SE DICE en una noticia de Eldiario.es que toda la balconada política, a izquierda y derecha, compite por recitar versos o frases de Antonio Machado, un excelente poeta convertido desde su muerte en referencia cívica de España. El problema es que Machado como figura cívica flojea mucho. Que lo reivindique VOX no es tan raro, como en los años 40 lo reivindicaban los falangistas de la revista Escorial, porque la misoginia y el patriotismo esencialista de este partido de ultraderecha son un calco de los del poeta sevillano.
Para empezar, Machado era castellanista, consideraba que “sentir a Castilla es la manera más directa y mejor de sentir a España”. En su estupendo Campos de Castilla, notamos que Machado nunca mira a los castellanos de forma directa (como sí lo hace, por ejemplo, Delibes), sino con las gafas previas de la historia, la idiosincrasia y "el problema de España". Estamos hablando de un escritor que se opuso al estatuto catalán y a los sentimientos regionales intensos. Escribe en Juan de Mairena:
De aquellos que se dicen gallegos, catalanes, vascos, extremeños, castellanos etc., antes que españoles, desconfiad siempre. Suelen ser españoles incompletos, insuficientes, de quienes nada grande puede esperarse.
Llega la Primera Guerra Mundial, allí donde Romain Rolland, Herman Hesse, André Gide, Bernard Shaw o Bertrand Russell se oponen a la guerra y se ponen en riesgo por su pacifismo, y nuestro Antonio Machado, en cambio, firma un manifiesto en favor de los aliados. Si bien durante esa guerra algo cruje dentro del sevillano y hasta escribe una carta a Unamuno calificando al patriotismo como "sentimiento vil", pronto vuelve a las andadas y, ya en la Guerra Civil, para espolear al bando republicano, se pone a reivindicar al Cid y a los héroes de 1808 y descalifica a los franquistas, ojo, por haber vendido España a los extranjeros italianos y alemanes:
España ha sido vendida al extranjero por hombres que no pueden llamarse españoles: quien vende a su patria se desnaturaliza y ha de sobreentenderse que renuncia a su patria para buscar cobijo en la patria del comprador.
Machado es ese poeta al que los izquierdistas patrios deben cientos de masturbaciones por su poema “El mañana efímero”, el que comienza con La España de charanga y pandereta. Ese poema, sin embargo, como ya denunció en su día Rafael Sánchez Ferlosio, es un poema que termina así, el subrayado es mío:
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.
Este es el poeta que decía en su Autobiografía que sus versos “brotan de manantial sereno”, jajaja. ¡Pues menos mal! Más tarde escribe un poema demencial dedicado al general Líster, el de “Si mi pluma valiera tu pistola /de capitán, contento moriría”, que constituye una deshonra para la literatura, un caso más de autor que falla en favor de las armas y contra las letras. A los judíos tampoco les tenía mucha estima y se refiere a ellos con sus connotaciones negativas más típicas:
Carlos Marx, señores —ya lo decía mi maestro—, fue un judío alemán que interpretó a Hegel de una manera judaica, con su dialéctica materialista y su visión usuraria del futuro.
Vamos con las mujeres. ¿Qué pensaba Antonio Machado de las mujeres? En carta enviada a Juan Ramón Jiménez en 1913, dice:
Creo que la mentalidad española es femenina y no es posible cambiar el sexo espiritual de la raza. Cuando las señoras de la doctrina dicen que aquí todos somos católicos, lo que, en el fondo, quieren decir es que aquí todos somos señoras. Y tienen razón. Virilidad espiritual, amor de lo verdadero, deseo de penetrar en lo esencial, desdeño de lo aparatoso, huero y amerengado, valor para esgrimir el arma que corta por el mango, –la verdad– todo esto no es lo nuestro. Se guerrea contra las ideas, no por ellas ni a causa de ellas. Nuestra religión es el tabou de nuestros indígenas. Se pelearán izquierdas y derechas, las cabezas que no se atreven a pensar, acabarán por embestirse. La cuestión central y de conciencia no se planteará nunca. Todo es femenino. España es hembra. El argumento de los pantalones carece de valor en un país donde todo negocio de alguna trascendencia lo rematan las mujeres a escobazos. Ésta es la realidad española.
Y en su Juan de Mairena remata:
Conviene que la mujer permanezca abacia, carente de voz y voto en la vida pública, no sólo porque la política sea, como algunos pensamos, actividad esencialmente varonil, sino porque la influencia política de la mujer convertiría muy en breve el gobierno de los viejos en gobierno de las viejas, y el gobierno de las viejas es gobierno de las brujas.
Este era don Antonio Machado. Un patriota racial, un antisemita y un misógino. Fue un hombre de su tiempo, sin duda, con las ventajas y lastres de su tiempo, pero aflige comprobar lo poco que consiguió situarse por encima de su época en comparación con otros contemporáneos suyos como Bertrand Russell, Romain Rolland, Emma Goldman, André Gide o Virginia Woolf. Fue y sigue siendo un gran poeta, eso no lo pongo en duda, pero a mí, en las fechas en que vivimos, como figura cívica no me sirve.