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A QUEVEDO le visita el ángel del sonido cuando escribe sus sonetos senequistas o sus elogios al duque de Osuna, pero le abandona (Quevedo no tiene el oído de Lope, Góngora o Garcilaso, tampoco el de Juan de Yepes) cuando escribe sus poemas religiosos, que parece que los escribe sin pasión, como si no creyera del todo en el Dios de los cristianos. Caso aún peor es el de Neruda, poeta que escribe con un sonido explosivo, portentoso, su España en el corazón, poemario que siente de verdad, pues en esa contienda han muerto amigos suyos, y en cambio nos aburre en los años y décadas siguientes con muchos poemarios políticos que escribió con el telescopio, sin haberlos sufrido de cerca, donde no acierta con el ritmo en ningún momento. Eso me ha hecho pensar muchas veces que el sonido, en el poeta, no viene solo por el oficio, sino por algo mucho menos mensurable: cuando en poesía se une la necesidad de escribir + la intensidad de lo vivido + la verdad de lo contado, el poeta va como tirado por un caballo feroz que le va imponiendo el ritmo sin que él intervenga ni mucho ni poco. En algunas escuelas se estila mucho decir que ni la verdad ni la experiencia son valores per se en el poema, pero claro que lo son: decir la verdad y haberla sentido mejora todos los ingredientes técnicos del poema, que encajan de una manera como no encajarían si se estuviera mintiendo.