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PERO QUÉ personaje más grande fue Juan Ramón Jiménez, mezcla de fascinante y mal bicho. En el Borges de Bioy Casares, Francisco Ayala hace un parlamento sobre él que no tiene desperdicio:
Jueves, 16 de agosto de 1956. Por la noche, comen en casa Borges, Francisco Ayala y Lisi justo. Ayala refiere que Juan Ramón Jiménez ha desarrollado últimamente a tal punto su olfato que de pronto dice: «Ahí viene Gómez con sus botas», y efectivamente, a los diez minutos llega Gómez, con sus botas de cuero de Rusia. Ayala: «Al único colega que soporta es a su enemigo, don Federico de Onís. Lo soporta —o lo soportaba— porque no huele a jabón. Cuando supo esto Onís, tomó una determinación heroica y se bañó. El olfato de Juan Ramón se extiende hasta lo inconcebible. Uno lo llama por teléfono. El poeta se queja: “¿No sabe usted lo malo que me pone el cigarro?”. “¿Pero por teléfono, Juan Ramón?”. “A ver, no me va a decir que usted no está fumando”. Y efectivamente, uno está fumando. Ya no dicta clases, lo que es un alivio para la Universidad. Empezó con mucho empuje, queriendo dar dos cursos, uno de poética y otro de Historia literaria. En ambos dio siempre la misma clase, en que atacaba a la misma gente: “¿Azorín? Buen sinvergüenza es Azorín. Un vendido. ¿Y Unamuno? Un genuflexo. ¿Y el delicado poeta Antonio Machado? Un hombre que vivía en medio de la mugre. Como nunca en la vida se había descalzado, la suela y las plantas de los pies se le habían unido. Estaba herrado y caminaba como un ánade”».
Y unos meses después, tras recibir Juan Ramón Jiménez el premio Nobel, Borges recuerda sus maledicencias, mira quién habló:
Sábado, 27 de octubre de 1956. Hablamos del Premio Nobel, [...] Borges recuerda que hablaba mal de casi todos sus compatriotas: «Decía: “No se podía visitar a Pérez de Ayala. Tenía la casa adornada con jamones y chorizos”, o: “No se podía visitar a Azorín. Tenía en la mesa de luz un cenicero con un Quijote de metal, de cincuenta centímetros de alto”, o: “En casa de Antonio Machado no pude sentarme en la silla que éste me ofrecía porque en ella había quedado olvidado, de varios días probablemente, un huevo frito”».

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HABLANDO DEL Borges de Bioy, el 22 de diciembre de 1964 el propio Bioy Casares arremete contra el principal problema de la literatura española, que es más problema por cuanto los autores españoles no lo consideran como tal:
Le digo a Borges que en las Memorias de un cortesano de 1815 encontré párrafos en que Galdós, borracho por el idioma, se aparta del tema, de la psicología del narrador. Padece de la misma incapacidad nacional para contar las cosas llanamente, con un idioma que sirva de medio de comunicación; invisible y adecuado. Por momentos desaparece el cortesano de 1815 y aparece el literato, aparece Larreta, aparece el padre Mir. Yo no esperaba eso de Galdós. Mis recuerdos eran de una pobreza llana.
Sobre este tema del que ya he hablado mucho, pienso en Baroja y Unamuno. Sabido es que Baroja y Unamuno nacieron en dos ciudades vascas, San Sebastián y Bilbao, que, aunque de clara filiación española (lo eusquérico está en los pueblos), les impidieron aprender y aprehender un buen castellano. Los dos tienen además, o como consecuencia, el oído muy duro para el idioma. Esta aparente desventaja, sin embargo, en ellos se convirtió en una ventaja, porque casi son los únicos clásicos de la literatura española (con Julio Camba) que, como desconfían de sus facultades como artífices del lenguaje, no se ponen a llenar de vegetación sus textos. A menudo se dice que Baroja y Unamuno son grandes “a pesar del estilo”: yo digo que gracias a sus estilos, que son dos estilos de la eficacia, llegaron a ser escritores notables, frente a la incontinencia palabrera de la marabunta.

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IBA A decir que el punto superior que tiene el Borges de Bioy, con respecto al Goethe de Eckermann y el Johnson de Boswell (quede claro que los tres libros me parecen un monumento), es que Bioy mantiene con el protagonista una actitud digna e incluso inter pares, frente a la clara relación arriba/abajo de los otros dos, pero pensándolo bien al final me he dicho: ¿en qué parte del libro, vamos a ver, Bioy se atreve a llevarle la contraria a Borges? Solo me he acordado de un momento (habrá más, claro), cuando Bioy le dice a Borges que detesta a Unamuno (a Borges le gustaba el bilbaíno más veces de las que lo criticaba) y que en cambio estaría dispuesto a ser miembro de una Sociedad de Amigos de Baroja, escritor al que el autor de El Aleph consideraba un zoquete: ahí se acaban todas las discordancias que recuerdo en 1663 páginas, si bien en la próxima lectura hago propósito de buscar más puntos de opinión disímil. También en las últimas páginas, a raíz de que Borges le abandonara, Bioy parece un poco resentido... ¡pero todo su resentimiento lo gasta contra María Kodama, a la que viene a hacer responsable de su ruptura! Comprendo sin embargo a Bioy porque a mí me pasa lo mismo: es muy difícil conducirte contra alguien al que sigues admirando. 

Aclaro que el “Borges” yo no lo veo como una traición/venganza de Bioy a su amigo, como denunció Kodama, sino como un pedazo de homenaje de 1663 páginas, donde se puede seguir la trayectoria de las opiniones borgeanas durante cuatro décadas, libro que supera con mucho al Borges entrevistado por Carrizo, Alifano, Buckley, Queralt, Burgin, Ferrari, etc, que es un Borges que no me gusta porque las entrevistas son muy cortas y en ellas abusa de la ocurrencia gratuita, en la que a pesar de ser muy celebrado nunca pasó de ser un subWilde. El Borges oral de calidad, que vuelve una y otra vez a los mismos autores pero con detalles diferentes, está en las treinta horas de lectura de este libro magno de Bioy.

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EN THREADS pululan turbas de talleristas que siguen con la matraca de que un escritor no puede cometer redundancias (cuando el propio Cervantes escribe "subir arriba" o "bajar abajo" como recursos de intensificación), o no puede repetir la misma palabra en el mismo párrafo (como hacen Baroja o Bolaño a sabiendas), o no puede cometer asonancias o cacofonías. A esto último les he contestado con este fragmento de un artículo de Unamuno del 5 de mayo de 1913, titulado "Orfebrería literaria", y, como decía mi padre, se han quedado "borrados":
Todo esto de las cacofonías y las asonancias y demás bobadas no son más que eso: bobadas. ¿De dónde has sacado que el repetir una misma sílaba en pocas palabras es cacofónico? Tonterías de preceptivos que, no teniendo nada que decir, inventan dificultades técnicas artificiosas para atribuirse el mérito de vencerlas. La mayor parte de esas reglas que se dice fundadas en principios intrínsecos de buen gusto, no son tales. Se han hecho un oído preceptivo, artificioso, y están sordos por dentro. Y no quiero decir sordos a la idea, al pensamiento desnudo de lenguaje –si es que tal cabe–, sino sordos a la música íntima, a la entrañada armonía, y armonía acústica, por supuesto. Porque hasta como música, esa prosa de ebanistería es insoportable. Y monótona. Se oye en ella el chirrido de la muñequilla, que da dentera. ¡Que se te quite la manía de la perfección, hombre! Sin andas con eso de la perfección, acabarás por no hacer nada vivo. Y lo que no es vivo, ni se tiene en pie ni dura.

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JUAN RAMÓN Jiménez cada vez me cae mejor, pero tengo que reconocer que debió de ser un personaje total con el que era mejor guardar distancia, porque en asuntos de rencores era otro nivel. Invitado por la universidad de Maryland a que diera clases de historia literaria, sobre 1945, cuenta Francisco Ayala que el poeta de Moguer dedicaba sus clases a meterse siempre con los mismos:
¿Azorín? Buen sinvergüenza es Azorín. Un vendido. ¿Y Unamuno? Un genuflexo. ¿Y el delicado poeta Antonio Machado? Un hombre que vivía en medio de la mugre. Como nunca en la vida se había descalzado, la suela y las plantas de los pies se le habían unido. Estaba herrado y caminaba como un ánade.


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ES PROPIO de la literatura culta del siglo XX evitar las conclusiones, el remate final, mucho más la moraleja, y dejar abierto el relato, la novela o el poema. Pero este procedimiento es contrario a nuestra realidad más patética, que nos indica que los seres vivos nacemos, nos desarrollamos y morimos, poniéndose a favor de los autores antiguos del planteamiento-nudo-desenlace. Con razón Unamuno y Canetti se oponían a la muerte: ella es la que garantiza que el círculo siempre fracase ante la línea recta.


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EN UN artículo de Unamuno recogido en En torno a las artes, se adjunta esta respuesta que dio Giosuè Carducci a los que sostenían que los poetas, por serlo, no deben acercarse al pragmatismo de los asuntos públicos:
Echándonos en cara, como calificación de inhabilidad política, el nombre de poeta, los adversarios muestran no conocer otra poesía que la de la Arcadia. Y no recuerdan qué temple de ciudadanos fue John Milton, que hizo con poderosos escritos la apología del pueblo de Inglaterra contra las usurpaciones de Estuardo. Y no recuerdan que Alemania mandó discutir al Parlamento de Francfort las leyes de su Constitución nacional a Uhland, por el mérito de haber gloriosamente cantado las tradiciones y las aspiraciones de su pueblo y doctamente ilustrado la historia de la poesía alemana; y el noble y viejo poeta fue parejo a su gloria y digno de la confianza de la patria, soportando, magnánimo, los malos tratos de la violencia militar que disolvió los últimos avances de la Asamblea Nacional. Y no recuerdan que, caída en la ignominia por los errores de un doctrinario, Guizot, la monarquía burguesa de Luis Felipe, un poeta, Lamartine, opuso por días enteros su elocuencia y el pecho a los furores de la plaza, y con riesgo de la fama y de la vida, salvó al menos el honor francés y la bandera tricolor. Y en Italia, por haber hecho versos que no desagradan, ¡se nos querían quitar los derechos civiles! ¡En Italia! Presiento lo que puedan oponerme los adversarios: "Pero tú no eres Milton, ni Uhland, ni Lamartine". ¡Ni vosotros que echáis del Estado a los poetas sois platones!


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EN LA página Tendencias gitanas de Instagram recuerdan el antigitanismo de Unamuno. En una entrevista concedida dos meses antes de morir, a la pregunta también racista sobre si la herencia bereber era responsable del guerracivilismo español, contestó:
Es posible, pero otra sangre corre también en nuestras venas. De ésta no se habla nunca. Pero, para mí, tiene una gran importancia en la formación de nuestra raza y de nuestra mentalidad: es la sangre de los gitanos, esta población errante, de herreros, de paragüeros, de mercaderes de caballos, de cesteros, de adivinadoras, que se encuentran por todas partes en este país, incluso en el pueblo más pequeño. Estos gitanos tienen instintos primitivos, inhumanos, antisociales, y estoy persuadido de que es por ellos, sobre todo, que una herencia cruel se ha introducido en nosotros. 


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LA ADVERTENCIA famosa de Unamuno a los diaristas, la de que se cuiden de no invertir el proceso de escritura y, en lugar de llevar un diario para escribir sus vidas, acaben viviendo para escribir en sus diarios, es una advertencia válida también para los otros géneros autobiográficos de la literatura: cuídese el poeta de no falsificarse para salir guapo en el poema, cuídese el articulista, cuídese el memorialista. Pero siendo un consejo nutritivo, no deberíamos llevarlo al extremo, pues en la literatura lo genuino, lo natural o lo verdadero nunca pueden ser completos al ciento por ciento. El propio lenguaje es algo aprendido; la literatura, un palimpsesto; la escritura y el alfabeto, dos invenciones: es inevitable que se nos cuele un porcentaje de artificialidad en nuestros escritos. Si comenzáramos una batalla por ver quién es el más puro, el más natural o el más sincero, podría aparecer algún aborigen de una tribu perdida y decirnos: “Más puro y auténtico soy yo, que ni sé leer, ni sé escribir y se me está olvidando hablar”.

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TODO PAÍS se dota de un equipo de patrioliteratos, críticos profesionales o no (pienso en Menéndez Pelayo, en Menéndez Pidal, en Gregorio Marañón, en Salvador de Madariaga, en Dámaso Alonso), que, después de unir con loctite a los escritores según los kilómetros cuadrados donde han nacido, y formados ya los equipos, se dedican a destacar las cualidades del equipo previamente definido como propio contra las del equipo restante, que es todo el mundo. El problema de estos críticos de bufanda, cuyas opiniones conocemos de antemano (la literatura de mi país es la reoca y tal), es que sus opiniones no siempre coinciden con las de los grandes escritores de la época, que leen atendiendo no al prejuicio patriótico sino a los valores literarios. Dejo de muestra algunos botones sobre lo que dijeron ciertos escritores hispánicos, casi todos del siglo XX, acerca de la literatura española:
 
ANTONIO MACHADO: "Yo creo que la lírica española (con excepción de las coplas de don Jorge Manrique) vale muy poco, poquísimo; vive no más que por el calor que le prestan literatos, eruditos y profesores de retórica (calor bien menguado). No es ésta una impresión sino una opinión madura. He dedicado muchos años de mi vida a leer literatura nuestra. Hay poesía en el poema del Cid, en Berceo, en Juan Ruiz y, sobre todo, en romances, proverbios, cuentos, coplas y refranes. Entre Garcilaso, Góngora, fray Luis y san Juan de la Cruz pueden reunir hasta cincuenta versos que merezcan el trabajo de leerse. La mística española no vale nada por su lírica. Es en vano que Menéndez Pelayo nos diga que los versos de fray Luis traen un sabor anticipado de la gloria. Los versos de fray Luis no anticipan absolutamente nada, recuerdan con cierta gracia algunas cosas y torpemente otras. La lírica española no tiene una vena propia ni nunca se abrevó en el agua corriente. El árbol de nuestra lírica sólo tiene una fruta madura: las coplas de don Jorge. Es en vano que se reproduzcan en las antologías las odas de Herrera, donde hay trozos de Biblia con versos dignos de Cazuela o que nos diga que Garcilaso es un gran poeta a pesar de no tener nada propio. La crítica está llena de supersticiones que se perpetúan por falta de esa curiosidad por lo espiritual, yo diría por falta de amor a las cosas del espíritu. Porque es el amor y, sobre todo, la pasión lo que crea la curiosidad. Dejamos que Menéndez Pelayo o don Juan Valera, o don Perilo López nos evalúen nuestra literatura y descansamos en la autoridad de ellos por falta de amor a esas cosas; no acudimos a formar ideas propias porque no nos interesan ni apasionan. En cambio, los aficionados a toros no se contentan con la opinión que les dan los revisteros, acuden a la plaza y luego discuten por milímetros la estocada del diestro H o X".

ALEJANDRA PIZARNIK: “Abandono la lectura de la Antología de G. Diego. Mi deseo de ser Octavio Paz es un absurdo, a mí me cuesta adquirir una cultura enciclopédica. A él no le cuesta nada porque es un intelectual nato. Por otra parte, la lectura de los españoles sólo puede darme esa falsa soltura que los vuelve formales y vacuos. De algún modo es una suerte mi incultura españolizante”.

LEOPOLDO LUGONES: "¿Qué lee? ¿Azorín? ¿Por qué no lee libros montenegrinos? Usted tiene que leer una gran literatura. La española es una pequeña literatura regional, como la búlgara".

VICENTE HUIDOBRO: “Cuando llegué a Chile me propuse volver a estudiar el castellano que en mis años en Francia había descuidado. Leí a todos los que pasan por los mejores españoles, tanto en prosa como en verso. Te juro que me daba vergüenza y que me sonrojaba como si yo hubiera escrito lo que leía. ¡Qué cosa lamentable, fofa, hueca, tontamente artificial! Jamás nada profundo, ni fino, ni propio de una alta imaginación o de un cerebro serio. Y esto porque todo se va en la preocupación retórica, en las sonoridades, en la palabrería”.

SALVADOR PÁNIKER: "A veces pienso que de esa gente, los españoles, hay que leer solo lo imprescindible. Justo para no perder el ringorrango del idioma".

JORGE LUIS BORGES: “Afirmar una ya conseguida plenitud del habla española, es ilógico y es inmoral. Es ilógico, puesto que la perfección de un idioma postularía un gran pensamiento o un gran sentir, vale decir una gran literatura poética o filosófica, favores que no se domiciliaron nunca en España”.

JUAN BENET: "En este país no ha habido, yo creo que desde el siglo XIX, novela de aventura, novela de misterio, novela del mar –excepto Baroja–, ni novela de imaginación; y, si me apuras, ni novela de pasión. No ha habido más que estampas de la vida familiar, de la vida provinciana, de la vida en el campo y de la vida en la oficina. Y poco más que estampas. A mí no me interesa. Cambio todo Galdós por una novela de Stevenson. Lo que hacía Fortunata por la calle Mayor no me ha interesado nunca, absolutamente nada".

VICENTE HUIDOBRO: “Recuerdo que hace años hablábamos en un Café en Madrid sobre novela. Yo hablaba de Gide, de Proust, de Lawrence, de Joyce y otros que ahora no recuerdo. Uno de los allí presentes (que fue amigo tuyo y mío en París) exclamó, casi como herido: “Hace una hora que Huidobro habla de la novela y no ha nombrado a un solo español. ¿Y nuestro Baroja?” Esto con la intención como de desenmascararme; como diciendo: está bien, manifiesto que Huidobro es un antiespañol. ¿Qué puedes contestar tú a eso? ¿Es culpa mía que sea ridículo nombrar a Baroja cuando se está hablando de los más grandes novelistas del mundo? ¿Tengo yo la culpa de que España no pueda presentar ninguna figura de la talla de esos nombrados más arriba? Sería más lógico pensar que yo preferiría mil veces que Gide, Malraux, Lawrence, Joyce fueran de nuestra lengua y no de cualquier otra. Yo les regalaría volando a Baroja, a Pérez de Ayala y sus fraternos, a Francia o a Inglaterra a cambio de los otros. ¡Qué maravilla si los más grandes alemanes o suecos o de cualquier país escribieran en español! No se podría pedir más. ¿Con qué derecho suponen que el constatar que los escritores de otros países son superiores supone mala voluntad y no amor a la verdad? ¿Por qué no ver más bien que esa constatación supone dolor y que querríamos que no fuera así? ¿O es necesario mentir por patrioterismo o espíritu de adulo y gritar que todo lo nuestro es mejor aunque no lo sea? ¿Pero vamos a engañarnos a nosotros mismos? ¿Vamos a encontrar satisfacción en nuestras propias mentiras? Y aún suponiendo que a uno le irritara el que otros países produzcan más altos escritores que España, ello encerraría amor a España y no odio. No nos irritamos si la Conchinchina no produce escritores".

DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO: “Las diferencias ortográficas entre España y las colonias no son un gran inconveniente; como allí no leemos libros españoles; como ustedes no tienen autores, ni escritores, ni sabios, ni economistas, ni políticos, ni historiadores, ni cosa que lo valga; como ustedes aquí y nosotros allá traducimos, nos es absolutamente indiferente que ustedes escriban de un modo lo traducido y nosotros de otro”.

JORGE LUIS BORGES: "España ha producido quizás un solo hombre de genio, Cervantes. Y supongo que a los demás se les puede olvidar, seguramente. Yo al menos los olvido".

PÍO BAROJA: “Yo no sé qué tiene nuestra literatura para ser tan desagradable. No hay blandura de corazón en nuestros escritores, ni en los antiguos, ni en los modernos, ni en los del Norte, ni en los del Mediodía, ni en los de Levante, ni en los de Poniente. Todos son unos”.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "La literatura y el arte contemporáneos españoles de calidad —rejionales de Europa; provincianos del mundo— no son universales, sino nacionales. Hay que interesarse en España para interesarse en ellos".

VICENTE HUIDOBRO: "Escribir bien, para un español, es escribir como se escribía antes. Por eso la literatura española tiene tan poca vida. No han producido nada en una cantidad de ramas y subramas de las letras. No tienen un solo gran dramaturgo, ni un novelista de primer plano, ni un sicólogo, ni un gran pensador. No hay en España un Dostoievski, ni un Gogol, ni un Tolstoi, ni un Stendhal, ni un Balzac, ni siquiera un Proust, ni un Meredith, ni un Goethe, ni un Hölderlin, ni un Nietszche, para no nombrar sino autores de todos conocidos. Lo mejor que ha tenido la literatura española en los últimos tiempos es acaso Valle-Inclán, a pesar de su voz engolada. No hubo en España un Victor Hugo, un Musset, un Baudelaire, un Rimbaud, un Lautréamont, un Mallarmé, ni nada comparable. Mientras Inglaterra poseía un Byron, un Shelley, un Blake, España no tenía sino un Zorrilla, un Espronceda, un Núñez de Arce o novelistas como el señor Pereda, que todavía se atreven a editar los editores hispanos. Frente a esas montañas, unos tres o cuatro melones huecos. Desde el Siglo de Oro, las letras españolas son un desierto intelectual hasta Rubén Darío. Ésta es la verdad, la muy triste verdad".

JUAN BENET: "La gran novela se convierte en una cosa tan indispensable como las fuerzas armadas, la marina mercante o la red telefónica, un índice del país. Esa clase de patriótica convicción –incluso compartida por aquellos que han renunciado a vivir en un país influyente pero todavía alimentan la esperanza de que pueda producir genios–, que no podía sufrir que España no contribuyese a la gran corriente naturalista con un nombre señero, es la responsable no solo de haber elevado a Galdós a un altar ridículo, sino también de ese desmedido afán por encontrar al gran hombre de letras que nos redima de la insoslayable decadencia".

JOSÉ DONOSO: “Los caballeros que escribieron las novelas básicas de Hispanoamérica y gran parte de su prole, con su legado de vasallaje a la Academia Española de la Lengua y de actitudes literarias y vitales caducas, nos parecían estatuas en un parque, unos con más bigote que otros, unos con leontina en el reloj del chaleco y otros no, pero en esencia confundibles y sin ningún poder sobre nosotros. Ni d’Halmar ni Barrios, ni Mallea ni Alegría, ofrecían seducciones ni remotamente parecidas a las de Lawrence, Faulkner, Pavese, Camus, Joyce, Kafka. En la novela española que el magisterio solía ofrecernos como ejemplo, y hasta cierto punto como algo que nosotros podíamos llamar “propio” —Azorín, Miró, Baroja, Pérez de Ayala—, también encontrábamos estatismo y pobreza al compararlos con sus contemporáneos de otras lenguas”.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "ESPAÑA, país realista. Casi toda su producción literaria, artística, es realista. Ni ciencia ni abstracción por falta de respeto, silencio y bienestar. Los místicos, escepción única, tenían celda, comida necesaria y respeto, porque su espiritualidad era relijiosa, única salida espiritual tolerada en España. Lo moderno es realista también. Cuando un poeta -yo- pretende subir a otro plano más alto, no lo ven, no lo miran".

ROBERTO BOLAÑO: “La literatura argentina es, probablemente, la mejor literatura en español del siglo XX”.

LUIS CERNUDA: "Azorín, Valle-Inclán, Baroja, ¿qué es eso? ¿Qué me importa toda esa estúpida, inhumana, podrida literatura española?".

JORGE LUIS BORGES: "La Literatura española... Trataré de decirlo cortésmente: empieza espléndidamente con los Romances, que son realmente lindísimos. Luego vienen escritores admirables, como Fray Luis de León, que para mí sigue siendo el mejor poeta castellano. Y San Juan de la Cruz. Y así llegamos al Quijote, que creo que es un libro realmente inagotable, sobre todo la segunda parte. Pero después ocurre algo que ya se nota en dos hombres de genio, como lo son Quevedo y Góngora: todo se torna rígido. Uno tiene la impresión de que ya no hay caras, sino máscaras. La culminación de este fenómeno se da en Baltasar Gracián, donde no se siente ninguna pasión ni sensibilidad. Es un mero juego de formas, como el cubismo o la literatura de Joyce... Luego tenemos el siglo XVIII, muy pobre. Y el movimiento romántico, donde España sirve para inspirar a todo el mundo, menos a los españoles. Solamente queda Bécquer: una réplica débil del primer Heine... Luego de este panorama general, ocurre un hecho que creo que no se debe ocultar: cuando todo se renueva, sobre todo por influencia de Francia (la obra de Hugo, de Verlaine, de Poe -Poe también nos llegaba de Francia, porque entonces Francia era la forma para que se pudieran comunicar dos países americanos-), esa renovación se hace desde este lado del Atlántico y no desde España. Si usted piensa en Rubén Darío, en Freire, en Lugones: son poetas no inferiores y ciertamente anteriores a los Machado y a Juan Ramón Jiménez".

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ: "Desde mi primera juventud sentí un despego instintivo -que luego había de ser antipatía conciente- por la literatura clásica castellana. Lo que yo sentía ya en mí -afán espiritual e ideal- no lo encontraba en nada de ella, y anteveía vagamente, por atisbos y deducciones, que estaba en otras literaturas -en la inglesa, la alemana, la francesa-. La literatura inglesa me atrajo siempre especialmente y puede decirse que mi primera grande admiración fue después de leer "Hamlet", en edición francesa.

La literatura castellana: retórica y realismo, sin más, si se exceptúa algo del Quijote.

Góngora, sí. Algo universal de Bécquer. Y nada más. Siempre odié a los románticos nuestros, tan pobres. ¡Y no digo nada a Núñez de Arce, Campoamor, etc.! ¡Dioses de aquellos días!".

MIGUEL DE UNAMUNO: "Nuestra literatura, tomada en conjunto, es sencillamente insoportable; nuestros clásicos son unos charlatanes que diluyen en un tonel de agua insípida una píldora de filosofía casera que sabe a garbanzo revenido. Fuimos siempre, y no sé por cuánto tiempo más lo seguiremos siendo, un pueblo de inteligencia, por esencia, presencia y potencia, ramplona".


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LA LEY Mordaza o similares son funestas porque el escritor no necesita solo libertad sino sobrelibertad: el escritor es un tipo que llega a los límites y se complace jugando con ellos, es alguien que conserva su primate fresco y necesita dar un puñetazo en la mesa de vez en cuando para afirmar su existencia y explorar nuevas vías de expresión. Desde Byron, desde Baudelaire, el escritor incorpora la barbaridad diogenesca a su tarea creativa (pienso en Wilde, en Schopenhauer, en Nietzsche, en Rimbaud, en Breton, en Artaud, en Papini, en Cioran, en Mishima, en Bukowski, por decir algunos casos estruendosos), por lo que salirle al paso con leyes coercitivas es cargarse algunas de las páginas o boutades más sabrosas de la escritura moderna. La barbaridad no sale gratis, ojo: cuando Nietzsche dice “Dios ha muerto”; cuando Unamuno dice “Que inventen ellos”; cuando Sontag dice “La raza blanca es el cáncer de la humanidad”, sus palabras pensadas como flechas se convierten en boomerangs que regresan cargadas de rechazo hacia sus autores, pero ese debe ser el único castigo si no queremos que se empobrezca el campo de la expresión o el pensamiento; si no queremos limitar a los escritores dentro de un sentido común que no es más que el catecismo rebañiego del momento. Esta sobrelibertad de expresión no la pido solo para los escritores sino para todos, naturalmente, pero incido en los escritores porque son los que más la necesitan. Es propio del escritor que de tanto conducir con las palabras empiece a gustarse y a hacer motocross con ellas, por lo que no se puede pedir que vaya despacio a un tipo que necesita derrapar.


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CON TODO, el filósofo más hijoputa con las moscas no fue Spinoza sino don Miguel de Unamuno, como relata en Recuerdos de niñez y mocedad, agarraos que vienen curvas:
La caza de la mosca es una distracción tan inocente como amena, ya sea al vuelo, ya sorprendiéndolas al ir a remontarlo, ya poniendo un poquito de azúcar en la yema de un dedo y esperando a que se engolosinen para prenderlas por las patas. Si bien esto más tiene de pesca que no de caza.

Y una vez cazada ¡qué de aplicaciones festivas no tiene la mosca! Se puede colocarles en el trasero un rabito de papel dejándolas luego libres para que vuelen con su apéndice y se posen en la mesa del maestro o en su cabeza acaso. Arrancándoles las alas se les puede hacer maniobrar en una especie de circo formado entre cuatro libros, y allí pasar la maroma y subir la cucaña. Sujetando a dos de ellas a sendos palos y poniéndoles en las patas delanteras, sus manos, sendos palillos a guisa de espadas, hacen la esgrima que da gusto verlo. Arrancándoles la cabeza, poniendo ésta en un papel, doblándolo sobre ella y apretando, forma con la sangre muy lindos dibujos caleidoscópicos.

Pero el juego más sorprendente a que se presta la mosca es el de hacerla servir de oculto motor de una pajarita de papel. Con un papelillo de fumar se hace una pajarita de una sola doblez y entre las patas se le coloca una mosca sujetando a aquéllas las alas de ésta con dos pintitas de cera, y luego la mosca arrastra a la pajarita, y si se la coloca sobre un suelo oscuro no se ve la trampa y es juego de grandísimo efecto, pues no cabe mayor propiedad ni mayor espontaneidad en la manera de andar del artefacto. Con este juego he logrado sorprendentes efectos, incluso en personas mayores. Alguna de ellas se asombró de un modo indecible y si no examina el mecanismo, no duerme aquella noche cavilando en ello. En cambio jamás he engañado con ello a niño alguno.


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EXISTEN CHISTES sobre escritores, naturalmente. Este sobre Unamuno que le contó León Felipe a Alberti y que sale en La arboleda perdida me parece buenísimo:
Unamuno, cuando llegó por vez primera de su País Vasco a la meseta de Castilla, quiso advertir a Dios de su presencia en medio de la solitaria llanura.

—¡Dios, Dios, Señor, Dios, que ha llegado Unamuno! Soy Miguel de Unamuno. ¡Aquí estoy!

El cielo estaba negramente nublado; sólo se oía un gran silencio. Unamuno no cesaba de repetir:

—¡Dios, Dios, escucha, que ha llegado Unamuno!

Entonces, descorriendo las nubes, apareció una inmensa mano y, tras ella, un poderoso brazo, oyéndose, a la vez que le mandaban un gigantesco corte de mangas a Unamuno, el rugido de Dios que decía:

—¡Anda y que te den por el culo!


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ENTRE LAS egolatrías de los escritores hay muchas de cinco estrellas, por ejemplo esa de Nietzsche proponiendo publicar un millón de ejemplares de “El Anticristo” en cada idioma para desatar de inmediato una guerra mundial; o esa de Huidobro prometiendo matar a Dios con su pistola “en el caso de que exista”; o esa de Juan Ramón Jiménez cortando su amistad con Jorge Guillén porque este, en la revista Los cuatro vientos que dirigía, publicó los poemas de Unamuno por delante de los suyos; o esa de Victor Hugo preguntando a Jesucristo en una reunión espiritista si era lector de sus poemas; o esa de Truman Capote presumiendo falsamente de que Albert Camus “estaba loco por acostarse con él”, pero si me tuviera que quedar con UNA sola, me quedaría con esta protagonizada por Ernesto Sabato, otro ególatra de Champions League (él mismo hacía bromas sobre ello). La anécdota la cuenta Juan Cruz en Egos revueltos. Estaban Carlos Fuentes, Sabato y otros escritores latinoamericanos en La Coupole, París. Fuentes tomó la palabra y se puso a disertar sobre los escritores argentinos. Al final remató:

—Para mí, los mejores escritores argentinos son Borges, Cortázar y Sabato. 
Nada más escuchar la frase, Ernesto Sabato abandonó la mesa indignado y, mientras enfilaba la puerta de salida del café, le gritó a Fuentes:

—¡Gracias por ponerme en último lugar!

Mientras Fuentes, que iba tras él con la intención de congraciarse, le decía:

—¡Es que era por orden alfabético!




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PIENSO AL hilo de esto en el caso Unamuno. Cuando Juaristi publicó aquel libro sobre el escritor bilbaíno (que no me he leído, pero leí cosas sobre la polémica que se formó en torno a él), donde decía que los terroristas etarras habían leído mucho al primer Unamuno, me quedé muy sorprendido: ¿Unamuno, lectura de cabecera de los miembros de ETA? Había frecuentado bastante al autor de Abel Sánchez, quizá es el autor de la generación del 98 que más he leído, y me había quedado la impresión de autor españolísimo, del mismo nivel que Marañón, Madariaga o los dos Menéndez (Pelayo y Pidal). Sin  embargo, cuando me puse a leer Recuerdos de niñez y mocedad, en el capítulo V me encontré con esto:
Al poco de acabar yo mi primer año de bachillerato, el 21 de julio de 1876, siendo Cánovas del Castillo presidente del Consejo de Ministros, se dictó la ley abolitoria de los Fueros, cesaron las Juntas Generales del Señorío en Guernica, se empezó a echar quintas, se estancó el tabaco, etc. Y en medio de la agitación de espíritus que a esa medida se siguió fue formándose mi espíritu.
De aquí mi exaltación patriótica de entonces. Todavía conservo cuadernillos de aquel tiempo, en que en estilo lacrimoso, tratando de imitar a Ossian, lloraba la postración y decadencia de la raza, invocaba al árbol santo de Guernica —a su santidad general para los vascos se unía para mí entonces la especial de que a su pie, en Guernica, vivía la que luego fue y es mi mujer— evocaba las sombras augustas de Aitor, Lecobide y Jaun Zuría y maldecía de la serpiente negra, que arrastrando sus férreos anillos y vomitando humo, horadaba nuestras montañas trayéndonos la corrupción de allende el Ebro.
Y siempre que podíamos nos íbamos al monte, aunque sólo fuese a Archanda, a execrar de aquel presente miserable, a buscar algo de la libertad de los primitivos euscaldunes que morían en la cruz maldiciendo a sus verdugos y a echar la culpa a Bilbao, al pobre Bilbao, de mucho de aquello. Un cierto soplo de rousseaunianismo nos llevaba a perdernos en las frondosidades de la encañada de Iturrigorri, hoy echada a perder por el fatídico mineral.
Y recuerdo una puerilidad a que la exaltación fuerista nos llevó a un amigo y a mí, puerilidad que durante años hemos tenido callada. Y fue que un día escribimos una carta anónima al rey don Alfonso XII increpándole por haber firmado la ley del 21 de junio y amenazándole por ello. Pusimos en el sobre: «A S. M. el rey don Alfonso XII.—Madrid», y al buzón la carta. Y cuando poco tiempo después llegó a Bilbao la noticia del atentado de Otero u Olivia —no recuerdo de cuál y ahora no voy a ponerme a comprobarlo— nos miramos a la cara mi amigo y yo aterrados.
En aquel muelle del Arenal, frente a Ripa, ¡cuántas y cuántas veces no nos paseamos disertando de los males de la Euscalerría y lamentando la cobardía presente! ¡Cuántas veces no echamos planes para cuando Vizcaya fuese independiente!
¡O sea que Unamuno sintió la pulsión indepe en su adolescencia, años antes de que Sabino Arana la convirtiera en programa, partido y bandera! ¡Lo dice él mismo!

Vaya, vaya, vaya.



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¿Y QUÉ sucedió para que Unamuno pasara tan rápido de la caja Euscalerría a la caja España, de protoindepe vasco a superpatriota español? Voy a ser un poco mala a la hora de explicar esto.

Sucede que Unamuno es un gran escritor. Tan grande que fue admirado por autores de cinco puntas como Hermann Hesse, Giovanni Papini, Elias Canetti o Mircea Eliade. Tan bueno que cuando murió, el propio Borges escribió un artículo donde decía: "Ha muerto el primer escritor de nuestro idioma". Hasta sonó varias veces para el Nobel. Pero Unamuno, ya en su época, no podía competir con los verdaderos monstruos universales, ni de la filosofía ni de la literatura, y con los años se ha quedado reducido a un fenómeno español, como mucho hispánico. A Unamuno le quedaba muy pequeña la caja Euskadi y muy grande la caja Universo: la caja que le sentaba bien a Unamuno, aquella que le beneficiaba, era la caja España.

La caja España, con los medios de comunicación, las escuelas públicas y las lecturas obligatorias de un cogollo selecto de escritores, es una caja que te quita de en medio a los escritores locales/regionales, bien sean bilbaínos, vizcaínos o vascos (Trueba, Zunzunegui, Maeztu, Bueno, Salaverría, Larrea, Aldecoa...), que son inferiores a Unamuno pero no por ello quiere decir que sean de mala calidad o no sean dignos de leerse; y por otra parte te pone por encima de escritores universales que son superiores a ti, que han alcanzado mayor penetración e influencia en el mundo. ¡En España es más importante Unamuno que Nietzsche, Heidegger o Wittgenstein, es que el chiste se cuenta solo! ¡Cómo no se iba a echar Unamuno en brazos de una caja que le quitaba a los rivales que tenía por debajo y a los que tenía por encima! ¡Es el crimen perfecto!

Otro tanto sucede con los autores de izquierdas (algunos dejaron de serlo) que denuncio: si no arremetieron nunca contra el privilegio España, es porque ese privilegio les favorecía también a ellos. Mientras no haya una secularización del territorio, lo nacional seguirá invadiendo tanto lo que está por debajo como lo que está por encima, y el escritor que alcanza el rango de nacional se verá beneficiado: en el momento en que empiezas a escribir en El País o El Mundo, o sales en la Cadena Ser, COPE, TVE, o publicas en las cuatro o cinco editoriales top..., adquieres una altura que no te mereces, una altura que no procede de tu calidad sino del formato. Por eso no sorprende y es hasta gracioso comprobar que, cuando aparecen problemas que afectan a la propia esencia de la fórmula España, como la corrupción de la monarquía, el dopaje deportivo de estado, el plan Ibarretxe o la revuelta catalana, los autores nacionales guarden silencio o se pongan a defender el privilegio España con una sola voz, por mucho que sean de izquierdas, pues a este privilegio deben parte de lo que son.


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ME EMPIEZO a dar cuenta de que mi principal problema para componer canciones es que compongo en inglés, que mis tarareos por la calle tienen la sintaxis anglosajona procedente de la música que escucho, que es el 95% en inglés, por lo que luego, cuando trato de rellenar la música con letras en castellano, no-me-en-tran. Pero no me rindo: me he acordado volviendo a casa de las broncas que le echaba Unamuno a Rubén Darío por galicismo mental: "¡Usted piensa en francés! ¡Lo que usted quiere decir en su poesía no se puede decir en español!".

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SE ME ocurre que existen escritores búho y escritores tigre: los escritores búho, a la manera de Montaigne o Camus, no hacen frases de máximos ni quieren obligar al lector, sino que le sugieren o invitan a la calma de una sobremesa; los escritores tigre, en cambio, al modo de Unamuno o Nietzsche, tratan de imponerse al lector, le presionan y le gritan hasta cogerle por el cuello, son unos energúmenos de las letras que están locos o fingen estarlo. Lo mejor del escritor tigre es que es más intenso, más iconoclasta y llega más fácil al lector, pero este tipo de escritor también tiene sus peligros: sucede que a veces, en vez de llegar, solo consiguen epatar, y pobres de ellos si el lector empieza a sospechar que, detrás de su garra de tigre, no hay ningún tigre.


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LO DE no criticar a los vivos Baroja lo hace con toda la intención. Llegado a la figura de Unamuno, después de arrojarle baldes de mierda, la mayoría con argumentos ad hominem, nos confiesa que mientras el bilbaíno vivía no se atrevió a hacerle críticas a la cara “para no molestarle”, jajaja. ¡Joder con el sincero oficial de las letras españolas! ¡Sincero cuando no había riesgos ni consecuencias! Al Baroja de los años finales me lo imagino leyendo cada día las páginas necrológicas y, cada vez que moría un contemporáneo célebre, exclamando para sus adentros: “¡Otro al que ya puedo ametrallar en mis memorias!”.


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UNA ANÉCDOTA reveladora de la falsa humildad de Baroja. Hemingway le visitó en su lecho de muerte y le dijo:

–Mi premio Nobel se lo tendrían que haber dado a usted.

Baroja recibió estas palabras muy contento, pero Hemingway continuó hablando:

–A usted…, y también a Azorín, a Unamuno, a Antonio Machado…

Estas palabras ya no le gustaron tanto a Baroja, que le dijo con irritación: “¡Demasiados!”. Y es que Hemingway tocó el cable prohibido de Baroja: podía haberle mentado los nombres de escritores franceses o ingleses y seguro que no se hubiera enfadado, ¡pero poner a su mismo nivel a otros escritores españoles de su época, hasta ahí podíamos llegar!