COMO RELEÍ esa obra maestra que es La senda del perdedor, de Bukowski, y volví a sentir el poder de Hank, me aventuré de nuevo en Mujeres, del mismo autor, que también había leído pero con menos pasión. Y claro. Enseguida he descubierto por qué no me gustaba. El problema de Bukowski es que se le escapan las mujeres, no consigue retratar ni media personalidad de una sola. Como solo siente deseo físico por ellas, el libro es una serie de encuentros con mujeres que siempre son la misma mujer y siempre se las folla de igual manera. Hasta me pregunto, leyendo semejante engendro, si Bukowski releía las páginas anteriores mientras escribía, pues parece la escritura de un borracho. Toda la variedad, humor y frescura de La senda del perdedor se convierten en repetición y coñazo en Mujeres. Dice Vargas Llosa que el feminismo está poniendo en riesgo a la literatura, pero pienso a la vista de este libro bukowskiano que es justo lo contrario lo que se puede tocar con los dedos: ha sido el machismo el que ha perjudicado la obra de algunos escritores excelentes, el que ha reducido a la mujer al papel de a) musa inalcanzable y digna de ser sublimada b) princesa/premio que se lleva el héroe después de concluir la hazaña o c) cuerpo/bellezón al que hay que llevar a la cama.