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EL TRUCO que utilizo para sentirme joven es convencerme de que voy a ser un moralista francés. Con 50 años ya soy viejo para poeta, pero soy joven para moralista francés. Este tipo de escritor nace donde le da la gana: Canetti, Diógenes, Teofrasto, Plutarco, Ligne, Cioran, Nietzsche, Gracián, Drukpa Kunley, Feynman, Jesús, Emerson, Gibrán, Galeano, Pessoa, Papini, Machado, Confucio, Ortega, Unamuno, Lichtenberg, Buda, Gómez Dávila, Taleb, Einstein o Thoreau son moralistas franceses sin haber nacido en Francia. Para este tipo de lechuza hay que tener buena pluma y sentido del humor, ser más agudo que inteligente y más concreto que abstracto. El moralista francés hace poesía, pero en prosa; política, pero de autor; filosofía, pero de tierra; religión, pero herejía. Somos el escritor anfibio, fauna y flora en la misma pluma: somos el tigre libresco saliendo del interior de un tulipán.


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DICE EL Príncipe de Ligne en su Amabile que en su época, segunda mitad del siglo XVIII y principios del XIX, a los escritores les bastaba con "hablar mal de Dios y del Rey" para considerar su obra excelente. 


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ESCRIBE EL Príncipe de Ligne:
Cicerón no desdeñaba los lugares comunes; los griegos, sus maestros, no menos. Leed los manuales de Epicteto y los demás, tan bien impresos por Didot, y decidme si un hombre de letras de ahora se atrevería a publicar cosas tan manidas y con tan poca chispa.
Lo que subyace bajo estas líneas es que Ligne conoció los salones literarios franceses del siglo XVIII y principios del XIX, una de las épocas de la historia donde más se ha admirado el ingenio, donde una persona de ingenio podía hacer carrera (a causa de su agudeza, el rey le concedió a Talleyrand la abadía de Saint-Denis). Epicteto, en cambio, escribió un manual en el que abogaba por la resignación, el camino recto, el punto medio y el no apartarse de las acciones ordinarias para tener una vida sin sobresaltos: es normal que escribiera sin buscar el esguince ni la sorpresa. Si Epicteto hubiera leído a Ligne, quizá le habría parecido un frívolo, un tipo que sacrifica la verdad por el ingenio, más preocupado por hacer acrobacias conceptuales que por observar la realidad. En mi época de lector joven yo también me hacía preguntas similares: ¿por qué Polibio no sabe escribir goloso como Suetonio? ¿Por qué Tocqueville no danza como Voltaire? ¿Por qué la prosa de Camus no tiene la peonza de Nabokov? Más tarde me di cuenta de que soy yo, que vivo en continua ansiedad, el que busca escritores que ardan y muerdan y bailen en la página, pero los escritores calmados que trabajan la exactitud, los tonos bajos o el sentido común no son para nada inferiores, sino solo distintas caras que ilustran la riqueza de la escritura.


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¿ACASO QUIERO ser un moralista francés? Lo digo mientras leo el Amabile del Príncipe de Ligne y noto que despierta y se afila mi mente, lo mismo que me sucedió la primera vez que leí a La Rochefoucauld, La Bruyère, Pascal, Vauvenargues, Chamfort o Joubert. También Nietzsche y Cioran pertenecen a ese grupo, porque el moralismo francés no es una categoría geográfica (Ligne es belga) sino un género literario-filosófico caracterizado por la agudeza y la brevedad, un género aparentemente frívolo para tratar los temas más variados, a los que hay que acercarse de forma oblicua y con buena pluma. Es el moralista francés un microscopio y un telescopio: de la mirada atenta de los casos más particulares, del examen y crítica de lo más cercano, lanza frases universales o más lejos, siempre con un pie en el pensamiento y otro en la literatura. Leyendo a Ligne he pensado que yo mismo he hecho mucho moralismo francés en los últimos cuatro años, si bien de tercera regional, pero siempre con la esperanza de jugar un día en los grandes estadios.