VIENDO LO rápido que se perdió la obra de Heráclito (para la época de Alejandro Magno ya estaba perdida), lo que le costó a la obra de Eurípides imponerse en Atenas, los tres siglos que necesitó la parte “oscura” de Góngora para ser celebrada o el desprecio de Samuel Johnson por Tristram Shandy, al que pronostica un rápido olvido porque “nada extravagante permanecerá”, uno piensa que lo mejor que trajo la llegada primero del romanticismo y después de las vanguardias es que, por primera vez en la historia de la literatura, lo oscuro, lo raro, lo deforme, lo enfermo o lo chocante pasan a la centralidad literaria y ya no tienen que pedir perdón.
La mayoría de obras maestras que no han llegado a nosotros eran raras, estoy seguro. Cuántos Artauds, cuántas VirginiaWoolfs, cuántas Tsvetayevas, cuántos Rimbauds, cuántos Blakes se habrán perdido.