LA MUERTE en directo de tantos animales de fauna salvaje me ha hecho recordar un capítulo muy poco conocido del Imperio Romano. Como el Teatro Romano no podía competir en espectadores con el Circo, que era la diversión máxima de la época, comenzó a introducir mejoras morbosas: ¡las fornicaciones y los asesinatos que acontecían en escena empezaron a ser reales! Para lo segundo utilizaban a presos o esclavos condenados a muerte. Cuenta Jean Duché en su Historia Universal de la Humanidad:
Solo el teatro podía concurrir con la apuesta mutua y las olas de la sangre —concurrencia modesta en comparación con el circo, pero para nosotros asombrosa, pues entre los tres teatros principales sumaban un total de sesenta mil plazas. No eran las tragedias ni la ópera lo que atraía a las masas, sino la pantomima, que era el cine romano. La pantomima tenía dos caminos de éxito: el terror del suspense y el erotismo; y, lo mismo que en Hollywood, actores, músicos, directores estaban al servicio de la vedette. La pantomima tenía, sin embargo, una inmensa superioridad sobre el cine: cuando llegaba el momento de la peripecia obscena, los mimos fornicaban de hecho —y ningún cliente de las salas oscuras puede presumir de habérselo visto hacer a Marilyn Monroe; y Pasífae, en el laberinto cretense, se ofrecía a los arrebatos del toro (si el toro se dignaba). En el género "terror", el Laureolus estaba en cartel desde hacía doscientos años, gracias a la ferocidad del bandido incendiario y estrangulador que, para terminar, era decapitado en escena; sin embargo, Domiciano había consentido que esta última parte fuese doblada, y un delincuente común sustituía al actor en la peripecia final.