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CUENTA CANETTI en El juego de ojos que los admiradores de Musil formaron en Viena una Sociedad Musil, cuyos miembros se comprometían a aportar cada mes una cantidad de dinero con el fin de que el escritor pudiese trabajar tranquilo en El hombre sin atributos. A Musil no le avergonzaba la existencia de esta sociedad sino al contrario, dice Canetti: pensaba que era un honor ser aceptado en ella.