EN SU afán por echarle todas las culpas a la iglesia cristiana, Michel Onfray se olvida de que muchos autores grecolatinos se perdieron por sí mismos; que la incuria que hizo que desapareciera la mayor parte del teatro de Lope de Vega es la misma que hizo que parte de los presocráticos y de la obra de Esquilo ya se hubieran perdido para la época de Alejandro Magno, si bien hace 2.500 años era mucho más fácil que las obras se perdieran, pues no existía la imprenta. La manera como se perdió la obra de algunos cráneos de la antigüedad es casi cómica: Heráclito, por ejemplo, depositó el único ejemplar de su obra completa en el templo de Éfeso, pensando que ese lugar, al ser sagrado, estaba a salvo de los imponderables... hasta que apareció Eróstrato y, con su megalomanía de fuego, acabó con el templo y de paso con la obra de El oscuro.