BAROJA TIENE libros donde no acierta con la prosodia en una sola frase, por no hablar de que rara vez ordena bien los párrafos o de sus descuidos contra la gramática; sin embargo consigue casi siempre novelas bastante buenas porque tiene ideas de sobra y nació con el don de contar historias. En cambio Umbral, que tiene la música metida en la cabeza y consigue convertir todas las frases en un solo de violín, no consigue más que libros que en la mayoría de los casos son de vergüenza ajena. ¿Por qué sucede esto? ¡Pues porque anuncia y no cumple, promete una obra invertebrada y dos capítulos después trata de vertebrarla, escribe las citas mal, copia párrafos enteros de otros libros suyos (el autoplagio es una de sus marcas de fábrica), prefiere la solución brillante a la solución adecuada, refiere anécdotas que ya no recuerda bien o que ya ha contado cincuenta veces, ignora lo que es una trama, no lee lo que ha escrito el día anterior y no sabe deslindar la narración de la crítica, es un desastre absoluto! En Umbral es muy típico que, en medio de una novela, sin venir a cuento, el narrador o uno de los personajes haga un ajuste de cuentas con Galdós, por ejemplo, y luego la novela continúe tan campante, porque Umbral era un tipo de odios tan profundos que no se olvidaba de ellos un momento ni descubrió cuándo era pertinente formularlos. Por otra parte, embebido como está en la eufonía de la frase y en la elección de las palabras, se olvida de eufonías más importantes: la eufonía del tiempo narrativo, la eufonía de los actos de los personajes, la eufonía conceptual del libro entero es algo que ni siquiera tiene en cuenta. Atrapado en el estilo de vuelo corto, es casi ciego a la técnica: ¡con razón no conseguía leer a Faulkner!