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NO SE nos enseña literatura para que tratemos de imitar o superar a los grandes genios del pasado, sino precisamente con la intención de que nos resignemos y alejemos de ellos. Se ponen nombres de escritores a las calles, se les elevan estatuas, se abren edificios y escuelas en su homenaje, se pagan simposios sobre su obra… para inflarlos, para hacernos creer que eran mejores aún de lo que eran, para que pensemos que son inalcanzables, para convertir a la literatura en un cementerio de élite cuyas llaves las tiene el estado para objetivos de cohesión y narcisismo colectivo. Las autoridades ni siquiera desean que los leamos: solo quieren que nos postremos ante ellos.