ESCRIBE NIETZSCHE en Ecce homo:
En vano se buscará en mi ser un rasgo de fanatismo. No podrá demostrarse, en ningún instante de mi vida, actitud alguna arrogante o patética.
Precisamente este libro de memorias en el que Nietzsche dice eso, Ecce homo, es un monumento al fanatismo, la egolatría, la arrogancia y el patetismo, escrito, eso sí, con una maestría y un vértigo maravillosos. Incurre este maestro en uno de los grandes peligros del egoescritor, porque, si el lector descubre que el autor miente, aunque sea en la modalidad del mentirse-a-sí-mismo, va a comenzar a leerle a la contra, con la-sospecha-de, con el no-te-lo-crees-ni-tú que vicia toda la relación lector/escritor. Es imposible que nos percatemos de la afabilidad de carácter que nos quiere trasladar Nietzsche, porque lo que leemos nos remite a un hombre fuera de sus quicios; es imposible que nos creamos la honradez y humildad de Baroja, porque lo que leemos delata a un hombre mezquino, cotilla y rencoroso; es imposible que creamos a seres tan repulsivos como Umbral o Bukowski, que tratan a las mujeres como trozos de carne, cuando relatan cómo caen todas rendidas a sus pies; es imposible que nos creamos a Montaigne cuando se autodefine como “chupatintas inútil” y nos asegura que solo escribe para que su familia y grupo de amigos le conozcan mejor, porque eso no concuerda con que nos llene el libro con 1400 citas de autores grecolatinos. ¡Cómo te vas a creer que Vallejo considerara a Neruda el poeta vivo más grande del idioma español, si el que nos cuenta eso es el propio Neruda, y casi todas las páginas de sus memorias están escritas en la misma línea de mira qué bueno, qué guapo y qué genio soy!