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SE EQUIVOCAN quienes sostienen que las antiguas obras grecolatinas que se salvaron fueron las mejores y que tanto bárbaros como cristianos y musulmanes, al destruir más del 90% o dejar que se perdieran, vinieron a hacer un donoso escrutinio de las letras, una suerte de antología de lo mejor o más memorable. Al contrario, la razón de que se hayan conservado tantas páginas de Platón o Séneca no se debe a su indudable calidad, sino a que su pensamiento era muy cercano al cristianismo, mientras que la razón de que la obra de Epicuro o de la mayor parte de los filósofos hedonistas o materialistas se haya perdido, incurias aparte, es que era refractaria a esa religión monoteísta. Por otra parte, que se hayan salvado obras como las de Herodoto, Suetonio o Diógenes Laercio no se debe a su reputación como historiadores, que es bastante dudosa, sino a que llenaron sus historias de anécdotas y chismes de lo más divertido. Si estos tres historiadores hubieran cubierto la crisis actual del coronavirus, estoy seguro de que habrían prescindido de cualquier interpretación estructural para entregarse a la rumorología, el morbo y la conspiranoia: contarían cómo los chinos crearon el virus en un laboratorio para destruir Occidente; cómo los médicos dejaban morir a los ancianos y se lanzaban a salvar a los más jóvenes en los tiempos en que faltaban respiradores; cómo Bill Gates metió chips en las vacunas para controlar a la población, etc. No es solo que se haya perdido el 90% del legado grecolatino, sino que el 10% que se ha conservado es muuuy sospechoso, muchas de las obras salvadas llevan grabada la palabra CULPA.