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SOSPECHO QUE la literatura francesa tomó cuerpo en los salones y aledaños de la corte versallesca, esto es, en la intriga, en la murmuración, en la media verdad. Aprisionados en un ouroboros donde la menor frase inoportuna podía costar la posición social, aprendieron a ir de costado, a perfilarse, a ser dobles y triples y cuádruples: Tartufo tenía que nacer en Francia. Una de las obsesiones que más me sorprenden de esta literatura con respecto a las demás es la de “el buen gusto”, la medida, el bajo contraste, la eufonía: esa es la razón de que Gide o Valéry no le perdonaran a Victor Hugo el haber existido, porque Hugo es un autor muscular que solo tiene órganos para lo grande y aparatoso, Hugo es el mal gusto clavado en el culo de la literatura francesa, que es una literatura de las élites y para las élites. Los escritores de ese país se fueron formando en las suavidades del estilo, la etiqueta, la cortesía y de la musique avant toute chose. Mientras los demás escritores caminaban, ellos empezaron a patinar; mientras los demás golpeaban, ellos comenzaron a acariciar; mientras los demás decían, ellos empezaron a sugerir: así se forjó la mejor literatura de Occidente.

—¿Mejor que la griega?
—Mejor.
—¿Mejor que la romana?
—Mejor.
—¿Mejor que la inglesa?
—Mejor.