“EL PROBLEMA es que ahora todo el mundo escribe”, se clama en tono desdeñoso y con residuo aristocrático, ignorando que el “ahora” está de sobra porque llevamos más de dos mil años con esa frasecita y ya Cicerón decía: “Estos son malos tiempos: los hijos han dejado de obedecer a sus padres y todo el mundo escribe libros”. El mismo Cicerón también señaló que necesitaría dos vidas para leer a todos los poetas líricos de su época, a lo que Séneca le contesta: “Lo mismo podría decir yo si tuviera que leerme a los dialécticos”. Y Marcial, cuando le preguntaban por qué no se prodigaba en leer sus poemas, solía contestar: “Para no tener que escuchar los vuestros”. Y sin embargo, ese “todo el mundo” latino, ¿cómo se puede sostener si entre el 70 y 90% de sus habitantes eran esclavos?
En los siglos siguientes no paró la incontinencia del verso. Según el centro de documentación maricrónico, fue tal la floración de poetas durante la dinastía Tang, que cuando diez siglos después se intentó hacer una antología de aquella época, no pudieron incluir menos de ¡2200! Poco después la Sevilla del rey Al-Mutamid se convirtió, en palabras del arabista Emilio García Gómez, en el “primer estado al servicio de la poesía”, en la que el conocimiento de este arte era conditio sine qua non para figurar en la corte. En la zona cristiana, Giraldo de Riquier se indigna ante los “cazurros”, variedad de infra-juglares que recitaban versos en las plazas, y envía una carta a Alfonso X para que les ponga coto y no pueda recitar “cualquiera”. Nace un género satírico dedicado a mofarse de la cantidad de poetas y de lo prolífico de sus obras, cuyo cultivador máximo es Quevedo, y Madrid se convierte en tal abejero de bardos que Lope de Vega, en una de las rimas de su Tomé de Burguillos, escribe este endecasílabo: “Y en cada calle cuatro mil poetas”. Y sin embargo, en ese “todo el mundo”, ¿incluían a la población analfabeta, que era mayoritaria?
Llegamos a la Edad Moderna y los poetas sigue aumentando. En la Florencia del siglo XIX, cuenta Leopardi que era milagroso el día en que lograbas llegar a tu casa sin que ningún poetastro, estratégicamente situado en alguna esquina, te abordara para colocarte algún poema, y Emilio Carrere, en un artículo, se lamenta de que los periódicos hubieran dejado de pagar los poemas porque sus directores sostenían que "todo el mundo escribe versos”. Y sin embargo, a pesar de que la imprenta hacía siglos que ya funcionaba a todo trapo y los índices de alfabetización crecían… ¿entraban en ese “todo el mundo” las mujeres y los habitantes de las zonas rurales?
Y alcanzamos al fin 2023, y aquí alguno me dirá: “Vanessa, basta. Ahora sí que escribe de verdad todo el mundo”. Y sí, reconozco que en Madrid hemos llegado a un grado de colapso que es difícil de superar, con personajillos que hasta escriben en los cubos de basura, pero la gente olvida que no todo es Madrid y todavía existen, según datos de la Unesco, 758 millones de analfabetos en el mundo y que, por otra parte, todavía hay 2500 millones de personas sin acceso a Internet, que es el medio que ha permitido en la poesía la última multiplicación de los panes y los peces.
Ocurre que en casi todas las épocas ha escrito un “todo el mundo” donde falta gran parte del mundo. Y no entro a considerar si es bueno o malo que escriban todos (asunto muy distinto es que publiquen, máxime si lo hacen en papel o son de esos inescrupulosos que consiguen listas de correos ajenas y te inundan el tuyo con el spam de sus presentaciones), pero sí me sorprende mucho que a menudo sean escritores los que pronuncien esa frase con tanto asco, como si los únicos imprescindibles fueran ellos. De hecho, por un mínimo de honestidad intelectual, el escritor que la pronuncia tendría que hacerle un añadido, el siguiente: “El problema es que ahora todo el mundo escribe. INCLUSO YO”.