de Genet refiriéndose a Camus o de Bukowski refiriéndose a Ginsberg. Desde el otro lado, también se pueden encontrar muchas declaraciones de escritores engagés acusando a los demás de escapistas. Esta división se suele disolver cuando la situación social llega al límite: en caso de guerra o catástrofe hasta los artistas más puros se ponen a escribir en político, salvo excepciones. A veces esta guerrilla literaria (Neruda) es cruenta: cuando a Harry Martinson le dieron el Nobel de literatura en 1974, fueron tales las críticas que recibió por ser un poeta no comprometido, que el pobre Martinson, hipersensible, tomó unas tijeras y se hizo un harakiri a la europea, infligiéndose heridas tan graves que falleció en un hospital meses más tarde.


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EL AUTOR con tendencias moralizantes (una misma) está condenado a escribir poemas, aforismos, ensayos o diarios si no quiere malograr su obra, pues toda ficción que emprenda va a quedar arruinada por su necesidad de dirigir, su inevitable tendencia a obligar a los personajes a que hagan o digan eso. Algún moralista que otro consiguió escribir buenas obras de ficción, pero los que no eran moralistas las escribieron mucho mejores. Si examinas obras con mensaje como Cándido, de Voltaire, Tarás Bulba, de Gogol, Rebelión en la granja, de Orwell, y las comparas con Bartleby, el escribiente, de Melville, El extranjero, de Camus, o El proceso, de Kafka, te das cuenta de que en las primeras se nota demasiado el andamio, sus personajes corresponden a unos arquetipos dispuestos para que encajen en el mensaje final; en las segundas, en cambio, los personajes disfrutan de libertad y el único mensaje final que nos dejan es el de la complejidad e incertidumbre de esta existencia. Mientras las primeras son alegorías de la vida, las segundas son la vida misma, refractaria a meterse en cajas.


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DE ZWEIG me enamora su europeísmo (si bien se pasa y llega al eurocentrismo), pero me disgusta su clasismo y su talante conservador. Veamos cómo narra en El mundo de ayer el período de inflación por el que pasó Alemania después de la primera guerra mundial:
Se habían alterado todos los valores, y no solo los materiales; la gente se mofaba de los decretos del Estado, no respetaba la ética ni la moral, Berlín se convirtió en la Babel del mundo. Bares, locales de diversión y tabernas crecían como setas. Lo que habíamos visto en Austria resultó un tímido y suave preludio de aquel aquelarre, ya que los alemanes emplearon toda su vehemencia y capacidad de sistematización en la perversión. A lo largo de la Kurfürstendamm se paseaban jóvenes maquillados y con cinturas artificiales, y no todos eran profesionales; todos los bachilleres querían ganar algo, y en bares penumbrosos se veían secretarios de Estado e importantes financieros cortejando cariñosamente, sin ningún recato, a marineros borrachos. Ni la Roma de Suetonio había conocido unas orgías tales como lo fueron los bailes de travestís de Berlín, donde centenares de hombres vestidos de mujeres y de mujeres vestidas de hombres bailaban ante la mirada benévola de la policía. Con la decadencia de todos los valores, una especie de locura se apoderó precisamente de los círculos burgueses, hasta entonces firmes conservadores de su orden. Las muchachas se jactaban con orgullo de ser perversas; en cualquier escuela de Berlín se habría considerado un oprobio la sospecha de conservar la virginidad a los dieciséis años; todas querían poder explicar sus aventuras, y cuanto más exóticas mejor. Pero lo más importante de aquel patético erotismo era su tremenda falsedad. En el fondo, el culto orgiástico alemán que sobrevino con la inflación no era sino una febril imitación simiesca; se veía en aquellas muchachas de buenas familias burguesas que habrían preferido peinarse con una simple raya en medio antes que llevar el pelo alisado al estilo de los hombres y comer tarta de manzana con nata antes que beber aguardiente; por doquier se hacía evidente que a todo el mundo le resultaba insoportable aquella sobreexcitación, aquel enervante tormento diario en el potro de la inflación, como también era evidente que toda la nación, cansada de la guerra, en realidad anhelaba orden y sosiego, un poco de seguridad y de vida burguesa, y que en secreto odiaba a la República, no porque reprimiera esta libertad desordenada, sino, al contrario, porque le aflojaba demasiado las riendas. Quien vivió aquellos meses y años apocalípticos, hastiado y enfurecido, notaba que a la fuerza tenía que producirse una reacción, una reacción terrible. Y los que habían empujado al pueblo alemán a aquel caos ahora esperaban sonrientes en segundo término, reloj en mano: «Cuanto peor le vaya al país, tanto mejor para nosotros». Sabían que llegaría su hora. La contrarrevolución empezaba ya a cristalizarse alrededor de Ludendorff, más que de Hitler, entonces todavía sin poder; los oficiales degradados se organizaban en sociedades secretas; los pequeños burgueses que se sentían estafados en sus ahorros se asociaron en silencio y se pusieron a la disposición de cualquier consigna que prometiera orden. Nada fue tan funesto para la República Alemana como su tentativa idealista de conceder libertad al pueblo e incluso a sus propios enemigos. Y es que el pueblo alemán, un pueblo de orden, no sabía qué hacer con la libertad y ya buscaba impaciente a aquellos que habrían de quitársela.
A Zweig le parece mal la llegada de la alegría y el desorden. Habla de "orgías que ni en la Roma de Suetonio", pero luego no es capaz de decir nada que sea escandaloso, porque el escándalo solo está en su mente. Obsérvese los puntos de encuentro entre la situación que narra Zweig y la situación que vivimos ahora, en la que las minorías empoderadas han suscitado la reacción ultraderechista.

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VAYA ENMIENDA a la totalidad que le hacen a Onfray estos dos historiadores franceses, Elisabeth Roudinesco y Guillaume Mazeau, en una larga entrevista publicada en Le Grand Continent. Que Onfray no es un gran filósofo es obvio, y la prueba máxima es que ya tuviera publicados más de cien libros antes de cumplir los cincuenta años. Por otra parte, pertenece a ese género de filósofos que busca los argumentos con las conclusiones ya tomadas de antemano, como hacen tantos, y no tiene empacho en dar crédito a fuentes poco fiables (por ejemplo a Diógenes Laercio, que es la Radio Bemba de la antigüedad). Otro defecto que se ve a primera vista es que sus odios son más apasionados que sus amores: odia a Platón por encima de lo que ama a Epicuro; odia a Voltaire por encima de lo que ama a Meslier; odia a Kant por encima de lo que ama a Nietzsche (sí, por desgracia ama a Nietzsche); odia a Marx por encima de lo que ama a Bakunin o Stirner; odia a Sartre/Beauvoir por encima de lo que ama a Camus, etc. Sin embargo, Onfray es un profesor y divulgador excelente, un todólogo o superperiodista de la filosofía, ideal para personas como yo, que no queremos especializarnos en ese campo, además de un resentido social de primera magnitud, elemento este último que reconozco al segundo y me hace sentir simpatía por él. Por otra parte, su contrahistoria de la filosofía, donde privilegia las corrientes materialistas, hedonistas y utópicas frente a las trascendentales, rigoristas y autoritarias, me parece puro oro, un trabajo mayúsculo y a la contra que le garantiza desde ya un lugar en el futuro.

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SI CAMUS o Montaigne hubieran fundado religiones en vez de Abraham o Mahoma, ¡de cuántos síes y puertas abiertas podríamos congratularnos!

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ENTRE LAS egolatrías de los escritores hay muchas de cinco estrellas, por ejemplo esa de Nietzsche proponiendo publicar un millón de ejemplares de “El Anticristo” en cada idioma para desatar de inmediato una guerra mundial; o esa de Huidobro prometiendo matar a Dios con su pistola “en el caso de que exista”; o esa de Juan Ramón Jiménez cortando su amistad con Jorge Guillén porque este, en la revista Los cuatro vientos que dirigía, publicó los poemas de Unamuno por delante de los suyos; o esa de Victor Hugo preguntando a Jesucristo en una reunión espiritista si era lector de sus poemas; o esa de Truman Capote presumiendo falsamente de que Albert Camus “estaba loco por acostarse con él”, pero si me tuviera que quedar con UNA sola, me quedaría con esta protagonizada por Ernesto Sabato, otro ególatra de Champions League (él mismo hacía bromas sobre ello). La anécdota la cuenta Juan Cruz en Egos revueltos. Estaban Carlos Fuentes, Sabato y otros escritores latinoamericanos en La Coupole, París. Fuentes tomó la palabra y se puso a disertar sobre los escritores argentinos. Al final remató:

—Para mí, los mejores escritores argentinos son Borges, Cortázar y Sabato. 
Nada más escuchar la frase, Ernesto Sabato abandonó la mesa indignado y, mientras enfilaba la puerta de salida del café, le gritó a Fuentes:

—¡Gracias por ponerme en último lugar!

Mientras Fuentes, que iba tras él con la intención de congraciarse, le decía:

—¡Es que era por orden alfabético!




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LA MIRADA Orwell/Camus encuentra siempre a la persona. Detrás de un adversario, hay una persona; detrás de un policía, hay una persona; detrás de un capitalista, hay una persona. A la vez que el enemigo se humaniza, en Camus/Orwell se rechaza el dogma y el camarada se pone en duda: son dos escritores esenciales para no entregarse a la barbarie estalinista, castrista o etarra, que es barbarie porque el otro ha sido deshumanizado y, por tanto, puedo matarlo, encarcelarlo o silenciarlo. Cuando nos rendimos a esa tendencia tan humana a crear bandos y antagonismos, cuando estamos al borde de la guerra civil o planetaria, llega Orwell y dice: "Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano". O llega Camus y dice: "Cuando la derecha tiene razón, soy de derechas". Camus/Orwell: dos maestros incomparables y míos.


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SE ME ocurre que existen escritores búho y escritores tigre: los escritores búho, a la manera de Montaigne o Camus, no hacen frases de máximos ni quieren obligar al lector, sino que le sugieren o invitan a la calma de una sobremesa; los escritores tigre, en cambio, al modo de Unamuno o Nietzsche, tratan de imponerse al lector, le presionan y le gritan hasta cogerle por el cuello, son unos energúmenos de las letras que están locos o fingen estarlo. Lo mejor del escritor tigre es que es más intenso, más iconoclasta y llega más fácil al lector, pero este tipo de escritor también tiene sus peligros: sucede que a veces, en vez de llegar, solo consiguen epatar, y pobres de ellos si el lector empieza a sospechar que, detrás de su garra de tigre, no hay ningún tigre.


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ESCRIBE EL Príncipe de Ligne:
Cicerón no desdeñaba los lugares comunes; los griegos, sus maestros, no menos. Leed los manuales de Epicteto y los demás, tan bien impresos por Didot, y decidme si un hombre de letras de ahora se atrevería a publicar cosas tan manidas y con tan poca chispa.
Lo que subyace bajo estas líneas es que Ligne conoció los salones literarios franceses del siglo XVIII y principios del XIX, una de las épocas de la historia donde más se ha admirado el ingenio, donde una persona de ingenio podía hacer carrera (a causa de su agudeza, el rey le concedió a Talleyrand la abadía de Saint-Denis). Epicteto, en cambio, escribió un manual en el que abogaba por la resignación, el camino recto, el punto medio y el no apartarse de las acciones ordinarias para tener una vida sin sobresaltos: es normal que escribiera sin buscar el esguince ni la sorpresa. Si Epicteto hubiera leído a Ligne, quizá le habría parecido un frívolo, un tipo que sacrifica la verdad por el ingenio, más preocupado por hacer acrobacias conceptuales que por observar la realidad. En mi época de lector joven yo también me hacía preguntas similares: ¿por qué Polibio no sabe escribir goloso como Suetonio? ¿Por qué Tocqueville no danza como Voltaire? ¿Por qué la prosa de Camus no tiene la peonza de Nabokov? Más tarde me di cuenta de que soy yo, que vivo en continua ansiedad, el que busca escritores que ardan y muerdan y bailen en la página, pero los escritores calmados que trabajan la exactitud, los tonos bajos o el sentido común no son para nada inferiores, sino solo distintas caras que ilustran la riqueza de la escritura.


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TRISTE QUE Sartre y Camus rompieran su amistad por divergencias en sus opiniones políticas. Que Cabrera Infante, preguntado por la obra de Saramago, contestara que no había leído ni una línea porque el portugués era “castrista”. Que el propio Saramago, preguntado a su vez por la obra de Octavio Paz, respondiera que no la conocía porque discrepaba con las actitudes políticas del mexicano. Se supone que es precisamente entre los escritores donde debería brillar el valor de la tolerancia, pero la realidad demuestra lo contrario. Quizá el problema sea que la tolerancia, como el unicornio, es una fábula de imposible cumplimiento, pero es casi gracioso si no fuera además deplorable que sean los escritores los que más la prediquen y los que menos sean capaces de cumplirla. Sucede entonces que Borges, que está empezando a elogiar a Cortázar, de pronto se detiene y dice muy firme:

—Pero nunca podré ser su amigo porque Cortázar es comunista.


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EN LITERATURA solo tengo amigos y señores: amigos son aquellos a quienes leo a favor, el amigo Camus, el amigo Canetti, el amigo Orwell, la amiga Sontag…; y señores son aquellos a quienes leo en contra, el señor Nietzsche, el señor Nabokov, el señor Flaubert, la señora Beauvoir… No tiene nada que ver esta clasificación con la calidad: el señor Nietzsche es mucho mejor escritor que el amigo Orwell, pero leo a Nietzsche buscándole los fallos y a Orwell perdonándoselos…