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LO PRIMERO que me he leído como cosmopaleta recién suscrita a The Washington Post es este artículo de hace diez años sobre Shakespeare, que acabo de subir a mi blog de anécdotas, donde Ari Friedlander desmonta cinco mitos sobre el cisne de Avon, entre ellos el de su “inabarcable” repertorio lingüístico. Se nos ha dicho que Shakespeare empleó 30.000 palabras en su obra; Friedlander dice que el número más adecuado estaría más cerca de 20.000, porque sus hagiógrafos contaban tanto las palabras en singular como en plural, de modo que star y stars contaron como dos palabras. También dice Friedlander que la riqueza del léxico de Shakespeare, así como su capacidad creativa para inventar nuevos vocablos, para nada estaban por encima de otros autores ingleses de la época, sino justo en el promedio.