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TAMBIÉN ES grande por la barbaridad. La barbaridad, en literatura, es todo un género. Las que cultiva este autor franco-rumano no hay que tomarlas en serio sino leerlas con una bolsa de palomitas y mucha socarronería; no son las de un profeta sino las de un bufón que no deja de tener encanto. Como ejemplos de barbaridades cioranescas anoto estas cinco, encontradas en su libro Ese maldito yo, escrito cuando tenía 75 años:
• • • En la laguna de Soustons, a las dos de la tarde, remando. De repente, fui fulminado por un giro trivial del vocabulario: Al lis of no avail (nada sirve para nada). Si hubiera estado solo, me hubiera arrojado instantáneamente al agua. Nunca he sentido con semejante violencia la necesidad de acabar con todo.
• • • Me encuentro con X. Hubiera dado cualquier cosa por no volver a verle. ¡Tener que soportar a semejantes especímenes! Mientras hablaba, cuánto echaba de menos un poder sobrenatural que nos aniquilase a los dos inmediatamente…
• • • Hace años, decidí no volver a dar la mano a ninguna persona que gozase de buena salud. Tuve sin embargo que transigir, pues pronto descubrí que muchos de aquellos a los que creía sanos lo estaban bastante menos de lo que yo pensaba. ¿Para qué hacerme enemigos basándome en simples sospechas?
• • • ¡Perecer! –esta palabra que amo entre todas y que, curiosamente, no me sugiere nada irreparable.
• • • Ganas de rugir, de escupir a la gente a la cara, de golpearla, de pisotearla… Me he ejercitado en la decencia para humillar a mi rabia, y mi rabia se venga de mí tan frecuentemente como puede.