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PARA QUE se me entienda: lo último que puede hacer un egoescritor, lo más bajo de todo, es tratar de ganarse a los lectores con el azúcar negro del suicidio. Para esta prohibición neorrabiosa solo encuentro una excepción: que el suicidio sea un tema tan obsesionante para el autor que no tenga forma de evadirlo. Lo mismo Plath que Sexton que Pizarnik se pasaron toda su obra alertando de que viene el lobo que-viene-el-lobo, ¡pero el lobo vino y salvó la sinceridad de sus obras, sinceridad que en la escritura confesional es la clave para que te respeten los lectores! Cioran, en cambio, tras escribirnos dieciocho libros anunciando al lobo, ¡se fue de la vida sin ningún lobo y ninguna credibilidad! Un tipo que se pasó la existencia jugando a maldito y marginado, haciendo suyas las tesis de Teognis de Megara (“La mejor cosa sería no haber nacido”), que nos hizo creer a los lectores que caminaba cada día por la cuerda en su caso nada floja del suicidio, murió colmado de honores, reseñas y traducciones en un hospital de París a los 84 años de edad. Ese fue Cioran: todavía seguimos esperando a su lobo.