SOSTENÍA RAYMOND Aron que para comprender cabalmente la Crítica de la razón pura kantiana había que leerla siete veces. Pero en el mismo tiempo que tardo en leerme siete veces sus seiscientas y pico páginas, puedo calzarme dos veces las obras completas de Shakespeare, que me son más gratas, y aún me sobran unas horas para buscar en mi manual de Russell o de Copleston qué diablos quería decir aquel viejo alemán en su famoso mamotreto.