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SOY TRAIDOR a Francisco Umbral. Sí. Porque fue uno de mis escritores de teta y después de Victor Hugo una de mis mayores fuentes inspiradoras: de los 126 libros que escribió, me habré leído unos sesenta o setenta, algunos varias veces, como Las palabras de la tribu, Mortal y rosa o Un ser de lejanías. Pero se me ha caído y hoy es el día en que le acuso de ser la influencia que más me ha perjudicado. Todo el cogollo de Umbral consiste en escribir bonito, en elegir Dachau en vez de Auschwitz para nombrar un campo de concentración, o en decir “Hombre de Orce” en vez de Neandertal para designar a los primeros homínidos, es un escritor que siempre anda buscando con linterna la palabra bonita sobre la palabra fea, es como un Dalí de la prosa que como Dalí te fascina hasta que te preguntas: ¿por qué Dalí/Umbral están atrapados en el concepto más académico de lo bonito, de la prosa/cuadro perfectamente acabados, de la transgresión-que-se-mira-al-espejo, por qué esa vanidad de mostrarnos lo bien que pintan/escriben, por qué no se atreven a ser feos y tremendos como Picasso o Céline, como Goya o Dostoyevski, por qué no se cansan de fabricar carrocerías y se atreven a captar el DENTRO a veces arrítmico y horrible de la vida? El propio Umbral confiesa que, cuando leyó en Galdós que Tristana tenía “una boquirrita”, arrojó el libro al suelo: ¡así que abandona el libro porque aparece una palabra fea de las que no pertenecen a la nobleza, qué ejemplo más claro de lo poco que llegó a entender de los verdaderos retos de la novela!