HAY ALGO de locura en los que publicamos nuestros engendros, en aquellos que incurrimos en “la osadía de lo público”, que decía Hannah Arendt. Si una piensa en su nulidad o en los 38 millones de libros que tiene la Biblioteca del Congreso en Washington, acaba dándole la razón a Lao-Tse y deja de escribir. Pero el propio Lao-Tse se contradijo al publicar una obra de ochocientas páginas (no nos ha llegado todo). Hay algo de cómico en cualquier escritor, quizá sea la persona cómica por excelencia, sobre todo los escritores confesionales, aquellos que deben (debemos) pensar que nuestro día a día interesa a alguien. Pienso también que los críticos han tratado con demasiada solemnidad a la literatura y no han hablado nunca de las dos escuelas fundamentales:
—El semeocurrismo.
—El ridiculismo.
¿Por qué Montaigne necesita decirme que tiene el pene pequeño? ¿Por qué Virginia Woolf necesita decirme que tiene envidia de Katherine Mansfield? ¿Por qué Ligne me cuenta que Voltaire se echó un pedo? ¿Por qué Bukowski me cuenta que tiene 52 años y nunca se ha comido un coño? ¿Por qué Hemingway nos cuenta su visita al Louvre para comparar el pene de Scott Fitzgerald con el de las estatuas?
Pienso a menudo que algunos egoescritores son como esas personas desconocidas que te cuentan su vida en una sola noche, delante de una cerveza, solo con la intención de que te acerques y seas su amigo. Qué es un escritor confesional sino una persona que no consigue ocultar su gran carencia de amor.