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Escribe Ángel Crespo en Los trabajos del espíritu
Nada tan triste y negativo como la entrevista de Abel Posse con Jorge Luis Borges que publica El País del 26 de agosto. ¿Cómo es posible que se tenga por erudito a un escritor que no cita a otros autores españoles que los que pueden haber llegado a oídos de un estudiante francés o alemán de catorce años? Su visión de la literatura española no es simplemente negativa: es un producto de la falta absoluta de formación humanista, de una incultura radical que se disimula –y, por lo que se ve, con éxito– mediante un baño de esoterismo y un indudable ingenio.
No estoy de acuerdo con Ángel Crespo. Aunque yo mismo rebajé hace poco la calidad como lector de Borges porque, a mi juicio, le faltaban demasiados órganos para disfrutar de todo el arco de la literatura, nunca he negado la pasmosa cultura y montaña de lecturas con que contaba. No hay más que leer sus dos tomos de inquisiciones, los artículos que publicó en Sur y en El hogar, así como las conferencias que dio en los años 70, para quedarse aplastado ante su bagaje. Lo conocía casi todo y también la literatura española. Sí, señor Crespo: una cosa es que a Borges, con excepciones, no le gustara la literatura española que se ha escrito desde el siglo XVII, y otra muy distinta es que no la conociera. La conocía al dedillo, incluso la de autores menores, tanto que una vez, cuando el subdirector de ABC Santiago Castelo le dijo a Borges que él era de Extremadura, Borges le recitó de memoria El ama de Gabriel y Galán. Para más pruebas, voy a aportar esta conversación que transcribe Bioy Casares en su libro Borges, en septiembre de 1956, entre Borges, José Bianco y el propio Bioy: obsérvese que los autores y libros sobre los que charlan van mucho más allá de los que han llegado a oídos de “un estudiante francés o alemán de catorce años”:
Sábado, 15 de septiembre [de 1956]. Hablamos de literatura española. Enumeramos a autores y libros: Escenas matritenses de Mesonero Romanos. Larra. Pereda, Peñas arriba, Sotileza. Ricardo León, La escuela de los sofistas. Borges: ≪Que bien, sabía que hubo sofistas≫. Benavente, Los intereses creados:
Alma del silencio, que yo reverencio...
Borges: ≪Qué versos, qué animal≫. Palacio Valdés, La hermana San Sulpicio. Alarcón, ≪El amigo de la muerte≫. Borges: ≪Ese cuento está muy bien≫. El sombrero de tres picos, una idiotez; El capitán Veneno, otra. Las Sonatas de Valle-Inclán, cursis y groseras. Galdós, Marianela, tan débil. Borges: ≪Norah, por obediencia a Guillermo, leyó Fortunata y Jacinta, pero después no pudo menos que rebelarse: “No hay una sola escena poética”, exclamó. “Es una novela realista”, replicó Guillermo. “También es realista Dostoievski”, contesto Norah≫. Recordamos Miau, y la perífrasis de Baeza, ≪el autor de Miau≫, para no repetir Galdós, escrita sin malicia. Leopoldo Alas (≪Clarín≫), del que mencionamos Paliques y La Regenta. Un gran cuentista, según dicen. Y Ganivet, con sus Cartas finlandesas, publicadas por Losada astutamente, cuando la guerra ruso-finlandesa. ≪Una estafa≫, comenta Borges. Hablamos de Pequeñeces, del padre Luis Coloma: comparo a Currita Albornoz, su protagonista, con Lucy, de Point Counter Point de Huxley. Recuerdo un librito atribuido a Valera, Carta de Currita Albornoz al Padre Luis Coloma; también, su cuento ≪Pelusa≫. Nunca leí Por un piojo. Nombro a Baroja; convenimos en que El árbol de la ciencia es un libro muy superior a todos los mencionados. Borges y Bianco hablan de otras novelas de Baroja, que ellos leyeron y yo no; tratan de estudiantes pobres y de anarquistas; las recuerdan con afecto. Hablamos de Azorín; Borges se pregunta si Voluntad (que no está firmado ≪Azorín≫, sino Ruiz, el verdadero nombre del autor) no será mejor que todos esos libros. Bianco está de acuerdo. Hablamos de Concha Espina —y de otro nombre pinchudo, Conchita Piquer—. Digo que leí un artículo de Concha Espina, publicado en La Nación, plagiado creo que de Gaunt (The Pre-Raphaelite Tragedy). Habla Borges de un libro de Cansinos-Assens, Literaturas del Norte (La obra de Concha Espina): ≪Por Dios, que Norte más casero. Tampoco corresponde el plural: literaturas. Pluralis majestaticus, como Grandes Sastrerías Inglesas Rabuffi≫. Hablamos de la Fernán Caballero —Cecilia Bohl de Faber— y su Gaviota. Borges: ≪¡Que literatura mediocre! Como sería, para que los escritores del 98 parecieran revolucionarios≫. Sobre Menéndez y Pelayo digo que siempre es agradable de leer, pero que a veces sus juicios y su información son superficiales —véase Stendhal en Historia de las ideas estéticas en España—. En contra de la opinión general, creo que su mejor obra es la ≪Epístola a Horacio≫; tampoco es mala la otra, la ≪Epístola a mis amigos de Santander≫, en que les agradece el regalo de una biblioteca. Pasamos a Unamuno. Bianco: ≪Miren que son malas sus novelas≫. Yo murmuro ≪Niebla≫ y Borges alega que Unamuno las llamó nivolas, después elogia algunos ensayos de Unamuno y recita, riendo, sus peores versos. Digo que el estilo de Unamuno me cansa y que sus ideas me parecen tan falsas como sus antítesis.
De este catálogo de la literatura española del siglo XIX fui el culpable: me sentía demasiado cansado para pensar; los otros hablaban poco. Una conversación de este orden, por pobre que sea, para escritores, o acaso habría que decir para lectores, nunca es ingrata. Hubo más Historia que Filosofía. Recuerda uno libros leídos hace años, lo que es un poco recordar la propia juventud, los errores y también el fervor —que hoy nos parece patético— de nuestro aprendizaje. Acaso la conclusión estuvo expresada en aquella exclamación de Borges: ≪¡Qué literatura mediocre!≫.