ME GUSTARÍA ser el Aristipo de mi tiempo, ese filósofo hedonista nacido en Cirene (actual Libia) que según Onfray se vestía de mujer e iba por las plazas moviendo el culo y diciendo cosas insólitas en línea pre-Epicuro. Añade Onfray que Platón y sus seguidores no respetaban a Aristipo porque "cómo iban a respetar ellos a un filósofo que se viste de mujer".
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CUANDO SE dice que la razón es una parte de la animalidad, se olvida decir que es una clase de animalidad que mitiga, tutela y hasta se opone a nuestros instintos o emociones, según el caso, y creo que esa es la causa de que muchos filósofos (Platón, Descartes, Kant) cometieran el error de sacarla del cuerpo y la colgaran de las nubes. Un epicúreo, en cambio, enseguida ve que no es obligatorio que la razón ejerza de anti y la pone de acuerdo con la naturaleza y los placeres (con moderación, en el caso de que sea un hedonista ético, como Epicuro, o sin ella, en el caso de que sea un Petronio). Y qué decir de un fascista: para un fascista la razón no tiene que limitar ni controlar nuestros instintos egoístas más básicos, sino espolearlos y llevarlos al triunfo.
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QUE FILÓSOFOS tan diversos como Séneca, Lao-Tsé o Epicuro coincidan en condenar a los charlatanes solo se explica por corporativismo profesional: al filósofo le interesa que la palabra no pierda su capacidad de influir, dirigir, dañar, iluminar, prevalecer, jerarquizar. Al decir el charlatán una cosa ahora y luego otra, al utilizar la conversación para-matar-el-tiempo, al desvalorizar las palabras y por tanto llenarlas de salud, pone en peligro el gigantesco edificio filosófico creado para dominar mediante la espada del lenguaje: el charlatán es la persona-escándalo que le quita el filo a esa espada.
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DICE ONFRAY en su curso de filosofía popular, a propósito de las diferencias entre el pensamiento griego y romano:
Los romanos no son muy estimados; cuando se es un apasionado de la filosofía antigua, se prefiere el griego, que es más vivo, ligero y sutil, más inteligente, más agudo, en fin, con un espíritu de razonamiento, de reflexión y de meditación más importante que el de los romanos, de los que se piensa que solo son capaces de crear el derecho y el imperio, la arquitectura y el urbanismo, y que solo destacan en ese terreno. Se piensa que los romanos tienen una gran preocupación por lo real y una pasión por lo concreto que los aleja un poco de la grandeza filosófica de los griegos, pero este inconveniente es tal vez una ventaja, porque esa gran voluntad pragmática en los romanos hace que se pongan a pensar para ser efectivos. Hubo muchos griegos que lo fueron también, Epicuro en primer lugar, Epicuro también tenía preocupaciones pragmáticas, pero entre los filósofos romanos es algo mucho más manifiesto. No hay grandes metafísicos u ontologistas, especialistas de la cuestión del ser, por ejemplo, entre los romanos.
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SE EQUIVOCAN quienes sostienen que las antiguas obras grecolatinas que se salvaron fueron las mejores y que tanto bárbaros como cristianos y musulmanes, al destruir más del 90% o dejar que se perdieran, vinieron a hacer un donoso escrutinio de las letras, una suerte de antología de lo mejor o más memorable. Al contrario, la razón de que se hayan conservado tantas páginas de Platón o Séneca no se debe a su indudable calidad, sino a que su pensamiento era muy cercano al cristianismo, mientras que la razón de que la obra de Epicuro o de la mayor parte de los filósofos hedonistas o materialistas se haya perdido, incurias aparte, es que era refractaria a esa religión monoteísta. Por otra parte, que se hayan salvado obras como las de Herodoto, Suetonio o Diógenes Laercio no se debe a su reputación como historiadores, que es bastante dudosa, sino a que llenaron sus historias de anécdotas y chismes de lo más divertido. Si estos tres historiadores hubieran cubierto la crisis actual del coronavirus, estoy seguro de que habrían prescindido de cualquier interpretación estructural para entregarse a la rumorología, el morbo y la conspiranoia: contarían cómo los chinos crearon el virus en un laboratorio para destruir Occidente; cómo los médicos dejaban morir a los ancianos y se lanzaban a salvar a los más jóvenes en los tiempos en que faltaban respiradores; cómo Bill Gates metió chips en las vacunas para controlar a la población, etc. No es solo que se haya perdido el 90% del legado grecolatino, sino que el 10% que se ha conservado es muuuy sospechoso, muchas de las obras salvadas llevan grabada la palabra CULPA.
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EN LA epístola 95, Séneca detalla a Lucilio algunos ejemplos del libertinaje al que se habían abandonado los romanos… ¡y también las romanas! Atención a lo que más le molesta a Séneca, el subrayado es mío:
Las mujeres no menos que ellos pasan las noches en vela, no menos se entregan a la bebida y rivalizan con los varones en la palestra y en el vino puro; igualmente arrojan por la boca los alimentos que han ingerido violentando el estómago y devuelven en el vómito todo sorbo de vino; igualmente chupan el hielo para aliviar al estómago ardiente. Ni siquiera ceden a los hombres en cuanto al placer sexual: destinadas por naturaleza a la pasividad del acto han discurrido (¡los dioses y las diosas las maldigan!) una forma tan perversa de desvergüenza que son ellas las que penetran a los hombres.
Claro, si las mujeres empiezan a penetrarnos a nosotros, el edificio de la pasividad femenina se resquebraja y viene el fin del mundo, jajaja. A ver cómo le explicas a un tipo tan rígido como Séneca que el agujero del culo es también un órgano de goce sexual, uno más, y no hay nada malo en utilizarlo, lo mismo ellas que nosotros. Leyendo este texto adivinas el grado de libertad que llegó a alcanzar la mujer en aquella época, además del triunfo de la filosofía epicúrea sobre las filosofías rigoristas. Ya es lástima que la mayor parte de la filosofía hedonista de la Roma Antigua se haya perdido y en cambio los cristianos se dedicaran a conservar todos los Sénecas habidos y por haber.
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...PERO SÉNECA no está en contra de todo tipo de ambición, como sí lo está por ejemplo Chamfort, sino que defiende la literaria, filosófica o artística. En la carta 21 saca a pasear su ego y demuestra que era más que consciente de su estatura como filósofo:
Te contaré el caso de Epicuro. Escribiendo a Idomeneo con el propósito de encaminarle de una vida, atractiva en apariencia, hacia la gloria firme y duradera, así le decía al entonces ministro del poder real, ocupado en grandes asuntos: «Si te atrae la gloria, mis cartas te harán más famoso que todas esas tareas que tanto aprecias y por las que eres tan apreciado».
¿Es que por ventura mintió? ¿Quién conocería a Idomeneo, si Epicuro no lo hubiera introducido en sus cartas? Todos aquellos magnates y sátrapas, y hasta el mismo rey que había otorgado el título a Idomeneo, se perdieron en un olvido profundo. Las cartas de Cicerón no permiten que se borre el nombre de Ático; a éste de nada le hubieran servido su yerno Agripa, el marido de su nieta, Tiberio, o su biznieto Druso César; entre nombres tan ilustres se le silenciaría, de no haberlo asociado a su persona Cicerón.
La inmensa duración del tiempo se abatirá sobre nosotros; pocos serán los genios que levanten cabeza, y aunque abocados a perderse alguna vez en el silencio, común a todos, resistirán al olvido y se sustraerán a él largo tiempo. La promesa que pudo hacer Epicuro a su amigo, esa te la hago yo a ti, Lucilio: alcanzaré el favor de la posteridad y puedo conseguir que otros nombres perduren con el mío.
La ambición literaria yo también la padezco y tengo dudas de que sea buena, pero parece claro que hace menos daño tratar de escribir otra Divina Comedia que tratar de invadir Polonia, y además ya advertía Bertrand Russell: "Quien quiera apartar a los seres humanos de la guerra, trate de encontrar actividades incruentas que la sustituyan".
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LOS ENSAYOS de Montaigne me los leí por primera vez hace diez años y ya me parecieron una obra extraordinaria que, sin embargo, no me llenaba: para mi gusto le sobraban paños calientes y le faltaban esas descargas eléctricas tan estimadas por un lector carnívoro como yo. Pero ahora me los he leído por segunda vez y me he reprochado mi ceguera: este libro es un verdadero caballo de troya contra el dogmatismo, esto es, contra el cristianismo, y se debe leer entre líneas porque los modos con que se dirige Montaigne al lector son los del contrabandista: aunque nos pone en el mostrador a Séneca y Plutarco, los que a menudo le gustan son Epicuro y Pirrón; y aunque nos dice que el cristianismo es la religión verdadera, lo que ocurre realmente es que esa religión está ausente del libro, cuyos modos (relativismo, perspectivismo, egotismo, escepticismo, minimalismo, culto al cuerpo, tolerancia) son una acusación contra ella. Montaigne debía saber muy bien el peligro que corría al coquetear con el epicureísmo: recordemos que comenzó a escribir esta obra en 1572 y todavía en 1600 Giordano Bruno fue quemado vivo por defender la cosmografía de Lucrecio. Tras su muerte sus Ensayos fueron incluidos en el Índice de Libros Prohibidos.
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LA MAGNITUD de Montaigne se prueba en que se sigue discutiendo si fue un estoico, un escéptico o un epicúreo. Parece un contrasentido ser estoico y epicúreo a la vez, teniendo en cuenta que el propio Séneca hablaba de sus lecturas de Epicuro como “incursiones en campamento enemigo”, pero la modernidad de Montaigne consiste precisamente en que consigue hacernos creíbles sus contradicciones: él reivindica su personalidad entera, cambiante, paradójica, y se da derecho a ser estoico los martes, escéptico los miércoles y epicúreo los jueves, dependiendo de las situaciones, las circunstancias o los cambios en su estado de ánimo.
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A Epicuro lo han engrandecido sus enemigos; si no fuera por la histeria de platónicos, estoicos y cristianos, no veríamos en el epicureísmo ningún hardcore sino una filosofía de lo más plana y sensata, con las prohibiciones de toda filosofía que se precie (aunque menos que en los tres grupos anteriores). Veamos todas las actividades que, según el Epicuro que nos ha trasladado Diógenes Laercio, NO puede practicar un sabio:
NO puede odiar
NO puede envidiar
NO se puede enamorar
NO puede charlatanear
NO puede hablar borracho
NO puede entrar ni hacer política
NO puede practicar la mendicidad
NO puede hablar a multitudes
NO puede escribir poemas
NO puede abandonarse a los sueños
Mi problema con Epicuro es que, en su obsesión por no apartarse de los términos medios y entregarse tan solo a los placeres que no entrañen riesgos, acaba pareciéndome muy poco epicureísta. ¿Cómo no se dio cuenta de que entre las manifestaciones más placenteras de la vida figuran la de enamorarse, la de escribir poemas y la de hablar-por-hablar?
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