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ESCRIBE CHAMFORT:
Los magistrados encargados de velar por el orden público, tales como el subprefecto de lo criminal, el subprefecto de lo civil, el de la policía, y tantos otros, acaban casi siempre por tener una opinión horrible de la sociedad. Creen conocer a los hombres y solo conocen su desecho. No se juzga una ciudad por sus cloacas ni una casa por sus letrinas.
Este mismo defecto se podría aplicar al propio Chamfort como pensador, también a La Bruyére y mucho más a La Rochefoucauld, que sin duda es el campeón: los tres hacen un retrato del ser humano a partir de un espacio y tiempo singulares, el del cortesano de la corte francesa de los siglos XVII y XVIII, que por fuerza debía ser una persona intrigante, ambiciosa, bien entrenada en hipocresías, vanidades y envidias, de modo que arrojan una visión pésima de lo que es el ser humano. Si los moralistas franceses hubieran examinado las zonas rurales o los barrios bajos de las ciudades, o incluso los monasterios o las gentes de mar, habrían extraído defectos muy distintos. Si al ser humano le pones en la carrera ultracompetitiva de la corte de Versalles, es fácil que se vuelva malo; si en cambio lo sitúas en un lugar menos agresivo y a una velocidad más baja, allí donde sea sencillo ser bueno, también lo puede ser con facilidad.