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ENTRE LAS egolatrías de los escritores hay muchas de cinco estrellas, por ejemplo esa de Nietzsche proponiendo publicar un millón de ejemplares de “El Anticristo” en cada idioma para desatar de inmediato una guerra mundial; o esa de Huidobro prometiendo matar a Dios con su pistola “en el caso de que exista”; o esa de Juan Ramón Jiménez cortando su amistad con Jorge Guillén porque este, en la revista Los cuatro vientos que dirigía, publicó los poemas de Unamuno por delante de los suyos; o esa de Victor Hugo preguntando a Jesucristo en una reunión espiritista si era lector de sus poemas; o esa de Truman Capote presumiendo falsamente de que Albert Camus “estaba loco por acostarse con él”, pero si me tuviera que quedar con UNA sola, me quedaría con esta protagonizada por Ernesto Sabato, otro ególatra de Champions League (él mismo hacía bromas sobre ello). La anécdota la cuenta Juan Cruz en Egos revueltos. Estaban Carlos Fuentes, Sabato y otros escritores latinoamericanos en La Coupole, París. Fuentes tomó la palabra y se puso a disertar sobre los escritores argentinos. Al final remató:

—Para mí, los mejores escritores argentinos son Borges, Cortázar y Sabato. 
Nada más escuchar la frase, Ernesto Sabato abandonó la mesa indignado y, mientras enfilaba la puerta de salida del café, le gritó a Fuentes:

—¡Gracias por ponerme en último lugar!

Mientras Fuentes, que iba tras él con la intención de congraciarse, le decía:

—¡Es que era por orden alfabético!