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ESTA CRÍTICA que Emile Zola publicó en Mis odios es la mejor que me he leído contra La Rochefoucauld, además de la más necesaria, porque si el ser humano es como dice La Rochefoucauld más nos valdría acelerar nuestra extinción:
La Rochefoucauld es frío e irónico desde el primer momento; su fisonomía no inspira ninguna simpatía; sentimos en él a un enemigo declarado, un observador perseverante que te estudia sólo para cogerte en falta. Es un gran egoísta, no un egoísta bonachón e ingenuo como Montaigne, sino un egoísta que parece consolarse de sus sufrimientos analizando los sufrimientos de otros. Es cierto que también derramó sus lágrimas; pero no encontramos en él la grandeza de las desesperaciones de Pascal; no sabríamos compadecerlo porque sus penas son solo las mezquinas decepciones de un ambicioso frustrado en sus esperanzas. La Rochefoucauld es un hombre de mundo que, poco a poco, perdió sus ilusiones en amor y en política: se muestra triste, descontento de todo; cuando la enfermedad lo fuerza por retirarse, se hace decididamente misántropo, y, buscando entonces un móvil a las acciones de los hombres, explica todas ellas por el amor propio; su moral es la del egoísmo y del orgullo. La Rochefoucauld triunfa confundiendo sin cesar el egoísmo y la virtud, el interés y el deber; le gusta mostrar solo un lado de la verdad, y este lado, siendo verdadero, nos lo hace aceptar a través de la fuerza de su arte como una certeza absoluta, cuando solo es una mitad, un tercio solamente de certeza. No podemos fiarnos demasiado de este moralista que tiene toda la hipocresía de la gente triste. Afortunadamente, no tiene ni el encanto que imanta ni la pasión que conmueve. Es un gran talento que se privó de todo afecto al negar la sinceridad de los afectos humanos.