JUAN RAMÓN Jiménez cada vez me cae mejor, pero tengo que reconocer que debió de ser un personaje total con el que era mejor guardar distancia, porque en asuntos de rencores era otro nivel. Invitado por la universidad de Maryland a que diera clases de historia literaria, sobre 1945, cuenta Francisco Ayala que el poeta de Moguer dedicaba sus clases a meterse siempre con los mismos:
¿Azorín? Buen sinvergüenza es Azorín. Un vendido. ¿Y Unamuno? Un genuflexo. ¿Y el delicado poeta Antonio Machado? Un hombre que vivía en medio de la mugre. Como nunca en la vida se había descalzado, la suela y las plantas de los pies se le habían unido. Estaba herrado y caminaba como un ánade.