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HABLÉ EL lunes de la crítica que le hizo Zola a La Rochefoucauld; Vauvenargues también le hizo una, aceradísima:
Si La Rochefoucauld hubiera sido tal como ha tratado de pintar a todos los hombres, ¿merecería nuestros homenajes y el culto idólatra de sus prosélitos?

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Vauvenargues. Se debe tener en cuenta que la palabra moralista, en La Rochefoucauld, La Bruyère, Pascal, Chamfort o Joubert, contiene en francés una acepción que va más allá de la censura o la catequesis, y se emplea para designar a quienes describen las costumbres y los caracteres de las gentes. Vauvenargues fue un moralista joven, esa contradictio in adiecto, que murió a los 31 años y dejó 945 reflexiones y máximas, algunas como la 361:
No conviene, se dice, que una mujer presuma de buen entendimiento, ni un rey de ser elocuente o de hacer versos, ni un soldado de delicadeza o de urbanidad, etc. Las miras estrechas multiplican las máximas y las leyes, porque cuanto menos amplio se tiene el espíritu, más se tiende a prescribir límites en todas las cosas. Pero la naturaleza se ríe de nuestras pequeñas ordenanzas; desborda el ámbito demasiado angosto de nuestras opiniones y hace mujeres doctas o reyes poetas, a despecho de todas nuestras trabas.

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LOS MORALISTAS franceses siguen ganando terreno al mar. Tenía ayer el libro de los moralistas franceses de la editorial Almuzara en mi mano, sin duda el mamotreto que más he leído en los últimos cinco años, y me dio por hacerme la pregunta estúpida y tópica de las cinco de la tarde: ¿qué libro me llevaría a una isla desierta, este que tengo en las manos o la obra completa de Shakespeare? Y por primera vez en mi vida, Shakespeare se me escurrió. Sí. Me puse de parte de los moralistas franceses porque ya tengo una edad y cada vez me aburre más la literatura, incluso la mejor de las literaturas. Shakespeare… es exagerado, todos sus personajes son exagerados, todos son ingeniosos, abusa de los golpes teatrales y sobre todo abusa de la muerte, la que aparece por todas partes sin venir a cuento. ¿Cómo es eso de que, porque mi amada o mi padre o mi hermano se mueran o sean asesinados, yo tengo que suicidarme? Poner a la peña a suicidarse a lo William, con gente haciendo cola y chorros de sangre por todas partes, es algo que ejemplifica su poco conocimiento del ser humano. ¿O realmente lo conocía mejor pero se daba cuenta de que las localidades de teatro se venden en mayor número si cuentas lo impresionante de la vida, aunque sea mentira, en lugar de su mediocridad infinita, aunque sea cierta?

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¿ACASO QUIERO ser un moralista francés? Lo digo mientras leo el Amabile del Príncipe de Ligne y noto que despierta y se afila mi mente, lo mismo que me sucedió la primera vez que leí a La Rochefoucauld, La Bruyère, Pascal, Vauvenargues, Chamfort o Joubert. También Nietzsche y Cioran pertenecen a ese grupo, porque el moralismo francés no es una categoría geográfica (Ligne es belga) sino un género literario-filosófico caracterizado por la agudeza y la brevedad, un género aparentemente frívolo para tratar los temas más variados, a los que hay que acercarse de forma oblicua y con buena pluma. Es el moralista francés un microscopio y un telescopio: de la mirada atenta de los casos más particulares, del examen y crítica de lo más cercano, lanza frases universales o más lejos, siempre con un pie en el pensamiento y otro en la literatura. Leyendo a Ligne he pensado que yo mismo he hecho mucho moralismo francés en los últimos cuatro años, si bien de tercera regional, pero siempre con la esperanza de jugar un día en los grandes estadios.


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VAUVENARGUES SE quejó del dinero que se gastaba en lo superfluo mientras que la obra de Pascal se podía adquirir por un solo franco. Y mucho antes Diógenes de Sinope había denunciado que una estatua costaba tres mil dracmas mientras un cuartillo de harina solo dos monedas de cobre.