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LOS ENSAYOS de Montaigne me los leí por primera vez hace diez años y ya me parecieron una obra extraordinaria que, sin embargo, no me llenaba: para mi gusto le sobraban paños calientes y le faltaban esas descargas eléctricas tan estimadas por un lector carnívoro como yo. Pero ahora me los he leído por segunda vez y me he reprochado mi ceguera: este libro es un verdadero caballo de troya contra el dogmatismo, esto es, contra el cristianismo, y se debe leer entre líneas porque los modos con que se dirige Montaigne al lector son los del contrabandista: aunque nos pone en el mostrador a Séneca y Plutarco, los que a menudo le gustan son Epicuro y Pirrón; y aunque nos dice que el cristianismo es la religión verdadera, lo que ocurre realmente es que esa religión está ausente del libro, cuyos modos (relativismo, perspectivismo, egotismo, escepticismo, minimalismo, culto al cuerpo, tolerancia) son una acusación contra ella. Montaigne debía saber muy bien el peligro que corría al coquetear con el epicureísmo: recordemos que comenzó a escribir esta obra en 1572 y todavía en 1600 Giordano Bruno fue quemado vivo por defender la cosmografía de Lucrecio. Tras su muerte sus Ensayos fueron incluidos en el Índice de Libros Prohibidos.