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LA MAGNITUD de Montaigne se prueba en que se sigue discutiendo si fue un estoico, un escéptico o un epicúreo. Parece un contrasentido ser estoico y epicúreo a la vez, teniendo en cuenta que el propio Séneca hablaba de sus lecturas de Epicuro como “incursiones en campamento enemigo”, pero la modernidad de Montaigne consiste precisamente en que consigue hacernos creíbles sus contradicciones: él reivindica su personalidad entera, cambiante, paradójica, y se da derecho a ser estoico los martes, escéptico los miércoles y epicúreo los jueves, dependiendo de las situaciones, las circunstancias o los cambios en su estado de ánimo.