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ESCRIBE MALRAUX al comienzo de sus Antimemorias:
¿Cómo van a parecerme importantes las cosas que solo me importan a mí? A casi todos los escritores que conozco les agrada su infancia, pero yo aborrezco la mía. Aprendí a crearme a mí mismo, poco y de mala manera, en el supuesto de que crearse a uno mismo sea hacerse a esta posada sin caminos a la que llamamos vida. A veces supe hacer lo que había que hacer, pero el interés de la acción, salvo cuando esta pertenece a la historia, está en lo que hacemos, no en lo que decimos. No me interesa gran cosa mi propia persona. 
Obsérvese que este debería ser el criterio de toda autobiografía en aquellos países católicos donde la sacrosanta humildad ocupa el centro del espacio: escribir antimemorias donde solo aparecen los sucesos que viviste, sin incluir tu participación en esos sucesos ni las opiniones que te merecen, ni mucho menos los buceos psicológicos que te generaron. La propuesta para escribir desde el yo sin el yo es una propuesta que permitiría escribir en confesional hasta a los más humildes, pero, ¿cuál es el problema? El problema es que todo esto es cháchara porque Malraux fue el intelectual más narcisista y egocéntrico en una Francia del siglo XX plagadita de intelectuales narcisistas y egocéntricos. El propio prologuista de las antimemorias nos anuncia que en el libro aparecen muchos sucesos inventados que Malraux construyó para forjarse una leyenda personal. Estamos, por tanto, ante la vieja historia del escritor que trata de hacerse perdonar el ego.

El del ego es el gran tabú en medio planeta, pero sobre todo en los países católicos, allí donde figuran gran parte de los lugares de mierda del mundo y donde se identifica al egocéntrico con la mala persona. En estos lugares cada sueño personal, cada esperanza propia, cada iniciativa en primera persona del singular, si se tienen (¡y vaya que sí se tienen, al mismo nivel que en los lugares de verdad!), hay que ocultarlos en la medida de lo posible, porque su mera enunciación genera tal rechazo en los demás que pueden irse al traste enseguida. Un gran ególatra español, Fernando Sánchez-Dragó, contestaba que era budista cuando le enrrostraban su ego; el fundador de toda la egoconfesionalidad, Montaigne, se escudaba en que escribía desde el yo “para la sola lectura de mis familiares y amigos”; el mayor ego de la Antigüedad, Cicerón, fingía que solo se retiraba a escribir a su finca de verano “porque Roma no está en peligro”. El muy narcisista Malraux, por su parte, escribe unas “Antimemorias” porque “él no es importante”.

Pablo Neruda, en cambio, nunca rechazó beber buenos vinos, ni vivir en lujosas casas, ni escribir desde un yo whitmaniano, ni publicar a sabiendas una de las memorias más ególatras del siglo XX. Cuando le venían señor Neruda, vaya mal ejemplo de comunista es usted, respondía que su comunismo no consistía en repartir la pobreza, sino en que todo el mundo fuera igualmente rico. Y aunque era españolista y llamaba a España “la madre patria”, tenía muy claro de dónde procedía el odio al que se singulariza. No, dijo muchas veces, la envidia al que brilla no nos la enseñaron los mapuches o los aymaras: “Esto nos lo trajeron los españoles”.