CÓMO SE supera al lector adolescente. Me pregunto. Porque siempre me he tomado el pulso entre los escritores feroces o de más decibelios, al punto de confundir el bien escribir con el escribir intenso, y no ha quedado autor carnívoro ni suicida ni maldito donde no haya posado mis pupilas. Pero en los últimos años los dos escritores que más han crecido en mi estimación han sido Camus y Canetti, dos veganos en comparación con los anteriores, y me pregunto si será que empiezo a comprender a los escritores de la calma, aquellos que saben hacer los lagos mejor que los torrentes, como ordenaba JRJ al poeta verdadero. ¿Estaré ya preparado para leer como un lector y no como un hooligan? ¿Seré capaz de entusiasmarme con el que no exagera? ¿De comprender que la literatura no está obligada a versar sobre cumbres, y no siempre borrascosas? No es que desprecie ahora a los escritores que tanto he amado, no: los sigo amando, pero comienza a romperse la adhesión ciega, que en mi caso era adhesión física, desde que se ha despertado en mí la sospecha de que me hacen trampa. Sigo amando a Propercio o a Catulo, a Marcial o a Quevedo, a Blake o a Hugo, a Lamartine o a Rimbaud, a Pizarnik o a Nietzsche, a Papini o a Neruda, a Cioran o a Plath, pero ahora me ocurre que me revuelvo y me acuso, a veces les acuso ⇒yo les acuso a veces de fingidos ⇒les acuso de eclécticos ⇒les acuso de forzados.