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SI EXISTE algo que he visto en Madrid que no esperaba ver en mi vida, es que personas de izquierdas se pasaran a la ultraderecha al darse cuenta de que el elemento patriota o anti-inmigrante o anti-feminista era mayor en ellos que el elemento clase obrera. Pero leyendo los diarios de Ionesco descubro que ese sorprendente tránsito era también común en su época:
Charlaba con S. Charlábamos tranquilamente. Luego hablamos de política. Evidentemente, es antinazi y anti-Guardia de Hierro. Sin embargo, dice: "Los Guardias de Hierro no tienen razón. No tienen razón en todos los puntos. Sin embargo, hay que admitir, y usted sabe que yo no soy antisemita, hay que admitir que los judíos, que también ellos..., etc. Usted sabe que estoy en contra de los Guardias de Hierro. Sin embargo, hay en ellos una exigencia moral y espiritual que..." Me levanto, molesto. Así es como empiezan todos. Admiten ciertas cosas, con toda objetividad. Hay que discutir razonablemente y objetivamente. En realidad, ceden, sin darse cuenta, un poco a la derecha, un poco a la izquierda. Hacen concesiones. No lo saben. En realidad, meten el dedo en el engranaje. Muy pronto serán atrapados por Moloch. Si se admite uno solo de sus postulados, se termina admitiéndolos todos. Es inevitable. Conozco el tema. Todos mis amigos antifascistas se han convertido en fascistas totalmente, fanáticamente, porque primero han cedido en un pequeñísimo detalle. Tengo la experiencia del fenómeno: la incubación ha empezado; aquí están los primeros síntomas. Les hacen falta entre tres semanas y dos meses para entrar en el sistema. Todos empezaron así. A veces ni siquiera han tenido necesidad de hablar para que yo me diese cuenta del cambio. Un silencio significativo, una sonrisa, me hacen comprender que algo irremediable ha sucedido. Que han sido cogidos. La expresión de su cara cambia. Cierta luminosidad en la mirada. Todos tienen una coartada: la pureza. Pero ¿qué hay detrás de la pureza? La pureza es una trampa.