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CON TODO, el filósofo más hijoputa con las moscas no fue Spinoza sino don Miguel de Unamuno, como relata en Recuerdos de niñez y mocedad, agarraos que vienen curvas:
La caza de la mosca es una distracción tan inocente como amena, ya sea al vuelo, ya sorprendiéndolas al ir a remontarlo, ya poniendo un poquito de azúcar en la yema de un dedo y esperando a que se engolosinen para prenderlas por las patas. Si bien esto más tiene de pesca que no de caza.

Y una vez cazada ¡qué de aplicaciones festivas no tiene la mosca! Se puede colocarles en el trasero un rabito de papel dejándolas luego libres para que vuelen con su apéndice y se posen en la mesa del maestro o en su cabeza acaso. Arrancándoles las alas se les puede hacer maniobrar en una especie de circo formado entre cuatro libros, y allí pasar la maroma y subir la cucaña. Sujetando a dos de ellas a sendos palos y poniéndoles en las patas delanteras, sus manos, sendos palillos a guisa de espadas, hacen la esgrima que da gusto verlo. Arrancándoles la cabeza, poniendo ésta en un papel, doblándolo sobre ella y apretando, forma con la sangre muy lindos dibujos caleidoscópicos.

Pero el juego más sorprendente a que se presta la mosca es el de hacerla servir de oculto motor de una pajarita de papel. Con un papelillo de fumar se hace una pajarita de una sola doblez y entre las patas se le coloca una mosca sujetando a aquéllas las alas de ésta con dos pintitas de cera, y luego la mosca arrastra a la pajarita, y si se la coloca sobre un suelo oscuro no se ve la trampa y es juego de grandísimo efecto, pues no cabe mayor propiedad ni mayor espontaneidad en la manera de andar del artefacto. Con este juego he logrado sorprendentes efectos, incluso en personas mayores. Alguna de ellas se asombró de un modo indecible y si no examina el mecanismo, no duerme aquella noche cavilando en ello. En cambio jamás he engañado con ello a niño alguno.